¿Quién da más?

De locos… Y es que lo estamos, ¿y qué? El campo, como una pista de hielo: blanco, frío y hermoso. Pero el vaho de mis caballos me arropa la espalda mientras aparejo a Cantueso. Ha caído un palmo de nieve, esa manta blanca que todo lo cubre, desde las imperfecciones y colores hasta los boquetes y peligros. Blanco traidor. Pero precioso.

 

¿Y qué si nos caemos? Pocos han hecho lo que ahora vamos a hacer… Y casi nadie si quiera lo ha soñado. Lanceo de jabalíes en la nieve. Lanceo de valientes. Aquí sí que hay que estar santiguado… y preparado… Porque cuando estamos con la estrategia de caza, sin saberlo, salta sorprendido un cochino macho a toda carrera, camino de la querencia del monte que hoy, más que nunca, era acogedor… Los dos jinetes nos miramos sin decir nada. Y de la misma manera respondimos: espuelas…
Vamos dos centauros a galope tendido en una cortina de nieve que azota o acaricia a todos por igual. Vamos dos locos sobre los lomos de dos chiflados de cuatro patas… La ventisca me golpea la caza, casi no puedo abrir los ojos. Dejo hacer a Cantueso, pues es experto lancero. A mi izquierda va Madroña, su hermana de sangre y de afición. Y si muchas veces dejamos nuestras vidas en manos de hombres a los que nada debemos… qué mejor que dejárselas al animal más noble y hermoso de la creación… Y Cantueso y Madroña, como una manada de lobos, se colocaron en collera para dar alcance a un cochino que casi está llegando a la salvación…
Cantueso ha cruzado el arroyo de un salto, sin tocar el suelo. Conoce el terreno de pastar mil veces sobre él. Lo conoce tan bien que sabe que en ese arroyuelo tan manso, cubierto por una manta de nieve, hay boquetes y ramas puntiagudas. Qué animal, estoy orgulloso de ir sobre él… Y le noto contento de llevar la iniciativa, somos amigos, más que eso, y sabe que esta mañana he puesto mi afición en sus remos. Vamos campeón, un poco más. Vamos a hacerlo juntos, como tantas veces… Ya casi es nuestro…
El jinete de la izquierda monta la lanza, se prepara, Madroña envela, el cochino intenta el quiebro. Desde mi posición analizo la imagen: jinete erguido para hacer toda la fuerza posible, caballo horquillado, cochino que cruza mirada con su enemigo… A la retraguardia espera Cantueso; espera, pero a tumba abierta desde la distancia… Mi amigo humano se estira… Lo alcanza. Y continúa la carrera levantando la lanza a los cielos en señal de posesión por la primera sangre. Ahora le toca a Cantueso. Que Dios disponga… Y que nos bendiga o castigue por la locura que vamos a llevar a cabo. Sea, pues…
Metí espuelas hasta el alma… El frío nos tiene congelados, pero más activos que nunca. El cochino está conmocionado por una herida superficial, pero herida de lanza. Pega un arreón para llegar al perdedero… Pero Cantueso me hizo el mejor de los regalos, sacó fuerzas de donde no las había e impulsó su corazón… Y me metió en suerte a un cochino montuno, guiñó orejas como diciéndome “Ahí lo llevas, amigo, ahora te toca a ti…”. Salí de la montura hasta casi caerme, me agarré como pude, solté el brazo y posé la lanza sobre las costillas de un cochino. Al choque me sujeté de nuevo al caballo y a la lanza, porque mi vida iba en ello y la muerte del cochino, también… Sobre la nieve helada arrastré unos metros a mi presa hasta conseguir que por fuerza, adrenalina y velocidad quedara quebrada la hoja dentro del corazón de aquel verraco, igual que aquella mañana dentro del mío…
Caballo y cochino, nieve y lanceo… ¿quién da más?

M. J. “Polvorilla”

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