El rincón de Polvorilla. El Calambre

guarnicioneria 023

Plaza del pueblo de uno de las tantas villas que viven en nuestra España. Doce del mediodía. Día templado, algo encapotado, con poco aire y una chispa de bochorno. La media docena de centenarios aguarda la hora de echar la partida esperando a que nada pase en uno de los bancos del parquecillo. Me detengo. Saben que soy forastero, como saben en esos pueblos todo sobre todos. Bajo la ventanilla. En piara vienen a la carrera para satisfacer sus curiosidades y las mías…

–Buenos días, ¿no hay un hombre que hace aperos de cuero?

Se pelean por coger sitio en la ventanilla y exponer sus indicaciones. Por supuesto, en estos casos hay que fijarse en la dirección que marca la mano, nunca la palabra, porque dicen a izquierda y con la mano señalan la derecha. «Allá, en la segunda bocacalle, a mano izquierda, enfrente de un solar caído que tiene un burro amarrao y dos galgos secos como espadas».

–¿Dice usted donde está aparcada la C15, aquella colorá como los carrillos de una moza?

Los abueletes se sonríen por la sorna y me sueltan un: «Sí, pero depende de la moza y de qué pueblo…». Dan un golpecito suave en la puerta y se lo agradezco con un vaya usted con Dios. Cómo me gustan los pueblos de mi tierra, sus gentes y esos hombres viejos que saben rebotar cualquier vacile.

Le sigo los pasos a un guarnicionero de casta y maneras viejas, le dicen el Calambre, por lo nervioso de su carácter. Me lo imaginaba seco, menudo en talla, de manos curtidas y con un sempiterno cigarro en los labios… Arribé al local por las indicaciones del frente de juventudes. Allí estaba el Calambre, gordo como un tejón, sentado en una silla de enea. Medio descamisado, mellado, con una gorrilla gastada, manos fuertes, antebrazos más fuertes. Tendría, tiene, 87 años. Tuvo que ser macizo como un roble. Y recio.

–Buenos días, tenga usted.

Me miró de arriba abajo. Ya le caí bien porque sonrió y sabía que esa mañana iba a tener batalla de las que le divertían.

–Que yo los tenga muchos años y tú, mozo, los veas con alegría.

–Lo de mozo se agradece, pero ya llevo casado un puñado de tiempo y siete zagales tengo… –Le solté con guasa. El Calambre me miró, torció el gesto y me suelta: «Tú casado no andas, ni ajuntao, pero lo de los siete zagales sí me lo creo, si acaso porque no conozcas a ninguno…». ¡Toma ya! Agüita con el colega. Ni los nombres nos habíamos dado y ya el mamón me había hecho el escáner…

Me presenté: «Me llamo Julián López Escobar, aunque usted me conocerá como el Juli». Se sonrió de nuevo acusando la broma y me suelta: «Mira, muchacho, tipo de torero sí que tienes y hasta diría que eres uno… Pero a mi Juli no le llegas tú a la suela de las manoletinas…».

–¿Y dónde guarda usted los cencerros para los cabestros? –Le lancé sin filtro.

–Allá, debajo de aquella mesa andan unos pocos, tapados con una lona. ¿Qué, vas a hacerle un regalo a la moza? –Me soltó en mamón con picardía.

–No, unos pendientes… –¡Toma ya!

–Pues si es para eso, coge los que quieras que te hago buen precio por si, además de a la moza, quieres congraciarte con la suegra.

–¡Para esa vaca vieja necesitaría yo un hierro forjado para marcarla a fuego! (Risas)

Total, que la mañana corrió como la espuma. Que si me llevo cien, que me baje el precio, que me regala el marcaje de los collares y que los badajos son de encina siberiana. Que mire usted, Calambre, que Dios me hizo guapo pero no rico, y que, mira, chaval, que pobre no eres y que estos cencerros son los mejores de la comarca…

Estoy a punto de cerrar la compra, pero tengo que sacarle a este hombre algo, lo que sea, porque es parte del juego. Ando dubitativo cuando, junto a mí, un botín de cuero impecable, cosido y cortado a mano, descansaba a que viniera su ceniciento para rescatarlo.

–Si me echa en el lote las botas estas, lo cerramos ahora mismo.

–Pues me las mandó hacer un señorito a mano de la zona de Córdoba hace años y el cabrón nunca apareció por ellas. Si te quedan bien, para ti, de regalo, pero tenemos que darnos la mano antes.

Me puse el botín, me quedaba perfecto. Me acerqué al Calambre, firme, disfrutando del tacto de su obra de arte. Le alargué el brazo y cerramos con un apretón sincero. En dos semanas recojo el encargo.

–Por cierto, Calambre, ¿y el otro botín?

–Hace lo menos cinco años que se perdió… Por eso no he tirado la que llevas puesta, con la esperanza de que aparezca debajo de cualquier caja.

Me quedé con el gesto torcido, con orejas de conejo y rabo entre las patas: me acababan de dar un collejón por novato.

–No te quedes así, zagal, que si me encargas otro ciento de cencerros… ¡Aún tengo manos para hacerte la otra…!

 

Por Lolo De Juan

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