¡Campeones del mundo!

Qué gran día… Hasta Dios lo está disfrutando. Porque hoy señores tenemos una prueba de fuego. Hoy será la piedra angular de si seguimos con nuestra empresa más ambiciosa o si por el contrario nos cortamos la coleta. Hoy está en juego que el lanceo siga supurando adrenalina para siempre o que quede anclado con los rescoldos del pasado.

Van los cuatro caballos lanceros: Aulaga, Trébol, Madroña y el viejo Cantueso. Son expertos. Los hay tan buenos como ellos. Pero no mejores. Echo de menos a Jaleo…

La cúpula de nuestro Club, la mayor expresión de este arte en nuestro país, va dispuesta a sacar conclusiones sobre sí misma, sobre todos los criterios expuestos sobre la mesa. Sobre los tipos de lanzas, el tipo de silla o los lugares más adecuados o intocables. El mundo del lanceo tiene terrenos, como los tiene el toro. Del diestro depende meterse en ellos para salir por la puerta grande… o por la enfermería.

Como cuatro quijotes caminamos por las tierras de La Mancha, próximos a las orillas del Guadiana. Nos acompañan cuatro sabuesos agalgaos, preciosos pero novatos en esta linde. Hoy todos vamos a aprender de lo que somos capaces. Y del pantanillo, pegado a las zarzas, se levantó el jabalí que más historia ha hecho en mi corazón. A volar hacia el monte. Dios existe, porque desde la gloria ha de proteger a los cuatro hijos de San Jorge que ciegos a la mirada del miedo llevan sus lanzas a los cielos. Vamos a tumba abierta organizados como una manada de lobos, para dar acecho a un verraco que asoma velas y soberbia extrema.

El cochino es viejo, sabe que hace calor, que el monte aún está lejos y que los cuatro jinetes son duchos en la materia. Lo sabe porque se ha metido en los peores terrenos, obligando a saltar zanjas y peñascos. Y todos seguimos sin inmutarnos. Junto a unas chaparras da el tornillazo y corre a los zarzales de los que salió. Pero le seguíamos en perfecta armonía descontrolada. Se está cansando, el Presidente monta el palo, recoge rienda, mete espuela… Vámonos chopendoz…Suena un chasquido por el que la primera lanza se descompone. El animal va herido, pero muy superficial. Y este cochino no pasaría de puntillas por nuestras vidas… Viene a mi caballo, recibiendo le quiebro la lanza de bambú. Saco a Trébol de ese infierno. Le toca al Conde del Arco, que a todo galope va a matar o morir… Acierta. ¡Qué espectáculo estamos viviendo!

Don Antonio Pérez Maura va a dar el punto y final, va a poner la guinda a esa tarta de cuatro centauros sudorosos y extasiados. Monta el palo con tantas ganas que lo intenta colar en los escudos, pero el cochino lo esquiva y salta a los aires buscando rajarles. El jinete protege las tripas de su corcel con el estribo, siendo rajado de bota, carne y piel con abundante hemorragia y un alarido frío. Antonio está menguado, sangra abundantemente. Consigue apartar al cochino de un lanzazo, pero ya se habían hecho daño mutuamente. Me acerco a socorrerle. Me mira a los ojos y, antes de salir a galope para coger el coche camino del hospital, ordena firmemente que nadie le acompañe. Me tiende su lanza y nos impera con mandato de general:

¡¡Acabad con ese cabrón!!

Qué ahogo de adrenalina, qué dislate de agresividad. Pero los tres jinetes seguimos acosando al marrano, le dimos caza y vengamos a nuestro amigo Antonio que a punto estaba de trasponer por la sierra. Desde un alto giró su caballo sudoroso, sangrando por el estribo pese a haberse hecho un torniquete, sonriente por saber abandonar el campo de batalla habiendo luchado como un valiente. Antes de desaparecer camino de un hospital pudo oír los vivas de sus amigos que rezaban a los cielos el mayor cántico de victoria:

¡Campeones del Mundo!

El Club de Lanceo Español acababa de hacerse más fuerte que nunca. Nuestro socio número uno, don Rodrigo Moreno, nos llamó para pedir detalles de ese lanceo tan marcado, lamentándose de no poder haber estado presente.

Gracias Antonio por tu ejemplo de hombría. Es un honor galopar a tu lado.

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