El nanuq

Dicen que su cacería causa un profundo vacío existencial. Que es el más coloso de los colosos, que no teme a nadie. Que no piensa ni predice. Sólo actúa. Dicen los que le han visto que, para cazarlo, hay que ser su presa. Y dicen que quien lo abate, no abate a otro jamás…

En el Polo, el más frío e inhóspito de todos. Allá, envuelto en hielos, mareas y cristales boreales… El Polo… Donde el mundo dejó de existir. Rincón del planeta donde el tiempo no ha pasado… O no queremos que pase. 

El cazador va embutido en un traje ultra térmico, de ésos que no deja ni entrar ni salir nada. A cada paso, se cuece. Pero el Polo no quiere medias tintas… O te abrasa o te quema de frío. Y no hay más. Llevan varios días observando. No le han visto. Aún. Los perros y los restos de comida llevan los aromas de carne fresca al desierto de polvo helado. La noche, que no es noche por lo blanco del entorno, despierta y aturde al campamento. Un nanuq, uno enorme, está rondado a su presa y se sienten acobardados. Imperan al cazador a que salga, pues los perros están a punto de ser devorados por una bestia de varios cientos de kilos. El cazador sale de su tienda, acelerado, el animal huye unos metros con los canes, todos le siguen, hay una batalla tremenda. El frío infernal cubre la escena. El cazador no va abrigado, siente adrenalina y dolor a la vez… Tira de cerrojo, apunta… Que Dios disponga en tal dislate. Justicia divina. El suelo se abre… Como se abrieron los mares con la vara de Moisés. Perros, cazador y presa caen a un mar helado. De ahí sólo te salva tu fe, amigo…

Dicen que cuando se cruzaron sus miradas medio segundo, en esa micra que separa la vida de la muerte, el cazador no se aterró ante su verdugo. Dicen que, con la mirada, ese hombre juró que si salía con vida y esa mole de músculo no lo destrozaba a zarpazos, jamás volvería a aquel lugar a perseguir a uno de ellos. Dicen que su semblante puso al Altísimo por testigo de que jamás volvería a disparar sobre ninguno de ellos ni de su raza. Dicen que en esos instantes pasó su vida en un cliché, se acordó de los momentos que le hicieron sonreír, de la experiencia fruto de sus fracasos… Y de la gente que lloraría su muerte en un lugar tan inhóspito como lejano…

Sus miradas se cruzaron y, sin hablarse, se lo dijeron todo. El frío hizo su labor y quedó inconsciente… Sólo Dios podría salvar su alma de aquel agujero en el hielo…

Cuando despertó, sobresaltado y envuelto en mantas, sollozó: “¡Nanuq!”.

Su amigo inuit, jefe de la tribu, le tranquilizó secándole la frente de sus sudores febriles: “Tranquilo, amigo. Acabo de desollarlo…”.

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