Loco

 

A mi amigo Fran Carabel.

Si tú le echas ganas yo le echo cojones. Qué espectáculo. Aún me sudan las manos y me tiembla el corazón. Tenía 90 kilos. 90 kilos de verdad. Y mala leche. Madre mía qué arreones. Vámonos, Polvorilla.

Lo vi a quinientos metros. Cruzando el raso al paso y los perros ni se le arrimaban. Te la van a meter, como que hoy está lloviendo. Te la van a meter por soberbio. Lo juro. Vamos, no te la van a meter, te la va a clavar ése que corre con el rifle a bandolera. Porque en mitad de la montería vi como el ocupante de un puesto salió corriendo a toda carrera mientras palpaba su cuchillo. Lo han parado en un jaral. Es una morra en la que la única salida es la muerte. O acaba con él o la montería se cubrirá de cadáveres perrunos. Joder cómo sacude, lleva siete rajados y sumando.

Son perros de cante, no de baile. Son perros para mover pero no para agarrar. Madre mía la que se está liando. Dejó el rifle apoyado en una piedra, se quitó el abrigo, remangó los antebrazos, dio dos puntos al cinturón que le ciñe los delantales, qué vivo se siente. El joven sabe que aquí no hay pruebas de escenario, ni manseos. Aquí y ahora se viene a morir o matar. El marrano corre, vuelve, busca una defensa que no encuentra. Los perros, perros pequeños, se crecen ante la presencia del perrero improvisado. Lo vi todo desde la distancia, eufórico. Grité a ese muchacho un: “Échale cojones y te cuelgas la medalla de valiente”. No me escuchó, pero no le hizo falta para saberlo.

Hay en el tomate un barcino oscuro, casi zaino, joven, cachorrón, se le ve con luces y valentía. Pero está sólo. Lo más parecido que hay a él es el que tiene el cuchillo en la mano. Abandoné la atención de mi puesto, vi cómo más perreros subían a los canchos a ver un auténtico combate a muerte. El cochino se ha atrincherado y sabe que sólo saldrá vivo si descuartiza a los treinta perros que tiene alrededor. 

“Quítate el aire, loco, quítatelo –le digo para mis adentros–. Estás en un jaral sin una madroña a la que gatearte. Como el verraco te descubra, date por muerto. Allí no te ampara ni tu Virgen de Guadalupe”. Qué feo se pone esto. Los perreros gritan desde la distancia que por lo más sagrado termine aquello. Está la cuneta con nueve perros rajados, dos de ellos muertos, sangre a punta pala y aquel joven temblaba de ganas. Pero necesitaba una oportunidad, sólo una oportunidad. Lo vi desde la distancia, pero reconozco que me acerqué, me moví de mi puesto para admirar el espectáculo y fui testigo de que aquellos dos valientes se cruzaron las miradas. El chato se arrimó al chaval, éste le brindó un apretón de confianza y colaboración. Lo percibí. Lo vi con mis ojos. Acababan de firmar un pacto de muerte. Vamos a ponerle fin a esto. Y que salga el sol por Antequera.

El marrano está parado, arremete se vuelve, es muy agresivo. Tiene kilos pero más agilidad, el barcino sale como una flecha buscando el aire para distraerlo, el joven da un rodeo, a la misma velocidad. Loco, estás loco chaval. El corazón en un puño. Van a chocar a la vez los dos contra el cochino, cada uno desde un punto opuesto. Qué par tienes. Agarré mi medalla de la Virgen de Guadalupe para que amparara a aquellos dos suicidas. 

Vi la bola de tres cuerpos rondando por el monte. El perro rajado en el cuello sin soltarse, el cochino cabeceando para quitarse el peso de encima. El de los delantales estaba soldado a fuego agarrando a su presa y al propio perro.

Cayó. Como siempre caen los que luchan a muerte. El abrigo zaleado, grapas a ese barcino por doquier y un verraco con fauces llenas de sangre ajena, pero sucumbió. 

Tuve la suerte de estrecharle la mano a ese chico. Y conmigo todos los que vimos cómo salvó a una rehala entera a la muerte menos deseada. El perrero le regaló ese chato que ahora le acompaña a todos lados. 

Olé tus huevos, amigo. Olé los locos como tú que saben que un perro no sólo sabe ladrar.  

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