Cambio de rumbo

 

A mi amigo Ángel Cortés, poeta de versos a lápiz. 

Corría y volaba por el quejigal sin que Lucera pudiera meterle mano. Se paró, levantó otra piara que consiguió despistar a sus seguidores. Se amagó como una liebre tras un manojo de carrascas al socaire. Qué inteligencia y rectitud. Qué fijeza. Qué mala suerte la suya porque fui testigo de todo.

 

Cogí a Puñales, Canales y Cencerro. Llamé a Potaje, Limón y Manchas. Los junté a todos pegados a mis delantales. Los perros estaban reventados, pero sabían que si los aclamaba sería por algo gordo. Estábamos recogiendo, pero mis intenciones estaban más lejos que llegar a los camiones.

Es en la chaparra gorda, junto a los matones aquellos. Ha sido allí. Entro por arriba, azuzo a los canes. Estamos todos cansados, pero debemos poner la guinda a la mañana. Vamos, Temerosa, tú que tienes vientos y ganas. Vamos, Joselete, que tienes lo mismo de podenco que de valiente. Y oigo el ladrido de parada. Ya está la rata en la lata.

Corrió como un gamo por un avenal. No tocaba el suelo. Mis perros se la comen y yo voy detrás dejándome el abrigo, la cara y el corazón en aquel montarral. Puñales le ha apresado de una oreja, Lucera de un costado. Se ha detenido medio segundo. Llego como un elefante en una ferretería y desenfundo para sentenciar a muerte la tremenda cochina. 

No fue un lance más ni siquiera un agarre más. Fue la cura a la mayor de las enfermedades, esa que ataca al alma del hombre. Con la adrenalina pedí ayuda para sacarla de ese barranco y poder purgar mis miserias con un esfuerzo tremendo.

Fue en Cuenca, hace ya más años que días, pero aquel agarre tremendo es imposible de descifrar todo lo que supuso, unió y curó. Rumbo a los camiones, con el gesto torcido por el esfuerzo, las manos con sangre ajena y propia, con los pulmones impacientes de oxígeno, di gracias a Dios por ese momento que, sin saberlo, acababa de marcar mi rumbo en la vida.

No es lírica, es realidad pura y campera. Y ese retrato me recuerda cada instante que el fracaso y el éxito a veces andan de la mano.

Por M. J. “Polvorilla”

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