‘Mis alanos, mis valientes’, por M. J. Polvorilla

Llevo dos chatos jóvenes en la rehala que tienen más locura que consciencia. De esos que pegan tirones de la collera en el camión. De esos que te lamen los delantales diciéndote: “Aquí están mis arrestos y si hace falta me los meriendo”, de esos que no tienen fuerza pero más valor que un batallón de suicidas.

Voy a lomos de Talibán, ese castaño morcillo maldecido por Asesino. Porque la estela del alazano pesa más que su propia historia. Y las comparaciones -siempre erróneas- hacen que se nublen las bondades, los arrojos y los valores. Y este cruzado tiene ganas de no vender barata su derrota y para demostrarlo parte el mosquero a trancos de a metro.

La Solana de Cordones es testigo de mi mayor secreto. De mi dolor más profundo. A las cuatro de la mañana le he confesado a mi jaco que no nos volveremos a ver en aquella inmensa sierra. Es mi última partida en aquel jaral. Es mi primer final. En pocas semanas me iré para no regresar jamás. Pero llevo dos perros de presa que tienen que coger la afición que yo no alcanzo. Guardo mis sinceridades para convertirlas en instintos. Hoy tengo que bautizar a uno de ellos como montero de pro. Y los problemas más densos se baten con el filo de un cuchillo de remate. Y no hay más.

El día avanza. Todo fluye como fluyen las cosas buenas. Ladra Tenazas, Charneca, Charangas y Trizón. Suenan tiros en la traviesa pero todo acontece con el disparate o dislate del espectáculo de la montería. Esos dos alanos, de nombre Ignacio y Jacobo, pegan arreones con sabores de valor, de coacción y de imprudencia. Sin peso ni bíceps. Pero con dos pares de pelotas. Talibán resopla admitiendo y aceptando la soberanía de esos dos mocosos que revolotean entre sus remos sin miedo ni quietud. Sin temor. Cándida juventud. Bendita adolescencia. Bienaventurados los valientes que no saben lo que es el miedo.

Laten los perros en la Hoya del Águila. Ladra el Rompe orilla de una casquera. Le fijan Bombita, Artillero, Atrevido, Gitanillo y Cordobés.  Es un guarro de velas, de esos que arrastra cuatro varas de chorizos. Se sabe cautivo por la traviesa, reo por la cuchilla y condenado por los podencos. Vuela sierra abajo. Me grita un perrero vestido de azul. El cochino inmenso va dispuesto a matar o morir. Corre jinete o tu calma es nuestra muerte. Corre Talibán y demuestra de qué estás hecho, que tu antecesor marcó un hito, y que la Sierra te regala o te roba toda la mano en cada mano de cartas.

Mi castaño arribó a un tercio de descabello donde el toro estaba sin estocada. Desmonto prudente. Sabiendo que tengo delante a cien kilos de mala leche, entretenido por un puñado de perros que ese día querían hacer justicia.

Desenfundo el acero, sin inmutarme, viendo cómo ese monstruo rajaba y se enseñaba con la verdadera fuerza viva y real del espectáculo de la Montería. Mi caballo resopla, me dice algo, oigo un grito detrás… Esos dos alanos cachorros y cuajados de valor quieren demostrar hombría pero sus pulmones y piernas son inferiores a su valor. Mi montura suplica tres segundos de cortesía. El cielo se abre para dar salida a un sol de enero. Hasta mis perreros jalean pidiendo asilo para dos jabatos que van directos a matar o morir, pero dispuestos a no perder su oportunidad.

Se para el mundo porque todos y todo están pendientes de un desenlace en el que hay en juego mucho más que un agarre a un tremendo cochino.

Ignacio Teruel y Moral se hizo novio en la Dehesa de Castilseras demostrando su destreza como cazador de reses dando muerte a cuchillo a un cochino de nueve arrobas. En su locura de cachorro desenfrenado sólo pudo subir a su lomo y aferrarse con piernas y bravura a la muerte o a la vida. Prendió el acero con sangre de conquistador, con ansias de ganar. Y le metió el hierro hasta los gavilanes demostrando al mundo que nada ni nadie le hará descabalgar.

Subí al caballo tras abrazar a mi sobrino ebrio de energía y adrenalina. Mientras hacían la foto de rigor, embelesados por la hazaña, desde lo alto de la cuerda gritó un perrero: “¡Olé tus cojones, rapaz!”.

No pude contenerme, los sentimientos se me agolpaban. Aquel 13 de enero le devolví el envite a la sierra que me estaba retando con más altanería que nunca. Reuní al castaño, giré con nervio a mi alrededor y con todos mis pulmones glorié: “¡¡Viva el novio!!”,

Enhorabuena, querido Ignacio. Fue un orgullo admirar tu bravura extremeña. A por todas. Que la vida es un regalo. ¡¡A por ella!!

Por M. J. “Polvorilla”

 

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