‘El Rompe’, por M. J. Polvorilla

A mi amigo Félix Llorente, los dos sabemos por qué.

No era ni el más grande ni el más bragado. Pero era ciervo valiente, hijo y nieto de los venados matallanos de las sierras de las Villuercas: alto de agujas, fino de pechos, largo de cuello y muy ligero de pies.

Ha aprendido el oficio de la supervivencia a base de derrotes. Aún masca los cambios de tiempo por la cicatriz que se le adivina por encima de la paleta izquierda cuando hace cuatro berreas un veleto mal terciado le metió las luchaderas hasta los candiles. Maldita su estampa, su hechura y su existencia. Hasta se alegró cuando los furtivos de La Calera lo echaron a rodar en el barranco de Fuente Lobos para sacarle tres varas de chorizos… Ahí se pudran ellos y él.

Hemos soltado pronto, como pronto hay que coger el día para que no te tropiece la noche. Va el Rompe al amparo de las corvas de Talibán. Desde la suelta me sigue, desaparece en el monte y regresa a mi lado. Se siente protegido por mi caballo y yo, en cierto modo, también por él. Es un perrigalgo espabilado, alucerado en canela y nieve. Con divisa azul cielo y corbata también. Me gustan esos perros que visten de gala para cazar. Viendo el chozo se ve el meseguero. Viendo la recova se adivina el empuje de su amo.

Vamos terminando en una jornada que otros comienzan a medio día. La mancha está dada, los perros han cumplido y las escopetas también. Talibán menea su mosquero satisfecho de haber tronchado monte como una locomotora. Hasta dos ciervas ha sacado de un barranco atadas a la montura. Le miro de reojo y sonrió, nos vamos entendiendo.

Ladra el Rompe. Es él. No hay duda. Está latiendo al final de la mano, casi junto a los camiones. Los perreros van de camino a la retirada pero, tras acopiar a los suyos, todos han salido despavoridos a la llamada del compañero. En mitad de un robledal cantan los punteros. Talibán envela y bufa. Sabe lo que acontece. Sin permiso busca una vereda para salir a un valle por el que poder avanzar rápido al encuentro del barullo.

Estoy alerta, me tiemblan las espuelas… pero no es por mí, sino por la adrenalina de mi castaño. Noto bajo mis ancas que es él quien busca arribar al desenlace. Agacha cabeza entre el monte hueco y aprieta con todo. Talibán, que me descabalgas… Moreno, templa tu trocha.

Hay pocos metros, casi ninguno. La jauría tiene rodeado a un guerrero al que no se atreven a meter mano. Avanzo en silencio, reteniendo el arrojo de mi montura… Y lo veo, erguido, altivo, arrogante… sus doce candiles no obtendrán el mayor de los trofeos, pero esa mirada estaba dispuesta a desbancar a cualquier jugador sobre cualquier tapete de naipes… Una mano herida por un disparo le impide zafarse de la lucha. Mis perros latían buscando permiso para entrar a culminar el lance de aquella mañana. Qué hermoso es poder grabar en las retinas escenas tan sobrecogedoras. Talibán me sacó del sueño, pues avanzó como un elefante por una cacharrería. Entró a la plaza dispuesto a arrollar al ciervo que, al ver la avalancha, huyó sierra abajo dando tumbos hasta la caja del arroyo…

Voy camino del cortijo, con paso corto y vista larga. El recuerdo de un gran día de montería en el que ha ocurrido todo lo bueno que puede ocurrir. Palmeo a mi caballo que va ganando nombre y renombre y que entró al agarre del ciervo sin vacilar, dándome sitio para bajar y ajusticiarlo. A veces los mejores encuentros se producen con personas que ya conocemos… Y Talibán se está guardando sitio en mi parcela de confidencias.

De pronto, se detiene envelando orejas; un bardeo nos sorprende. Aparece el Rompe, que viene de correr tras alguna res que ha escapado al perdedero. Le silbó para que me siga y, continuando el camino hacia la junta, abro la radio y anunció a su perrero:

–Tranquilo, Diego, el Rompe viene conmigo a la casa…

Por M. J. “Polvorilla”

One Comment

  1. Gracias por tus líneas Manuel.
    Es un placer leerte.
    Un abrazo.

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