Ave que vuela… ¿a la cazuela?

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A este paso, queridos amigos, vamos a tener que eliminar de nuestro magnífico refranero aquellos dichos que hagan referencia al aprovechamiento de las piezas cinegéticas para su consumo humano. O lo que viene siendo lo mismo…a comer caza.

¿Pues no se les ha ocurrido ahora decir que la carne de caza no es sana? Creo que ya no saben qué inventar para causar alarmismo y rechazo en torno al mundo de la caza. Yo ya no me aclaro, ¿no iban a fomentar la actividad cinegética en España?, ¿no iban a proteger la caza que tanto bien hace en el medio rural nacional? ¿Qué pasa, que las carnicerías de tantos y tantos pueblos que viven de la carne de caza no merecen dicha protección e impulso? Vaya tela…

Antes de que existiesen los comercios y grandes superficies donde todos -o casi todos nosotros- nos abastecemos, en los que hay una infinidad de mostradores con todo tipo de carnes de granja, hormonadas, tratadas con productos químicos, procedentes de animales alimentados con sólo Dios sabe qué, en este país había una extensa cultura cinegético- gastronómica, y que yo sepa nadie se ha muerto ni le ha salido un tercer ojo en una rodilla o una oreja en la espalda por alimentarse con piezas de caza.

Es por algo que los mejores chefs del mundo valoran la carne de caza como algo absolutamente espectacular, como un verdadero deleite para el gusto, la vista y el olfato. La carne de un animal que únicamente se alimenta de aquello que encuentra en su caminar por montes y dehesas no puede ser nociva. Una carne cuyo color es de un rojo especial, muy diferente al de los filetitos de las bandejas del súper, y de cuyo olor se desprenden matices de perfume a jara, romero y espliego, hay que aprovecharla para intentar contrarrestar el efecto nocivo de todas las porquerías industriales que nos llevamos a la boca.

Claro está, que aquél que se come dos perdices todos los días del año, y se cena una liebre, corre un serio peligro. Un peligro claro de romperse una muela con algún plomillo.

De verdad pienso que alguien se ha vuelto majara. Intentan convencerme de que no coma carne de caza porque supera los índices aconsejables de plomo, cosa que puedo llegar a entender aunque no lo comparto, en lo que a piezas de menor se refiere, pero que me digan que si mato un venado de un tiro en el cuello y me como el jamón trasero derecho, estoy ingiriendo carne “altamente peligrosa” por su contenido en plomo, me deja de una pieza. Petrificada.
Como de todo en esta vida, no es conveniente abusar, pero yo sigo prefiriendo “comer plomo” que hormonas, conservantes y piensos químicos. Así que continuaré aprovechando cada gramo de cada pieza que logro abatir, tanto de pelo como de pluma, y seguiré alegrándoles los domingos a mis amigos con mis guisos de corzo, jabalí y venado (como el de la foto, que fue el último que preparé la semana pasada). Tampoco creo que ninguno me rechace un buen bote de perdices escabechadas caseras para sus despensas en Navidad.

Igual hay que mandar una buena cazuela de arroz con liebre o algún “tupper” de venado en salsa al despacho de algún señor, y ver si se lo come o se va al Mc Donalds. Aunque como ya sabéis, no está hecha la miel….

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