¿Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío no?

maria-romero-foto-portadaSoy una más de los muchos sorprendidos en estos días por la ingente cantidad de noticias publicadas en relación con el furtivismo. Son muchísimas las reseñas que pueden leerse últimamente relacionadas con operaciones realizadas (unas veces con acierto y otras no) contra los furtivos a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Parece que con el buen tiempo y el aumento de horas de sol, estos especímenes tienden a la eclosión como cualquier vulgar colonia de insectos. Y es que la proliferación de dicha especie me resulta casi tan desagradable como abrumadora.

Siempre ha habido furtivos, personas que roban (porque no nos olvidemos de que la acción de cazar una pieza en propiedad ajena no deja de ser un robo) ejemplares en fincas privadas, cotos sociales e incluso estatales, con la diferencia de que hace no tantos años lo hacían en muchas ocasiones para comer, sin atender al trofeo. Ese furtivismo, algo más sano que la modalidad actual, era bastante menos sofisticado y dañino. Ahora no, ahora se busca el trofeo, se consigue crear inseguridad y malestar en los legítimos propietarios de las reses que se abaten de forma ilegal.

Ahora los “nuevos furtivos” se mueven en grandes todoterrenos, dotados de las más novedosas tecnologías para cazar tales como visores nocturnos, silenciadores octogonales, trajes de camuflaje especial, y un largo etc. Actúan normalmente en grupo, y su estrategia resulta en ocasiones tan perfectamente planificada que es imposible detenerlos. Y digo yo : con el dineral que se gastan en todo ese equipamiento, ¿no sería más fácil pagar por los trofeos y abatirlos de forma legal? Pero claro, siempre está el factor morbo, el gusto por lo ajeno y por el peligro de que les pillen. En fin, una sicopatía más de las muchas que pueden azotar la mente del ser humano.

El furtivo no es sólo un ladrón en ocasiones extremadamente sofisticado -otras veces son muy torpes, todo hay que decirlo-, sino que en el fondo, considero que son personas sin educación. Individuos a los que nadie ha enseñado a respetar la propiedad privada, gente sin principios que simplemente buscan alardear de algo ilícito, y desde luego no se les puede tachar de cazadores, sino más bien de carniceros. No son ni por asomo amantes de la naturaleza y del deporte de la caza. No saben apreciar la belleza del animal ni lo incierto del lance, no sienten la adrenalina de visualizar finalmente el objetivo tras largas jornadas de esperas poco fructíferas. No saben lo que es la conservación y, desde luego, desconocen el significado de la palabra gestión.

Desde hace un tiempo, soy socia en un coto que mi familia ha tenido arrendado desde hace más de 20 años. Es mi lugar preferido en el mundo para escapar de los problemas cotidianos del contaminado y ruidoso Madrid, para dejar que, por unas horas, el silencio del monte, el aire limpio y la belleza de los animales en libertad se apoderen de mi ser. Es un lugar donde con mucho cariño, esfuerzo y dedicación por parte de mi familia, se ha logrado a hacer una buena gestión tanto de piezas como de recursos naturales, aumentando así la calidad y la cantidad de trofeos. Pues bien, para mi enorme disgusto, cada vez que logro escaparme una tarde del despacho e irme allí, no encuentro más que indicios de que los indeseables furtivos también me visitan a mí. Rodadas recientes en los caminos más recónditos del coto, trofeos querenciosos que desaparecen misteriosamente, e incluso algún vecino “perdido” que no entiende que las tablillas están para marcar los límites entre su coto y el nuestro.

Me planteo seriamente dejar de ir a esperar el gran corzo y dedicarme a patrullar por allí todas las tardes, creo que sería bastante más efectivo. Bien es cierto que se trata de un enclave situado en lo que el Seprona llama una zona caliente, y que su labor contra la caza furtiva ha dado excelentes resultados en el área, pero no consiguen erradicarlos. Son como una plaga que avanza en silencio y que está resultando imparable. Será que, para variar, el apartado Delitos contra la Fauna  de nuestro Código Penal se parece más a un cuento de Walt Disney que a la tipificación de un hecho delictivo. Y claro, así nos van las cosas, de cada diez denuncias interpuestas por particulares y por el Seprona contra furtivos, sólo dos consiguen prosperar. Lamentable estadística y desolador panorama para los que tratamos de hacer las cosas bien.

Hay que ponerle freno a esta situación como sea, no basta con multar al furtivo e incautarle el arma durante un tiempo que, para mi gusto, resulta insuficiente. Hay que endurecer las penas y, a la par, obligarles a resarcir el daño causado y  retirar de por vida el permiso de armas a aquéllos que cometen un delito flagrante contra la propiedad privada y la fauna ibérica.

Probablemente este es solo un artículo más de los muchos que se han escrito en denuncia del furtivismo, pero lamentablemente la cosa está mal y no deja de ser un tema de actualidad que nos afecta a todos.

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