La Maldición

 

En la novela La maldición de Ra, del egipcio Naguib Nahfuz (Premio Nobel de Literatura en 1988), el faraón Keops –el que ordenó la construcción de un monumento funerario, el suyo, capaz de superar los propios límites de la Historia, la Gran Pirámide– decide alterar el rumbo del destino. Si el destino, el futuro, no me gusta, pues voy y lo cambio. Claro que, para eso, hay que conocer de antemano al dichoso destino, cosa harto difícil si, como pasaba en el antiguo  Egipto, no se dispone de buenos adivinadores…

 

En el tema que nos ocupa, vaticinar el destino era bastante fácil. Ni había que ir a Salamanca –como algún lumbreras– ni pagar un máster en las escuelas de magia de Juan Tamariz o Anthony Blake (maestros ambos en esto de la mágica adivinanza). Si allá por el 2005 ya se nos quemaron 179.800 hectáreas –absoluto y nefasto récord hasta esta campaña– y los culpables se fueron de ‘rositas’ y no hicimos nada para remediarlo… Si en el mismo año también batimos el infame récord de perder a once personas de un mismo retén, en el incendio de Guadalajara, y no hicimos nada para remediarlo… prever lo de este año no era, precisamente, cosa de los egipcios antiguos, que a poco inteligentes que fueran, y lo fueron, hubieran adivinado lo que aquí se está cociendo. A poco agorero que se sea, se puede pensar que la maldición de Ra (dios del sol, por cierto) se está poco menos que cumpliendo.

 

Lo de los incendios de este año no tiene nombre… ni apellidos ni nada que pueda caber en mente cuerda alguna. Que año tras año sigamos, erre que erre, destruyendo, devastando, asolando, nuestro patrimonio natural, el de nuestros hijos, que es más grave aún, y que una vez tras otra nos cuenten la misma cantinela, la misma milonga… y, sobre todo, que temporada tras temporada, y van unas cuantas, nos digan que detienen a estos hijos de… su santa madre y que al día siguiente salgan por la puerta de atrás del juzgado impunemente… es, cuanto menos, descorazonador. Pero sigue la adivinanza… y duele más aún.

 

En el devastador artículo que pueden leer en esta misma página, nuestro querido amigo Carlos Enrique López nos describe, sin pelos en la lengua, como debe ser, una realidad dantesca. Él sabe, y muy bien, de lo que habla porque, sencillamente, lo sufre en sus carnes. Tiene un hijo en la Unidad Militar de Emergencia, la ya más que famosa y, sobre todo, querida UME. Él sabe, y lo dice y lo denuncia, que lo que es una unidad aerotransportada, en la que se basa su eficacia contra el maldito fuego, tiene que recorrer, hacinada en camiones, miles de kilómetros para llegar con horas de retraso, claves en la extinción del incendio. Él sabe que, tras esos miles de kilómetros, con las costillas molidas, cuando llegan se tienen que jugar la vida a veces sin un mísero bocadillo que llevarse a la boca… Él sufre, en las propias carnes de su hijo, y en las de todos los miembros de tan valiente unidad, el no saber si, por la desidia de algunos o la mala gestión de otros, esa noche podrán volver a cenar a casa… El cabo primero Alberto Guisado Majano no llegó a cenar a casa a principios del pasado mes de agosto. Ni él ni algunos otros voluntarios, o profesionales, de los muchos que han perdido la vida, de una forma totalmente absurda e injusta, por el fuego… 

 

Y, entre tanto, los máximos responsables, da igual del partido que sean, del Gobierno o de la Oposición, nacionales, nacionalistas, regionales o locales, reclaman la hegemonía en sus reinados de taifas para que nadie ose invadir sus competencias. ¡Qué no se te ocurra tocar el fuego si traspasa mi frontera…! ¿A qué era fácil adivinar lo que iba a suceder? ¿A qué no hay que ir a Salamanca –ni a las escuelas de adivinanza– para saber que el año que viene por estas fechas estaremos lamentando lo mismo y batiendo odiosos récords de hectáreas quemadas?

 

Y, mientras tanto, los de siempre, nuestros ‘amigos defensores de la naturaleza’, mirando a Burgos… Eso sí, reclamando más santuarios, más parques naturales y nacionales para ‘proteger la naturaleza’, la suya, la de la subvención, en los que se impida la actividad humana, esa que, como antaño, podría habernos librado del fuego y la devastación…

 

La maldición no es de Ra, es nuestra. Y nos empeñamos, como borricos, en que se cumpla.

 

Editorial del mes de octubre de la revista Caza y Safaris

 

 

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