Primer contacto con ‘Ecolobrón Cientificus’

Andaba julio quebrando voluntades inquebrantables, en uno de esos días en que hasta las chicharras habían dejado de cantar por miedo a salir ardiendo al frotar sus élitros. Entonces lo descubrí. Estaba agachado junto a unas piedras y recogía algo, que no pude determinar, que iba metiendo en un frasco de muestras.

 

La imagen que me ofrecían los prismáticos me impedía precisar de qué se trataba. A pesar del calor salvaje que enviaba vaharadas de aire caliente desde el cercano arroyo, y que hacía casi irrespirable el aire que me esforzaba en hacer penetrar por mis fosas nasales, decidí seguir adelante y aproximarme a aquel ejemplar que acababa de descubrir, en lo que casi sería un rececho informativo de ecolobrón cientificus, rara mutación del entonces ya catalogado ecolobrón subdespeñaperrensis. Armado de un valor rayano en la imprudencia, decidí cruzar la cañada y dirigirme resueltamente hacia la posición que ocupaba aquel individuo, que ensimismado en tan rara recolección no se dio cuenta de mi aproximación hasta que me tuvo a un par de metros de su espalda.

Con cierto grado de mala leche, tengo que admitirlo, alcé la voz un poco más de lo necesario para proferir un “buenos días” que se mantenía en un equilibrio justo entre el saludo y la amenaza. El ecolobrón dio un respingo y se giró irguiendo su figura todo cuanto pudo, hinchando pecho y carraspeando mientras se recuperaba del susto. Su verde camisa abierta y sus pantalones de cien mil bolsillos, además de los diferentes emblemas de la Junta de Andalucía, y su apellido sobre el pecho en una chapita de un blanco inmaculado, confirmaban su indudable pertenencia a una de esas empresas paralelas de la Administración andaluza, creadas para colocar a los hijos de los amiguetes y estómagos agradecidos que demostrarán su inextinguible amistad en cada convocatoria electoral. La ecuación es sencilla: Ecolobrón colocado = votos asegurados de sus padres y hermanos (más la novia y diez o doce amiguetes pendientes de un futuro enchufe)= 15 votos en sufragio por ecolobrón empleado.

En fin, a lo que íbamos. Mientras el ser se encaraba conmigo deduje, observando sus botas casi nuevas y su juventud, que su experiencia en el campo era más bien reducida. Le interpelé: «¿Qué se hace por aquí?» Y de mi pregunta nació la siguiente conversación:

-«En esta finca, sometida a un régimen cinegético especial, se ha solicitado permiso para proceder al descaste del conejo en periodo estival.»
-«¡Hombre sí! Yo mismo he enviado la solicitud. Y… ¿Qué es lo que hace?»
-«La valoración de ejemplares se hace mediante el conteo de deposiciones y tamaño de las mismas, para establecer una primera estimación del número de animales por hectárea, y posibles edades de los mismos. Una vez cuantificados y teniendo en cuenta los datos aportados en el plan técnico de caza, se estimará -si procede- concederles la autorización para descaste en media veda».
– «Ya le voy entendiendo… y oiga , perdone mi curiosidad y el tiempo que le estoy quitando, esto de saber más o menos la población por hectárea, ¿se averigua contando cagadas de cabra?».
– «¡Ah!, ¿pero estas cagadas son de cabra?».
– «Pues sí hijo. ¿Quieres que te enseña un cagadero de conejo?»
– «No, muchas gracias, tengo que recoger al compañero».

Con las mismas subió en su Suzuki tan blanco y tan inmaculado como su conocimiento del campo y desapareció cubriéndome de una densa polvareda, que no me impidió fotografiar mis primeros rastros en terreno seco de ecolobrón cientificus.

Por cierto, aquel año no nos autorizaron el descaste y los conejos destruyeron un montón de estacas de oliva. Siendo -como no podría ser de otro modo- culpa de los cazadores. En fin, como decía un amigo mío, «con estos bueyes aramos…y así nos va».

Desde Andalucía les dejo, con mi mejor deseo de unas buenas vacaciones.

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