Que no hombre… ¡qué no es eso!

 

Todas las previsiones meteorológicas coincidían en el intenso frío que amenazaba con recibirnos a los monteros que teníamos puestas unas pocas de ilusiones en la montería organizada por cazayamigos.com en Calzada de Calatrava, en la finca “Las Chicotas”.

De buena mañana, en la junta, nos soplábamos las manos al amor de dos buenas lumbres y todos los comentarios circulaban entorno a lo poco agradables que iban a ser los puestos de umbría, donde el hielo hacía más ruido que las ramas secas. A mi hijo Carlos Enrique, que con sus doce años era la primera montería a la que acudía, lo llevé, más que vestido, “envuelto”. Puse en el morral la manta térmica mimetizada, que nos regaló su hermano mayor para los fríos del puesto de reclamo. Y no dudé en acompañar un par de trozos de esterilla (de ésas que se usan en los gimnasios para tumbarse en el suelo), que un día descubrí que son ideales para aislar los pies del frío, y que en los puestos de zorzales permiten mantener los pies calientes aunque el piso esté hecho un bloque. Cuando vi a mi hijo arrimarse un platazo de migas con dos huevos fritos, dos sardinas, medio chorizo y los correspondientes torreznillos, estuve seguro de que su frío sería menos intenso que el mío.

Me gustó la junta del sorteo, la seriedad y buen hacer de D. Luis y su hijo, a quienes Pepe Juan de La Moneda hacía de notario. Nos correspondió el 21 del sopié y respiré aliviado cuando Luis me aseguro que desde allí se veía más de media montería y que el sol sería nuestro compañero toda la mañana, salvo que se nublara, cosa que no parecía probable. Como viajamos en un turismo, comenté que no disponía de coche para acceder a los puestos e, inmediatamente, apareció un amigo (hasta entonces desconocido) que se brindó a llevarnos a mi hijo y a mí, ya que a él le había correspondido el 22 de la misma armada. Sergio, un tío simpático, amable y buen montero, y su perro Alex, fueron desde entonces nuestros anfitriones. Mi hijo disfrutaba de la presencia del perro y yo de la conversación con Sergio. Hasta que llegó el momento de dirigirnos al puesto, momento en que nos habíamos confabulado para hacer el camino a pie en riguroso silencio. En el acercamiento desde la junta hasta el apartaero de los coches tuvimos que sortear un río de aguas cristalinas y disfrutamos de un paisaje de preciosos mosaicos de dehesa y monte abigarrado. Una preciosidad de finca.  El 21 del sopié lo firmaría para las próximas veinte temporadas, ¡qué puesto tan bonito!

Mi postor (que fue Luis, el dueño de la finca) me informó de que recibiría los perros de frente, al comenzar la montería, y que luego volverían de regreso a pasar por mi puesto, con lo que tenía garantizado movimiento durante toda la cacería. Desde nuestra posición podíamos ver una buena parte de la cuerda, una traviesa de cortadero y dos puestos de nuestra propia armada separados lo que la seguridad exige. Estábamos coronando una lomilla entre dos cañadas preciosas. Nada más llegar, indiqué a mi hijo un vereón que circulaba justo por medio de nuestro puesto, indicándole que podrían pasarnos las reses muy cerca. Cargué rápido y Carlos se encargó de colocar los banquitos, distribuir los enseres que venían en el morral y ajustarse el cuchillo de remate. Le indiqué que se moviera a la par mía y que si yo me mejoraba hasta donde me indicó el postor para cubrir una posible carrera por la cañada de mi izquierda, en todo momento se moviera pegado a mi derecha.

En cuanto soltaron los perros, empezó la música. Ladras a un lado y a otro, un par de ciervas corriendo frente a nuestra postura, pasando justo por donde habíamos dejado los coches. Tres disparos en el puesto anterior al nuestro, al que no veíamos y, de repente, un arrollón pechonfrente y un cochinazo apretado de perros al que sólo pude soltar un tiro conejero, que no dejó sangre. Un rato comentando el lance en voz muy baja y una ladra por detrás, me hizo retirar a Carlos un par de metros del vereón, con el tiempo justo para ver aparecer una cierva que, a todo trapo, se llevó puesto mi banquito, mandándolo seis metros más allá, y nos saltó por encima, a la que descerrajé un tiro al volateo.  Vi perfectamente el impacto de la bala en el costado izquierdo, cayó de rodillas y se incorporó para desaparecer por el viso con un segundo disparo que no se si marré, pues, al verla caer, ya me había desencarado y dado la vuelta para ver la cara de mi hijo, que decía: “¡Le has dado, le has dado!”. Dos lances para recordar toda una vida. Después, en la junta, mi hijo comentaba que había visto las pezuñas de la cierva en HD. (Puedo jurar que le pasaron a medio metro del sombrero).

La comida a base de potaje de garbanzos (del que el niño se tragó dos platazos) transcurrió entre comentarios y anécdotas sabrosísimas, mientras esperábamos las reses abatidas. Y aquí vino lo que menos me gustó o, mejor dicho, lo único que no me gustó. Me explicaré. A las seis y media, cuando decidimos marcharnos, ya habían aparecido cincuenta reses en la junta de carnes. Una media magnífica: 1 res/puesto. Pero, a mi juicio, sobraban diez ejemplares en el tapete.  Con cuarenta reses, la propiedad hubiera quedado como los ángeles y estoy seguro que los monteros de ley, también. En aquel mantel sobraban ocho cochinetes, que si bien reunían los requisitos legales para ser tirados, el año próximo hubieran tenido cincuenta o sesenta kilos más y estarían en su punto para proporcionar un alegría a un aficionado. Un horquillón y un vareto afeaban el plantel de venados. También habría que haberlos dejado pasar.

Si lo que pretendemos es matar más que nadie y tiramos a cualquier cochinejo, no estaremos situando muy alto nuestro pabellón como monteros. Si no somos capaces de entender que un vareto necesita un par de años más para ser un venadete e, incluso, cinco para ser un venado respetable, deberíamos replantearnos nuestra afición. Para hacer puntería va de lujo el compak sporting y se pasa menos frío.

Toda la montería fue un ejemplo para que mi chico aprendiera y disfrutara de su primer encuentro con el panorama montero, incluso recibió consejos muy útiles de monteros de arraigo; sin embargo, me supo mal cuando me preguntó: “Papi, estos tan chicos ¿se pueden matar?”. “Pues por ley sí –le contesté–, pero es que no es eso, hijo mío. La montería no es eso. Pero hay algunos que piensan que pagan por matar todo lo que corra delante de los perros.  ¡Grandes tiradores! Pero ínfimos monteros. Si alguna vez matas uno así, reflexiona, analiza el error y no vuelvas a cometerlo. Disfrutarás mucho más dejándolo correr diciéndole bajito: ‘Dile a tu padre que venga, ¡so listo!”.

Su risa me quitó el mal regusto de boca. Enhorabuena a los organizadores y a la propiedad. Carlos ya ha abierto una hucha para volver el año próximo.

 

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