El ganchito de Valdecanales

Ayer celebramos el ganchito del coto de Valdecanales. Este año la organización estuvo a cargo de Pepe, Pedro Miguel, Gabriel y Antonio, y no podemos por menos que felicitarles: modificaron la entrada de las rehalas de años anteriores, exigieron silencio riguroso al poner las armadas, y cambiaron algunas posturas de años pasados, que si bien podrían haber tirado en caso de estar ocupadas, dejaron salida a los guarros para correr por la mancha y vaciar escopetas y algunos rifles. 

 

El ganchito de Valdecanales es un festejo de amigos. En el coto se caza la menor durante todo el año y los cochinos que tenemos ya conocen a los podencos conejeros y están acostumbrados a darles algún sobresalto de vez en cuando. Cuando vamos de conejos y nos encontramos con el guarro, le pega un susto a los perros y sale indemne del lance, pues tenemos un acuerdo con la propiedad merced a que los arrendatarios de la caza menor no nos mostramos beligerantes con los cochinos hasta el día del gancho. 

La propiedad hace sus esperas y nosotros respetamos a los que pretendemos hacer chorizo cuando celebramos la cacería dedicada a ellos. Es curioso como estos guarros resultan mucho más difíciles de levantar de sus encames que los que en su vida han visto un perro. Acostumbrados a ser ellos los que ponen en fuga a los canes, cuando se encuentran con los perros de rehala, salen con las mismas veras que a los conejeros, les lanzan un par de dentelladas intimidatorias, pegan un tornillazo en un lentisco y se vuelven a la cama cabreados, pero tan panchos.

Resultado: que como los perros no sean muy cochineros e insistan en el lance, el guarro no sale de cincuenta metros alrededor del encame. Ayer hubo uno, un bicharraco canoso y feo, sin duda macareno solitario, afincado en aquellas latitudes por mor de la tranquilidad y la buena alimentación, que se puso “de postura”. 

Cuando los perros lo levantaron, agarró un cabreo de mil demonios, les lanzó media docena de caricias, algún cachorro hizo bien en hacer caso de los avisos, y algún veterano optó por buscar un bicho menos agresivo, que para empezar la mañana era “mucho arroz para estar los pollos fríos”. El caso es que se podría pensar que entre gruñidos y cuchilladas asesinas, gracias a San Huberto lanzadas sin mucha precisión y pocas ganas, condujo a sus perseguidores hasta la cama de una vecina con menos experiencia y puso a los perros detrás de su rabo.

Los podencos, yo creo que aliviados con el cambio, montaron la algarabía que hizo correr a la cochina hasta los puestos de los que sacó un buen viaje de tiros, hasta que entregó su bravura en la armada del Arroyo de Las Cañas.  

Hay que señalar que entre los socios del coto somos minoría los aficionados a la montería y, en consecuencia, los puestos se montan en su mayoría con escopetas conejeras y rifles cuyo cañón ha dado salida a muy pocas balas en su historia. Lo normal es encarar al bicho, “asomarse”, disfrutar de su visión y mandarle los tiros bajos o traseros, fastidiar alguna ceja con el leñazo de un visor, o alguno que se olvida de que, después de enviado el primer recado, hay que volver a acerrojar el rifle. Salió así, al final, un festejo con muchos tiros, poca carne y bastante divertido.

Pero volviendo con el guarro viejo, una vez que se sacudió los perros se subió a la cuerda tomando todos los vientos con su trompa y todas las precauciones que su edad le aconsejaba, se situó debajo de dos frondosos chaparros y, desde aquella atalaya, se asomaba de vez en cuando para ver cómo iba la cosa. Allí aguantó hasta que sonó la última caracola, dando asomadillas y contemplado el espectáculo. Pasada la tormenta se volvió a su cama, supongo que dejando ver sus navajas en una sonrisa triunfadora.

Para Juan Miguel y su hijo, que lo contemplaban desde unos trescientos metros, fue la mayor distracción de toda la mañana.

Lamentablemente, no hay regla sin excepción, a pesar de que los organizadores del evento situaron las posturas sin riesgo para los participantes, y que los cazadores de menor actuaron como consagrados monteros, respetando las normas de seguridad. Desde mi puesto, una magnífica atalaya de piedra sobre la huida de un arroyo, pude observar el comportamiento irresponsable de unos invitados de rehala. 

Ocupaban el puesto dos hombres de unos cuarenta y cinco y sesenta años, respectivamente, acompañadas de dos niñas, hijas del más joven. Nada más llegar desenfundaron las armas, escopeta y rifle, y a pesar de la advertencia de que no se podían doblar los puestos, mis vecinos se separaron entre sí unos diez metros empuñando el mayor la escopeta, y el otro, un rifle.

Cuando los perros llegaron a nuestra jurisdicción, el mayor empezó a andar de un lado a otro como el que va cazando conejos, separándose de la postura inicial más de setenta metros, colocándose dependiendo de donde cazaban los perros y cortando peligrosamente el tiradero de dos puestos anteriores. Al final rompió entre ellos un cochinete de no más de treinta kilos al que le descerrajaron lo menos diez tiros hasta dejarlo muerto al otro lado del arroyo.

Estas conductas son reprobables y pueden costar un serio disgusto no sólo al protagonista, sino a la propiedad, la organización y a todos los cazadores que participan en la cacería. 

Curiosamente, cuando está más que advertido de que los puestos no se doblan, que no se pueden modificar las posturas y todas las mil quinientas (como dicen por aquí), al final llega un invitado de una rehala, que a su vez trae a otro invitada a su puesto, con conocimiento o no del que les invitó, doblan las armas y el titular deja hacer a su antojo al “reinvitado”, provocando una situación de inseguridad, por ignorancia, desconocimiento o simplemente desprecio de las normas de convivencia montera.

Los dueños de rehala deberían advertir a sus invitados de las más elementales normas de seguridad exigibles, porque, al final, los que terminan con la cara cagada son ellos y no el irresponsable de turno.

Por lo demás, magnífico día, estupendas habichuelas guisadas en el Restaurante El Sevillano y servidas por nuestros organizadores en la nave de la finca, y hasta el año que viene, que intentaremos hacerle un roto al macareno de los chaparros de “lo de Juanito”.

 

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