Batida femenina en la Reserva de Riaño

A raíz de las primeras publicaciones que Teresa, Pilar o una servidora hicimos en diferentes redes sociales, muchos preguntasteis dónde estábamos, qué íbamos a cazar y nos enviabais consejos y buena suerte. Bien, pues os voy a contar con detalle la experiencia en aras de hacer un elogio a la tradicional batida del norte de España y un reconocimiento de lo que el sector cinegético hace por las zonas más rurales de nuestra Península.

Igual que para estas cuatro sureñas una batida era algo casi desconocido, nunca practicado y que sólo habíamos visto alguna vez por televisión, imagino que para muchos de vosotros es igual.

Si tradicional es o era, sin entrar en detalles ni debates, nuestra montería española, tan tradicional o más es la batida norteña, con su antigüedad, sus tradiciones, sus tecnicismos, los cuales intentaré recordar y respetar, los hábitos y costumbres propios de quienes la practican habitualmente y esa especial organización que tanto difiere de su prima hermana la montería.

Rubé Mounsieur, el organizador, llevaba meses preparando nuestra visita a este lugar. La idea era reunir una cuadrilla formada sólo por mujeres de diferentes puntos de nuestra geografía.  Un amigo con buen criterio para estas actividades me lo había recomendado y me puso en contacto con Rubén. Aunque nos costó encajar agendas -por diversos motivos- por fin, se fijó fecha y mi amiga Teresa y yo pusimos rumbo al norte, contando a última hora con la compañía en el viaje de dos camaradas más, Pilar, propietaria del blog “Cupo libre” y su cámara y fotógrafa, Yuka García. Al llegar al término madrileño del Jarama, nuestros caminos se juntaban para continuar el viaje en un solo coche, por supuesto, todas encantadas, pues la aventura así, juntas, es más auténtica.

Y allí estábamos, a la otra punta de España, por carreteras desconocidas, solitarias y oscuras, esquivando alguna que otra cierva en nuestro camino. Con alegrías, tangos y seguirillas de Camarón de la Isla como banda sonora. Y con el pensamiento fijo en una sola cosa: ¿quién nos comería antes, un lobo o un oso? Y es que desde que nos informaron poco rato antes de la posibilidad de conseguir un lobo en la batida y de la presencia de osos en la zona, cosa que no creíamos, el hecho de que íbamos a cazar jabalí se nos había olvidado por completo. Preguntas como ¿si me ataca un oso, qué hago?, comentarios absurdos, fantasías dignas de película, risas y más risas nos acompañaron todo el camino, hasta llegar a la localidad leonesa de Nuevo Riaño, un pueblecito que sirve de antesala de los Picos de Europa. Un lugar de belleza exuberante y espectacular, sin duda.

Con la noche bien metida en agua, fuimos las primeras en llegar al Hotel Sainz, de 4 estrellas, no había un alma… cosa que dio mucho más juego a nuestra guasa ingeniosa, en la misma línea de humor que trajimos todo el camino. Hacíamos el checking en el hotel, sin poder parar de reír, sin olvidar a los osos y a los lobos, ni la gran aventura desconocida en la que nos habíamos embarcado a tropecientos kilómetros de casa… Gracias a Dios, la recepcionista nos proporcionó la información necesaria para tranquilizarnos un poco: “Sí, en la zona hay mucho lobo y osos – nótese la ironía–, y no, no es una tomadura de pelo, no os preocupéis, hay más habitaciones reservadas para una batida mañana”,  ¡imagínense la situación!

Instaladas en nuestras habitaciones, bajamos al bar del hotel para brindar con una copa de Ramón Bilbao. Uno de los sitios que más nos gustó fue el comedor del hotel por estar enmarcado en una espectacular ventana con vistas al embalse, custodiado por altas y rocosas montañas. También el bar, con su acogedora chimenea. Este fue el punto de encuentro con el resto de huéspedes que se alojaban en el hotel con motivo de la batida. En nuestro caso coincidimos con Begoña, una conocida cazadora novel de la zona a la que nos quedamos con ganas de hacer novia, y Miguel, su marido, que nos acogieron estupendamente y nos cuidaron como si fuésemos de la familia. Las conversaciones de caza y las explicaciones sobre la zona fueron tan gratificantes como las copas de vino junto al calor de la hoguera.

Hasta las diez de la noche no conoceríamos al organizador y al resto de participantes,  en una cena organizada con tal finalidad en el pueblo de Burón, a unos diez kilómetros y medio de Riaño. Allí tendría lugar también el sorteo de los puestos.

¡Máxima alegría para mí al encontrar caras conocidas en la cena!

La decoración del bar con preciosas fotos de la zona, lobos disecados y fotos de batidas de antaño, entre nieve, jabalíes y más lobos llamaban nuestra atención intensamente.

Por supuesto, para cenar, primero sopa calentita y después jabalí –que de lo que se come… –. Tras la cena se realizó el sorteo con las correspondientes instrucciones sobre la batida y, acabado éste, nos fuimos a descansar, que falta nos hacía.

En este lugar el lujo y la exclusividad están en el marco de naturaleza incomparable que lo rodea. Pocos lugares reúnen las características de Riaño y sus aldeas aledañas. Pero no lo sabríamos hasta el día siguiente, al mirar por la ventana de la habitación, cuando la oscuridad se había hecho claridad…  Sin duda, aquellas vistas que contemplábamos al saltar de la cama, dispuestas al lío, confirmaban que nuestra escapada había sido una gran decisión: naturaleza en el estado más puro que nunca vi, gastronomía, desconexión, descanso, amigas, risas y caza.

De repente, este lugar misterioso empezaba a cobrar un sentido… y a pesar de que todas tuvimos pesadillas con los lobos esa noche, éstas se fueron borrando y afloraron unas inmensas ganas de salir al monte, de querer verlo, de que entrase en nuestro puesto. Ganas de las que hasta ahora no sé si habíamos sido muy conscientes.

El día de la batida el punto de encuentro de la cuadrilla era en la aldea de Llomba de Retuerto, otro de los muchos lugares encantadores que hay en la zona y que debe su supervivencia en gran parte al sector cinegético, con el cual sus escasos habitantes conviven y respetan, practiquen la caza o no.

Allí tomaríamos un desayuno del que los organizadores y el Ayuntamiento de Burón amablemente se habían hecho cargo y que habían preparado a conciencia con el fin de hacernos imposible el ascenso a pie a la montaña. ¡Menudo manjar! ¡Allí no faltaba detalle! Comida casera y abundante, mapa digitalizado de la mancha a batir y el guarda de Medio Ambiente de la reserva dispuesto a pedirnos hasta la marca de nuestro primer potito.

Mientras nos adentrábamos por los caminos rodeados de hayas y matorrales de acebos, piornos y brezos, tan característicos de la alta montaña, las nieblas se iban despejando, dejándonos apreciar el privilegiado enclave natural en el que íbamos a cazar. Ubicado en plena Reserva de Riaño, tierra de leyenda y refugio del lobo ibérico. La Reserva ofrece incomparables vistas, en las que coexisten nada menos que seis especies cinegéticas de caza mayor: corzo, ciervo, rebeco, macho montés, jabalí y lobo, además del protegido oso pardo. Algo que hace aumentar, aún más, el encanto de este lugar.

Debajo de nuestra vista iban quedando sus pueblos y aldeas, con sus casas de piedra, teja y madera, sus huertos y sus corrales para el ganado.

Varias veces comentamos que teníamos la sensación de estar en otro país.

Yo creo que si llevas ganas e  ilusión, llevas todo lo necesario para despertar los sentidos y poder disfrutar de todo en la vida. ¡Qué espectáculo de lugar!

Tras quince minutos de trayecto, llegamos al sitio donde dejaríamos los coches. Justo estaba empezando a nevar, con lo cual todavía teníamos acceso al monte con los coches.  Me sorprendió cómo han conseguido hacer caminos por semejantes pendientes y precipicios.

La batida en sí me encantó, es dura, y aunque la suerte venatoria no me acompañó, sí lo hizo la suerte de que quisieran contar conmigo para esta experiencia y poder disfrutar de cazar en semejante paraíso. A cada una de nosotras nos tocó un puesto completamente diferente, uno con muchas vistas, otro muy cerrado entre el monte y el mío era un hayedo, en la cumbre, donde estuvo nevando todo el día. ¡Qué vistas, qué emoción y tensión escuchar esas ladras tan diferentes! Me sentí también afortunada por poder percibir la emoción en el brillo de los ojos de los paisanos que querían trasmitirnos su tradición, su forma de vida, su pasión por lo que hacen, por sus perros, su preocupación porque todo saliese bien, porque nos gustase la experiencia. Me sentí dichosa de vivirlo y valorarlo. Los cazadores, foráneos o forasteros estamos ayudando con nuestra presencia y nuestro aporte económico a que Nuevo Riaño, Burón y pedanías como Vegacerneja, Casasuertes, Cuénabres y Retuerto  no se conviertan en leyendas, sino que continúen sobreviviendo a los tiempos y a la dureza de sus inviernos, que sigan poblados de paisanos de grandes corazones que acogen por igual a cazadores y turistas.

De especial mención es el trabajo que realizan los monteros y sus perros. Estos canes, sabuesos españoles en su mayoría, son adiestrados para realizar un exclusivo trabajo sobre el jabalí sin mover otras piezas de caza. Se utiliza un número bastante inferior que en las rehalas, suelen ir de traílla, a excepción de los mejores que pueden ir incluso sueltos, cazando corto, en busca del jabalí. Adaptados a los tiempos, se trabaja con collares GPS y emisoras para comunicar a los cazadores la situación y trayectoria que llevan los sabuesos tras la pieza. Aunque los monteros bien conocen a cada animal por su ladrido y si está llamando de parado o corriendo detrás de la piara.

Para aquellos que os decidáis a conocer este maravilloso lugar y a participar en una de sus batidas, os aseguro que no os decepcionará esta forma de cazar. Ha sido una escapada, con nuevas experiencias, inigualable y muy diferente… Solamente por el hecho de estar compartiendo espacio con lobos y plantígrados, el viaje ya merece la pena.

Rubén, Miguel Balbuena, Juan Riaño, muchas gracias por permitirnos disfrutar de esta experiencia, de hacernos sentir como en casa, especialmente a mí, en el día de mi cumpleaños, a todas las participantes y a todo el gran equipo: Senén, Juanjo, y un largo etcétera que hizo posible la organización de la batida para mujeres en Riaño.

¡Ah!, por supuesto el camino de vuelta a casa le hicimos con su correspondiente depresión post – fin de semana excepcional.

¡Con ganas de repetir otra aventura cinegética con mis chicas!

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