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Cuento de Navidad, por José García Escorial

Cuento de Navidad
Cuento de Navidad: al campo, sin móviles, sin tablets.

Cuento de Navidad

A mí siempre me ha gustado la Navidad. Esta es una clara declaración de intenciones.

Mis Navidades infantiles comenzaban en el barullo de la estación de tren del norte de Madrid, mezclado con el soniquete de los niños de San Ildefonso anunciando los premios del tradicional sorteo de la Lotería.

Prácticamente en la Lotería, solo juego este sorteo, nunca me ha tocado, padre jugaba todas las semanas con su hermano el tío Gregorio, tampoco les tocó nunca nada relevante, pero el que no te toque no es justificación para no seguir jugando. 

A mí me divertía este viaje invernal en tren, sería una premonición de mi futura, inusitada y agobiante fiebre viajera que luego he desarrollado de modo intensivo.

Cuando Inés, la cocinera de casa, en aquel compartimento de bancos de madera abría las fiambreras y sacaba la tortilla de patatas y los filetes empanados, era un momento anhelado, y hasta la fecha me siguen encantando fríos ambos alimentos.

El grueso de la familia se desplazaba en automóvil, pero yo me apuntaba a escuchar el traqueteo de los vagones en la línea férrea, es un sonido que me era tan familiar y querido que ahora, en mi África, aún levanto la vista con nostalgia para ver el paso del cercano tren.

Cardo, besugo y pavo por Nochebuena

La cena de Nochebuena siempre era la misma, cardo, besugo y pavo.

El pavo lo traía Benito desde el Carracillo, allá en la Tierra de Pinares de Castilla nos criaban uno todos los años, y nos hacíamos de cruces al conocer el peso de la gran ave americana. ¡El de este año ha pesado 17 kilos!, decía padre asombrado.

No recuerdo ver al enorme pavo con vida nunca, quizás venia ya listo para ir al horno. La imagen de la familia entera con hachas y cuchillos persiguiendo al pobre animal, dispuesta a que no se escapara con vida el plato fuerte de Nochebuena, nunca lo viví.

Cuento de Navidad: los novedosos faisanes.

Faisanes Cuento de Navidad

Aunque hubo otras ocasiones para ajusticiar a los pájaros. Unos amigos de la familia, los Suárez de Cuéllar, montaron en una antigua fábrica de harinas en Samboal una granja de faisanes. Una noche padre llegó a casa de Madrid con una caja, al abrirla salió disparada un ave, mi amigo Jesús, el líder de nuestro equipo de baloncesto, saltó y la cogió al vuelo, fue el primer faisán macho que vi volando en mi vida.

Al poco tiempo en otras navidades madre me dio seis cajas con seis faisanes, para que los matara a tiros. Gabriel me acompañó con la idea de tirármelos al vuelo, pero al abrir la primera caja le cogió desprevenido y un ave saltó volando con estrépito, al no estar Jesús para ponerle un tapón, tuve la fortuna de quedarme con él al segundo tiro cuando ya estaba un poco largo. Me dieron seis faisanes, volví con una percha de seis.

Por cierto, la primera cacería comercial que organicé fue en la finca de ‘Los Salvadores’, una novedosa suelta de faisanes, tal vez la primera que se realizó pasado Guadarrama en la vieja Castilla, fue hace ahora ¡cincuenta años!

Cuento de Navidad
Cuento de Navidad: cazar con los niños, recuerdos para siempre.

Caza en Navidad y juguetes por Reyes

El día de Navidad, el 25 de diciembre, por la mañana nos íbamos de caza los seis hijos con padre, tal vez para que no nos quedáramos alborotando en casa hasta la hora de la misa.

Los juguetes los recibíamos el día de Reyes, quizás en Nochebuena teníamos algún pequeño detalle como un libro de Emilio Salgari, que me encantaba, y que compartía con mi querido primo Goyo, que siempre fue –y es– un enfebrecido lector, como yo, bueno, más que yo.

Nos acompañaban los cuatro perros.

El ‘Sol’ era un pastor alemán con pedigrí, la ‘Luna’ era un hembra de braco alemán no pura, y las ‘Estrellas’, que eran dos podencos, una hembra blanquita y un macho rojo fuego.

Las ‘Estrellas’ fueron un regalo de Reyes, la hembra para mi hermana Anun (Anunciación) y para mí el macho.

Como teníamos un ‘Sol’ y una ‘Luna’ nos faltaban las ‘Estrellas’, como hubo que ponerlos nombre la hembra se quedó con ‘Tre’ y el mío con ‘Llas’, apocopes singulares de ‘Estrellas’, aunque yo le solía llamar ‘Llasito’ muy a menudo. ‘Llasito’ me llenaba de babas por la noche, y de día era mi sombra, las despedidas para acudir al cole a Madrid eran tan dramáticas como gozosos eran los reencuentros.

Una Tres Coronas de tiro de pichón

Padre armado con una larga escopeta, una Tres Coronas de tiro de pichón, y mi hermano mayor, Pedro, con la Arrizabalaga sin expulsores de mi abuelo, también del 12, ocupaban dos pasos en los extremos del cabezo. Mis otros dos hermanos ocupaban las alas de la batida, y yo, que era el pequeño, entre mis hermanas Soledad y Anun que me cuidaban.

Los perros correteaban sin mucha disciplina, no era fácil que se cazara algo.

Mi padre tenía una lesión de guerra en la cabeza y los tiros le proporcionaban un gran dolor de cabeza. Pedro tampoco era un gran tirador, pero ocasionalmente alguna rabona se despistaba y la llenaban de perdigones, algún conejo caía de vez en cuando en las fauces de los perros, y la volatería salía siempre indemne. 

Un inesperado jabalí Cuento de Navidad

Pero un año el ‘Sol’ empezó a latir muy fuerte, sacó de la cama a un cochino, y con los otros tres canes le metieron el gorrino a dos metros a mi padre, los perdigones de quinta en el derecho y de cuarta en el izquierdo lanzados por la espingarda apenas se abrieron pero dejaron un agujero de un puño en el costado del guarro.

Este se hizo fuerte en un matón acosado por los perros, la algarabía de estos se confundía con el áspero gruñido del jabalí, allá acudimos todos pese a los gritos de advertencia de nuestro progenitor.

Yo solo había visto un jabalí antes en mi vida, que se había quedado enredado en la presa de la Confederación Hidrográfica, y nos lo bajaron dentro de una jaula para verlo.

Pero esta fiera mortalmente herida se rebelaba a su suerte, castañeteando los dientes, y de un derrote rasgó la oreja del ‘Sol’, las ‘Estrellas’ más ágiles no soltaban a su presa, y la ‘Luna’ andaba por allí como si la cosa no fuera mucho con ella, estaba donde su propio nombre indica.

El ‘Sol’ al final pudo con el gorrino, este casi sin vida se entregó. Allí no había ni siquiera una pequeña chaira, una navajita, para poner fin al drama pinchando al valiente guarro. 

Todos contemplamos sin movernos la agonía del animal, hasta que expiró, padre se acercó puso los cañones sobre las pupilas y comprobó la ausencia de reflejos. Pidió ayuda a los chicos mayores, y entre todos sacaron el animal.

Yo me quedé fascinado y no me apartaba de allí, igual que mi perro el ‘Llas’.

Cuento de Navidad
Cuento de Navidad: un gorrino, ¿el del cuento?

En el monasterio la noticia de jabalí cazado corrió como la pólvora

Nos apresuró padre, había que ir a misa, ya vendría el más tarde con Ángel, el guarda, a recoger el jabalí.

De casa salíamos andando hacia el monasterio, cada uno llevaba un talego con dulces navideños, menos Pedro que llevaba el producto de nuestra puntería si había sido eficaz.

En la entrada, al lado del espectacular arco ojival, una larga mesa de madera recibía los presentes de la vecindad.

Allí nos encontrábamos con los Alonso, los Sánchez, los Guerrini, los Barbas, los Mossa, los Lelouch, los Sanz, los Escolares y el resto de los habitantes del valle.

Al final del sagrado oficio saludábamos a los padres Ildefonso, Beda, Bernardo, Plácido, Mauro, los pioneros benedictinos que desde el riojano cenobio de Valvanera habían reabierto el monasterio, una joya, como tantas en España, que quedaron abandonadas tras la traumática e inútil Desamortización.  

Aquella mañana luminosa de Navidad en el atrio del monasterio la gran noticia local era que habíamos cobrado un jabalí.

Mi padre repetía sin cesar el lance tanto a la comunidad religiosa como a la vecinal, y no se ponía medallas, carecía de la vanidad del cazador. 

El padre Bernardo me llamó: a ver tú, rapaz, que eres un montaraz (me llamó de este modo toda su vida), cuéntame qué sucedió.

Yo hasta casi le aburrí con una completa descripción, mientras divertido con los brazos abrazando su voluminoso contorno movía a una velocidad increíble sus dedos pulgares con las manos entrelazadas; cuando agotado por la emoción acabé el relato, me dio un cariñoso pescozón y se fue a cumplimentar a las personas mayores que allá habían acudido a felicitarles las Pascuas.

En las cocinas del monasterio

Esa tarde el gorrino se depositó en las cocinas del monasterio, después de sacarlo del monte, lo pusieron en una carretilla.

Solo padre, yo y el ‘Llás’ fuimos los únicos de la familia que estuvimos hasta el final, momento que el hosco y lego Francisco lo transportó hasta el cobertizo de la huerta para aviarlo, afirmando que era lo mejor que había que hacer.

El hermano Francisco era un primitivo navarro sin dobleces, su reino era la inmensa huerta conventual, y cuando empecé a cazar los azulones de las charcas, consideró que los patos eran suyos, que yo me contentara solo con cazarlos, y no hubo alternativa.

El olor de ese gorrino, nunca lo olvidó mi pituitaria, y más de un guarro lo he sacado de nariz a lo largo de mi dilatada vida cazadora. 

Cuento de Navidad: patos, liebres, conejos, todo valía.

Ya de mozo

Pasaron los años, y mi cuerpo ya moceaba, de hecho, como había anunciado padre, era el de más altura de mi familia.

En vacaciones salía con la escopeta del abuelo y los cuatro perros, y pronto empecé a llenar la despensa de caza, con palomas, tórtolas, conejos, liebres, perdices y alguna escasa y escurridiza chocha perdiz.

Tenía media docena de jopos de los zorros que había derribado, y a los pies de mi cama una piel curtida de tejón, donde el ‘Llás’ pasaba las noches. 

La ofrenda invernal de caza en el día de Navidad a los benedictinos ya no dependía de la puntería familiar en ese día.

El día anterior, el 23 de diciembre, lo echaba completo en el campo, y entre lo que cazaba yo y los conejos que solían atrapar las ‘Estrellas’, siempre hubo algo para que el refectorio conventual estuviera abastecido.

El 23 de diciembre era el día de montar el nacimiento, y todos, yo incluido, hasta que la actividad cinegética primó sobre el diseño y realización de belenes, nos poníamos a la tarea.

El Belén Cuento de Navidad

El jefe era mi hermano Pedro, y nos organizaba dando órdenes.

Primero irnos al sobrado y sacar las cajas de cartón con las figuritas de barro, el portal, los pozos, los puentes y el castillo de Herodes de corcho.

Luego poníamos en un rincón de la galería la mesa de ping-pong, dejar de jugar a este apasionante deporte en todas las Navidades igual quebró la aparición de un Nadal en mi persona en esta actividad.

Después, provistos de cuchillos y cestas nos dirigíamos a la caída del río para coger tapetes de musgo, pero sin quedarnos cortos, hubiéramos podido alfombrar un campo de tenis, mejor que sobrara que volver a buscar más bajo la severa mirada de Pedro. 

A continuación a buscar montañas, todos a la vía del tren, allí recogíamos escorias suficientes para hacer un nuevo monte de Sinaí.

Alguno más travieso que yo, esperaba la llegada del pequeño tren locomotor de cercanías y ponía chapas junto a perras chicas y perras gordas para que las aplastaran las ruedas a su paso. Yo por mi parte prefería alejarme, apartando a los perros de un posible accidente. 

La realidad es que nuestro Belén quedaba siempre espectacular, y cada Nochebuena nos quedábamos roncos de cantarle villancicos amenizados con las panderetas de todos.

Yo creo que fue la única obra de ingeniería que siempre le salió bien a Pedro.

Una cacería sin resultado

La caza del día de Navidad ya la organizaba yo, disponía el ojeo y el momento de iniciarlo, así como colocaba a padre y a Pedro en sus pasos.

Seguía ocupando la posición central en la marcha, pero ya no para que me protegiera Anun y Soledad, sino para que pudiera controlar todo.

Pedro en ese año me insistió en que me pusiera de puesto, yo era con diferencia el que mejor disparaba, el resto de mis hermanos no les llamaba la atención la caza, y para el mayor era un sacrificio, pero yo le decía que tenía que dirigir a todos y controlar a los perros, aparte de que padre quería que su ′hereu’ cazara un jabalí, una entelequia según mi hermano mayor, porque en años ningún otro cerdoso había aparecido en nuestra modesta batida navideña. 

La cacería no tuvo frutos, logramos meter el bando de perdices al principio pero fue un tiroteo inútil, tres liebres se fueron como llegaron, y ya casi al final sonaron dos tiros.

Nos fuimos, como siempre con prisa, para asistir a misa.

La desaparición de ‘Llas’ Cuento de Navidad

‘Llasito’ no venía, y yo preguntaba a mis hermanos, sin encontrar respuesta, ante mi insistencia padre dijo que le había visto irse detrás de una liebre, que ya vendría. Pedro, que estaba muy coloradote, y no hacía mucho frío, afirmaba que él no sabía nada.

 El padre Bernardo vino hacia mí y me dijo: «¿Montaraz, qué haces tan triste y callado?». Le respondí que había perdido al ‘Llas’. Me propinó una palmadita en la cara, diciendo: «reza un padrenuestro a San Antonio y ofrécele algo». No recé uno solo, lo hice tres veces, no ofrecí una cosa, sino diez, diez conejos que traería al cenobio. 

 Apenas terminamos de comer, ni siquiera probé bocado y ni toqué los dulces de Navidad, que la verdad nunca llamaron mi atención, y me fui al campo con los perros.

No encontré huellas, temía que un macareno anduviera por ahí y se la hubiera jugado a mi ‘Llasito’.

La ‘Luna’ se retrasó y llego a mí con el morro salpicado de sangre. La urgí a que me llevara al sitio, pero era muy tonta, se quedaba en un punto al lado del puesto de Pedro y volvía, quizás ha encontrado una liebre muerta y como es tonta no la ha cogido, y ahora no la encuentra, pensaba para mí. Luego me acerqué a los desmontes de la ermita de la Virgen de la Peña, por si acaso hubiera quedado mi ‘Llas’ enredado en el cepo de algún furtivo, al final de tanto rebuscar e insistir con el paso de los días hallé dos viejos cepos desmontados, pero no al podenco rojo fuego.  

La llegada de ‘Es’

Afirmaba en el primer párrafo de este escrito que «siempre me ha gustado la Navidad». Tal vez no fuera cierto, en esa ocasión fui un niño infeliz. Aunque la sonrisa me volvió a la cara cuando el día de Reyes, aún estaba durmiendo, sentí que una cosa pequeña y peluda compartía mi lecho, un cachorrito colorado menos rojo fuego que mi ‘Llas’, al que bauticé como ‘Es’, las letras que aún me sobraban de las ‘Estrellas’. 

El ‘Es’ fue un perro fuera de serie, la ‘Luna’ lo adoptó como su hijo, y fue corrigiendo su natural fogosidad con la pachorra de su madre adoptiva, hicieron una sociedad perruna combinando los vientos de la ‘Luna’ y la agilidad, rapidez e inteligencia del podenco.

Podría decirse que formamos un trío formidable, y me encanta recordar aquellos tiempos, sin duda cuando más en mi vida me hicieron disfrutar mis perros de la caza menor. 

El secreto Cuento de Navidad

Inés, nuestra cocinera, solo a mí me permitía que estuviera en sus dominios, la cocina, no es que aprendiera nada de sus excelsos y secretos conocimientos culinarios que se llevó a la tumba, pero me entretenía ver sobre todo como apañaba mi caza hasta hacer un exquisito plato que disfrutaba toda mi familia, sobre todo padre.

Ya estaba muy cerca de su fin, un impetuoso cáncer de páncreas la tenía acorralada y macilenta en una habitación del hospital de Puerta de Hierro, y en la última tarde que me acerqué a echar un rato con ella me dijo: «No quiero irme de este mundo sin contarte un secreto, que tal vez sea, fallecidos tus padres y Pedro, la única apersona que lo conozca».

Me contó, aún con voz firme, como Pedro mató al ‘Llas’, en la última batida navideña que hizo mi familia.

Escuché las voces que el señor, mi padre, le echaba a mi hermano mayor, cuando yo desesperado pasaba días en el monte buscando a mi ‘Llasito’, sin entender cómo su hijo mayor había podido confundir al can de pelo rojo fuego con un negro cochino y además dispararle dos veces y volarle la cabeza.

Ángel, el guarda, cuando aún estábamos en la misa de Navidad, fue a por el cadáver del ‘Llas’ y lo enterró muy lejos de la finca para que jamás pudiera yo encontrarle.

Las palabras, tantos años ocultas, le salían a Inés con dolor, mientras me observaba, yo callado con los ojos cerrados le tenía apretadas las manos.

Acabó el relato, abrí los ojos, me miraba con ternura. Me despedí de ella prometiendo que volvería a verla, falleció el día siguiente.

Ya lo sabía Cuento de Navidad

Pero yo ya lo sabía, lo había intuido hace años, la actitud de la ‘Luna’, el no haber encontrado rastro alguno de ‘Llas’, los dos tiros de mi hermano sin explicación, el que estuviera tan coloradote y la rápida acción de padre al buscarme un cachorro.

La prueba definitiva la tuve cuando a la muerte de padre, rebuscando sin éxito en la mesa de su despacho la pistola Astra que yo había usado durante años, encontré al fondo de un cajón un sobre que contenía el pequeño collar del ‘Llas’ con su cascabel.

El collar lo metí en un frasco de cristal, y lo enterré al lado de la tumba de mármol de los antiguos propietarios de la granja africana donde ahora se asienta mi Paoland.

NOTA DEL AUTOR: Este relato es ficción, aunque tal vez no del todo, los personajes son ficticios, quizá no todos, y el anecdotario es casi fruto de la imaginación del autor. Dejo a la natural, y probada, inteligencia del lector discernir lo que hay de cierto o de inventado.

 Cuento de Navidad Un cuento de José García Escorial

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