Caza versus micología

images_wonke_opinion_felipe_vegueCazadores, de héroes a villanos en pocos años, los que ha tardado el efecto Disney en hacer hombres a los niños que crecieron con la Bella y la Bestia, y éstos en ser a su vez padres de nuevas generaciones, donde, en etapas formativas de los niños, todo bicho viviente está coloreado y animado por efectos informáticos.

No hay una sola conversación entre cofrades de San Huberto donde no salgan a relucir los enfrentamientos en los, cada vez más frecuentes, desencuentros de recolectores con nuestro colectivo, derechos y deberes manejados al antojo del intolerante, en una naturaleza cada vez más hollada, manejada populistamente por nuevos usuarios y entidades de apropiadores, que utilizan al monte a su antojo y se creen en potestad de todos los derechos y de ninguna obligación cuando comparten ese día y el lugar con cazadores.

Este otoño asistimos a un asalto sin contemplaciones del monte. Las abundantes lluvias de esta otoñada han propiciado una abundante cosecha de hongos en los terrenos forestales de todo el país. Los cazadores, asombrados, comprobamos como estas nuevas hordas están ocupando todos los espacios sin contemplaciones ni reparos en los usos y aprovechamientos del monte. Autobuses con seteros, caravanas de amigos, vehículos con la familia al completo, neófitos con graves riesgos y expertos dirigiendo cuadrillas de inmigrantes contratados que en un tótum revolútum, han puesto patas arriba el monte buscando boletos, níscalos, senderuelas o lo que se tercie, provocando todo tipo de situaciones, grotescas las unas y peligrosas, las otras.

He asistido a batidas en las reservas de caza de Castilla y León con guardería de la Junta y en todo tipo de terrenos gestionados por clubes deportivos o cotos privados con asistencia de la Guardia Civil y guardería, y en todas ellas el enfrentamiento de urbanitas con cazadores y ganaderos ha sido la tónica general. Espacios perfectamente señalizados el día de la batida son invadidos por masas de ‘extracampestres’, siempre con consecuencias: animales, ganaderos, cinegéticos y forestales, ahuyentados y desplazados de sus querencias, circulando con peligro por carreteras, portelas abiertas, vallas tumbadas, montes rastrillados, soliviantados los animales en sus territorios un día sí y otro también, donde un intrusismo salvaje se prolonga en el tiempo, repasando espacios, no dejando a los animales recuperar su espacio y su tranquilidad, ni a las plantas madurar y reproducirse.

El desprecio que vemos en los encuentros que, indefectiblemente, ocurren en las observaciones efectuadas por la guardería o los propios cazadores sobre el uso que en ese momento se estaba efectuando, el riesgo y las molestias provocadas, es lo habitual. Los desencuentros entre cazadores y otros usuarios se producen en tonos impensables hace unos años, espacios que eran visitados en pocas ocasiones por propietarios y trabajadores del medio, sufren la avalancha ‘decatlhon’. Las anécdotas a contar, y que miden el comportamiento de los nuevos usuarios del monte, son abrumadororas.

En los encuentros con buscadores, donde la batida o montería ha dado comienzo, los insultos y todo tipo de apreciaciones sobre lo malo malísimos que somos los cazadores es lo habitual (exceptuando a un pequeño porcentaje de habitantes rurales y los recolectores antiguos).

Recuerdo lo acontecido en un pueblo de la provincia vallisoletana donde irrumpieron por mi puesto seis adultos con siete niños y adolescentes, entretenidos los unos en informarse a gritos de los hallazgos de los diferentes hongos y, por otro, las bien educadas criaturas entretenidas como caballos mongoles, en arrasar los potes llenos de esa masa blanca y viscosa que es la miera o resina. La suerte de los pinos ese día se convirtió en desgracia para su propietario, pues destrozando los potes se destroza el trabajo del resinero, y son muchas las familias que viven del pinar, pagan por ello y, además, sí tienen derechos. Hace tan sólo cinco meses, cuando comenzó la remasa, el duro trabajo de preparar el pinar desde marzo, la intensa tarea de desroñar los pinos, quitarles la corteza, en los potes apenas si había unos centímetros de miera y, ahora, que esperaban llenos la recolección, el resinero tendrá que aguantarse y llorar amargamente su pérdida.

También la cuadrilla presenció, con rabia contenida, como en una preciosa reserva de caza, ocupado un amplio cortafuegos por cinco monteros, cruzaba un gran ciervo y exclamar alucinados los seteros con fuertes gritos: «Un bambi, un bambi», y el montero, que no pudo cumplir el lance, alucinado y teniendo que escuchar como era insultado y casi linchado por una turba de amantes de los bambis y el Pato Lucas.

Siempre es época de recolectar algunos de los recursos naturales; así, espárragos, hongos, cangrejos, piñas.. pasan de ser un futurible recurso de vida del mundo rural, tal y como obtienen de la caza, a un cúmulo de normas que no se aplican, desamparo de los legítimos propietarios que, además, están obligados a medidas de fomento y protección de la fragilidad del medio o medidas de protección ecológicas propiciadas por el destrozo de las hordas urbanas, comprobando como un recurso que les podría proporcionar complementos de rentas, desaparece o es explotado por mafias, que en nuestras solitarias zonas rurales acaparan territorio e imponen su ley.

Por tanto, las obligaciones existen y me atrevo a decir que mucho antes que el derecho, éste se adquiere por unas u otras circunstancias. El primero de ellos es el de la propiedad privada, después la propiedad comunal y, por último, la propiedad heredada. En ocasiones son usos y costumbres ancestrales y aquí el urbano tiene poco que decir, es como si hubieran adquirido las nuevas turbas derechos sobre lo que ya tiene propietario, colectivizando el uso de la tierra en la recogida, pero sólo en propio provecho una vez efectuada la recolección, de esto en el norte peninsular saben, y mucho, sobre los usos del monte en el caso de terrenos comunes y pueden contestar mejor que nadie al urbano sobre el reparto de frutos y aprovechamientos.

Se intentó prohibir el paso durante la celebración de batidas y monterías en Castilla y León, razonándolo, aunque tampoco tienen clara su prohibición, y que se pudiera incluir en la futura Ley de Montes nacional, pero ha sido tal el aluvión de oposición, sobre todo en las redes sociales, que parece que echarse hacia atrás es lo más lógico para los poderes públicos, cuando, a mi juicio, lo que necesitamos es justo lo contrario: obtener medidas claras y contundentes que sirvan para solucionar un conflicto que quedará fuera de control por culpa de contemporizar la clase política con las masas en sus apetencias de uso de los ‘espacios pseudoecologistas’, al menos lo que éstas entienden.

Ya sabemos que los cazadores tenemos obligaciones que cumplir en forma de tasas, licencias, reglamentos y leyes. Todos, absolutamente todos los que tienen su ocio dirigido al medio, tendrían que hacer frente a las obligaciones y gastos (comprobado como los acotados de setas y las licencias micológicas son minoría), obligatoriedad de un curso para aprovechamientos, una licencia ya obligatoria en ciertos lugares, y normas claras legales en su cumplimiento, que se están publicando cada día con más profusión, manuales para poner en valor la micología y dotarla de una mayor valoración en la comercialización del recurso en sus vertientes turística y de educación ambiental, claves éstas para la formación de futuras generaciones.

Insistiremos con convicción en la necesidad de prohibir otros usos en el monte cuando estemos celebrando una batida o montería y que, en todas las situaciones, los recolectores usen un chaleco o prenda de seguridad, igual al que ya estamos obligados los cazadores en muchas autonomías, marcando zonas de estacionamiento y caminos por donde circular. Así evitaremos posibles accidentes y haremos entender a las Administraciones con competencias que el cazador sólo molesta durante unas pocas horas al año.

Cómo añoramos aquellos no tan lejanos tiempos sin masificaciones, cuando el cazador se cruzaba con el recolector, compartiendo el taco y el trago de la bota y cruzaban información en una conversación serena, con la ilusión y/o la esperanza de llevar a casa el fruto de la tierra…

 

Por Felipe Vegue.

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