El Plan del lobo

¡Qué empeño tienen los políticos de esta tierra! Con frecuencia caen en la necesidad de programar la vida de nuestras especies más emblemáticas, promulgando decretos redactados de forma impecable, pero sin contar con opiniones imprescindibles de los afectados.

El Decreto 28/2008, de 3 de abril, por el que se aprobaba el Plan de conservación y gestión del lobo en Castilla y León, publicitó hasta la saciedad El plan del lobo, que preveía dotar de cupos zonales en todas y cada una de las provincias, y no llegó a cumplir ninguno de los objetivos previstos: los cupos incumplidos por defecto, la denuncia de ganaderos in crescendo, recusaciones europeas y circo a cuenta de los de siempre. Y, por si faltaba algo, hasta los del mártir Lobo Marley –animal radio-marcado abatido en Picos–, les ponen sobre la mesa un montón de firmas exigiendo la retirada del Plan y el apoyo al lobo (¡vamos que si cada uno de los firmantes aportara su óbolo, seguro que los ganaderos lo agradecerían y el lobo más, por supuesto!). Dejen de promulgar nuevos planes, nuevas disposiciones, que no acallan conciencias, el lobo debe seguir teniendo un estatus legal como pieza de caza… Esto sirve para rebajar tensiones, mantener su número de acuerdo a la carga del medio, y lo demás no hace sino confundir, con su maraña leguleya, al hombre del campo que no cumple más que con su trabajo. Dejemos que pastores y sus rebaños, mastines con sus carlancas e inteligentes careas, sigan implicados, marcando el ritmo, que tantos siglos le ha costado a la naturaleza amoldar.

 

 

Pero, se preguntarán, ¿tan mal Plan era? Sobre el papel, no. Impecablemente redactado, desde el punto de vista técnico y refrendado por todas las partes implicadas, con aportación económica importante… se fue hacer puñetas desde su nacimiento. El afán de los funcionarios tan celosos y garantes ellos de la legalidad vigente, añadió un falso celo en la concesión de los precintos para abates en las distintas batidas y monterías, que teniendo estas especies autorizadas y opciones de poder abatir algún ejemplar, no entregaban los precintos, no concedían el ‘caramelo’, no fuese a ser que en todas ellas se consiguieran ejemplares rebasando el cupo tan científicamente programado… ¡Qué maravilla de Administración o de funcionarios! Siempre se quiere poner los puntos sobre cada uno de los permisos con un falso celo digno de estudio sociológico y, mientras tanto, el lobo sujeto, como siempre, a planteamientos subjetivos, fuera de todo lógico planteamiento científico.

 

¡Qué animal más fascinante! El lobo misterioso, invisible… conocerle mejor, después de esa lucha a muerte tenaz que el hombre de estas tierras ha protagonizado a lo largo de toda nuestra historia, mostrar la realidad de un animal mitificado y vilipendiado, no deja de ser hoy una estrategia de algunos por la ‘pasta gansa’ que supone su ‘conservación’, y de otros por no querer entender, ni adaptarse, a una difícil convivencia, que no es nueva. Enfrentar a grupos tan distintos en una lucha dialéctica, con alarma social incluida, mal que le pese a nuestros anti caza, le puede costar muy caro al lobo, aunque eso en ocasiones es lo que persiguen: rarificar una especie para exigir a la Administración subvencionar su manejo. 

 

¿Tanto les cuesta entender que el futuro de ésta o de cualquier especie pasa por aceptar las reglas del juego que a lo largo de los siglos han servido para mantener a ganaderos y lobo en un tenso equilibrio, con el concurso de la caza legal para rebajar tensiones y que sólo el veneno decantó al lado oscuro en tiempos no tan lejanos?

 

No anden buscando culpables. El único colectivo que pone medios económicos –y además está obligado a cumplir planes, obviando siempre que en ningún momento ni el mundo ecologista ni el ganadero deben exigir soluciones sin consultar antes a los que sensatamente tenemos los medios de control, de ésta y otras poblaciones animales que implican daños sociales– es el cazador. Demasiada prepotencia de aquel que lo sabe todo, pero que nunca expuesto hacienda ni trabajo en el medio… Se permiten una y otra vez arremeter contra instituciones, ganaderos, cazadores, jaleados por las masas que, a fuerza de leer sólo los titulares, no ven más allá de su conciencia urbanita, forzando a implicados en solicitar un sinsentido, como en el caso de Ávila, provincia libre del lobo. 

 

Al lobo que mata por sobrevivir, al que ocupa por derecho un puesto en la cadena, se le tolera en el ambiente rural y debe ser  regulado mediante la caza deportiva. El lobo que destroza rebaños, por el bien del resto de la especie, debe de ser controlado, pese a quien pese. Las poblaciones en el norte tienen manadas colonizadoras, Castilla y León exporta lobos, permitiendo su caza legal, enfriando, y de qué forma, los efectos perniciosos colaterales sobre las manadas.

 

En comunidades donde los políticos progresistas y nuevos ‘mesías’ del ecologismo mandan, les horroriza su caza; la guardería ya se encarga, con dinero del contribuyente, de su control (¿eso no es cazar?), las conciencias de los anti sistema quedan a salvo y su bandera reivindicativa, con emblema de lobo, es ondeada por despachos políticos y redacciones de prensa. ¡Qué bien queda!, pero no así la especie, que pasa de tener el mismo valor que la conciencia de sus defensores (cero), rarificando sus poblaciones por estas políticas socialmente a salvo de la hipocresía de las masas.

 

Si a nuestros ganaderos les dieran subvenciones para aumentar su cabaña en extensivo, si se potenciara esta ganadería con su gran calidad, con tan sólo una parte del dinero utilizado en la contratación de medios aéreos de extinción de incendios, tendríamos menos catástrofes, conservaríamos nuestras razas ganaderas emblemáticas y se darían pasos para recuperar la vida humana, allí donde se han promocionado ‘redes’ de espacios naturales que, sin la ayuda de ganaderos y agricultores, lo único que consiguen es convertirse en cenizas. Hay que conservar a ganaderos y sus oficios tradicionales, que éstos sí que están en peligro de extinción, ellos no olvidan mirar hacia la rabiza del rebaño, para comprobar una y mil veces que no les sigue el lobo, de vigilar la espesura de las urces por temor al emboscado. Ahora, allí se esconden nuevas alimañas, con ropa técnica y decretos legales, y se imponen, en las zonas lobiegas, empresas de marketing viajero buscando la instantánea que justifique el gasto. Ya no interesa el paisano étnico, lo ‘gratificante’ de la experiencia es ‘ver al lobo’, así llenaremos casas rurales en fines de semana y se degustarán platos de gastronomía ‘popular’ (fabada de bote), aunque, quizá, sea muy emocionante escuchar lenguas y acentos muy diferentes de clientes VIP en safaris lobunos.

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