Por los caminos de la rehala

Conservar la rehala después del arraigo alcanzado con su uso en la Península en una modalidad tan nuestra como es la montería española, puede que sea imposible. Considerar la rehala solamente como actividad económica se apunta, a mi juicio, a todas luces inviable, que es lo que parece se pretende con su fiscalización y control. Que nuestros rehaleros y auxiliares en la montería queden sujetos a peonadas me suena a disparate, exigir que se den de alta en el Régimen General de la Seguridad Social, documentando ingresos y cotizando en una actividad primigenia y llena de una contenido pasional y de libertad, me parece, cuando menos, absurdo.

 

Es cierto que para justificar la caza se ha hablado demasiado de los dineros que gastábamos como una medida necesaria para justificar nuestra pasión. Yo, justificarme por ser cazador, por practicar una actividad legal y regulada, que ni lo piensen; demasiado condescendientes hemos sido todos estos años por dejarnos manipular por los que decían representarnos por un lado y por esconder la cabeza y dejarlo estar por todos nosotros. 

 

Quizás, esto que entendíamos como caza, el derecho a disponer de un arma, unos cuantos cartuchos y el campo sin horizontes, en el que crecimos como cazadores y conocimos hace unos años, no existe y ese estado de cosas ya no volverá a ser posible, pero esto no es motivo para eliminar la última parcela de libertad que nos queda. La caza se la defiende por el derecho a cazar, no por los supuestos beneficios económicos que se pueden cuantificar y que otra actividad que la supere en ingresos podría hacer que se prohibiera.

 

Redactar nómina, confeccionar factura, acompañar de los justificantes de gastos e ingresos… suena a asalariados más que a cazadores. ¿Qué quieren estos inútiles de políticos que tenemos, que fichemos como ellos en el Congreso o creen que cobramos las mismas dietas por montear que ellos por no hacer nada? La propina sirve en nuestras rehalas para ayuda en los numerosos gastos que se tienen que hacer frente y, hasta ahora, la parte más sufrida y sin ningún beneficio en la caza española han sido las rehalas, siempre deficitarias en los cada vez más numerosos gastos a que nos obligan las diferentes comunidades autónomas y obligaciones de sanidad y bienestar animal.

 

En mi opinión, la Seguridad Social no puede exigir la afiliación ni cotización ni de los propietarios de rehalas ni de sus ayudantes por lo siguiente:

 

 a) El artículo 7.1 de la Ley de la Seguridad Social establece la obligatoriedad de afiliación y cotización a las personas incluidas en el Estatuto de los Trabajadores para cualquier rama de actividad económica.

 

b) La rehala no consta en ningún sitio como rama de actividad económica. Si la prestación del servicio se realiza por puestos, no existe transacción económica y sólo es una manera diferente de cazar, que para eso pagamos la licencia de caza como actividad deportiva. Si existe contraprestación económica, aparte de lo difícil de demostrarlo, no dejaría de ser la compensación de unos gastos previamente soportados por el titular de la rehala.

 

c) El Estatuto de los Trabajadores en su artículo 1 excluye expresamente de la condición de trabajadores por cuenta ajena –en lo que se basan para que coticemos– a los realizados «a título de amistad», bastando para ser considerados así con la declaración del «trabajador», así como a los familiares hasta segundo grado.

 

Cazar con rehala es una modalidad más, como cazar con galgos o cetrería o escopeta; por descontado, no hay actividad económica en estos supuestos y menos a los que acompañan a la rehala.

 

Si los que acompañan son familiares o amigos (siempre) no habría obligación de darles de alta en la Seguridad Social, aunque fuese una actividad económica por la exclusión del artículo 1 del Estatuto de los Trabajadores. 

 

Aunque los acompañantes no fuesen familiares ni amigos (?) y se cobrase lo normal, no dejaría de ser una compensación de gastos.

 

La confección de nóminas, aparte de una bajada de pantalones, conllevará, posiblemente, problemas fiscales al presuponer una actividad económica.

 

Mantener una rehala empieza por disponer de un verdadero arsenal de medidas legales perfectamente cubiertas y con constantes inspecciones, controles veterinarios, de transporte y de sanidad, de burocracia con libros de núcleo de transporte y desinfección, cursos y reciclaje continuo que obligan con diferentes medidas las distintas autonomías, licencias cada vez más onerosas y, por culpa de la crisis, si no deseas quedarte en casa, debes ayudar a vender los puestos, si quieres efectuar la suelta.

 

Y ahora, por si algo faltara, las inspecciones de Trabajo y Seguridad Social, acompañados de guardias civiles que, en ocasiones, se portan con la rehala como jueces inquisitoriales, obligando a cumplir reglas que sólo ellos interpretan. En fin, despropósito tras despropósito y, como seguro que existirá empecinamiento en perseguirnos, deberemos pleitear hasta el Tribunal Supremo, igual que al rehalero le deben de quedar fuerzas para gritar cara al viento: «!Ahí va el macho…¡».

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