Opiniones Pluma invitada

Plomo a pelo de conejo, guerras a precio de saldo

Todo un lujo para Caza y Safaris – Caza Wonke: a nuestro extraordinario elenco de colaboradores se une el doctor Andrés Zorita Calvo, con el espléndido artículo «Plomo a pelo de conejo, guerras a precio de saldo».

En esta primera entrega, denuncia la prohibición definitiva de los perdigones de plomo para la caza por parte de la Comisión Europea, y lo hace con solvencia, conocimiento y brillantez.

Plomo a Caza

PLOMO A PELO DE CONEJO, GUERRAS A PRECIO DE SALDO

El remedio de Bruselas es peor que la enfermedad

Plomo a Caza

Por Andrés Zorita Calvo / Cirujano vascular

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La gestión de la salud en nuestros pueblos y la defensa de la naturaleza se encuentran hoy en un callejón sin salida por culpa de las normativas que vienen de Europa: la prohibición definitiva de los perdigones de plomo en la caza.

Como médico y como hombre que conoce de primera mano el mundo rural, creo que es urgente afrontar este problema sin fanatismos ecologistas, pero también sin enfados inútiles. Cualquier ley de este tipo debe mirarse con lupa.

Desde el punto de vista de la medicina preventiva, las autoridades tienen la obligación de calcular si el remedio que nos imponen desde los despachos va a provocar más accidentes, más gastos sanitarios y más peligro para las personas que el supuesto daño ambiental que pretenden arreglar en nuestros campos.

¿Qué es el saturnismo?

Para poner las cartas sobre la mesa con honestidad científica, lo primero es explicar con claridad qué es el saturnismo.

La intoxicación por plomo es una enfermedad real que ocurre cuando este metal pesado se acumula en el cuerpo. El gran peligro del plomo a nivel médico es que nuestro organismo lo confunde con el calcio. Cuando entra en el cuerpo, compite con el calcio en el sistema nervioso, altera las neuronas y daña la fabricación de la sangre, lo que puede provocar anemias graves.

Es un metal tóxico que, en exposiciones muy altas y continuadas durante años, daña los riñones y se almacena en los huesos, desde donde puede volver a pasar a la sangre en la vejez cuando los huesos se desgastan por la osteoporosis.

Dos situaciones muy concretas son las de verdadero peligro

Sin embargo, los efectos cambian por completo según dónde se encuentre el metal.

En las consultas médicas sabemos perfectamente que si un cazador o una persona herida se queda con perdigones alojados en el cuerpo tras un accidente –casi siempre en el músculo o en la grasa–, esto no suele causar problemas de salud a largo plazo. El cuerpo humano es sabio y fabrica una costra interna de carne fibrosa que aísla el perdigón, impidiendo que el plomo toque la sangre.

El verdadero peligro médico solo ocurre en dos situaciones muy concretas.

Primero, si el perdigón se clava dentro de una articulación, porque el líquido que tenemos en las rodillas o los hombros disuelve el plomo lentamente y lo mete en la sangre con los años.

Segundo, en el aparato digestivo, existe una complicación excepcional y muy rara, pero muy grave: que al comer carne de caza nos traguemos un perdigón entero y se quede atrapado en el apéndice. Al no poder salir de ese saco ciego, los fluidos lo deshacen poco a poco, provocando una apendicitis de urgencia y una intoxicación fuerte en todo el cuerpo.

El caso de los animales

En los animales el problema ocurre de otra forma.

Todo el mundo rural sabe de sobra cómo los patos o las perdices se tragan los perdigones del suelo confundiéndolos con las piedrecitas que necesitan para que la molleja triture la comida. La fuerza de ese músculo lija el perdigón, los ácidos del estómago lo disuelven y el intestino lo absorbe, lo que termina por paralizar el estómago del animal. Reconocer que esto pasa nos obliga a los médicos y a los gestores a buscar medidas de prevención sensatas en lugar de prohibiciones a la fuerza.

Evitar que el plomo afecte a los humanos en la caza de secano es sencillo si se hace pedagogía y se enseña a limpiar bien las piezas, quitando la carne dañada por el tiro donde el perdigón se desintegra.

En el campo, poner comederos con piedras limpias para las aves reduce de forma drástica que traguen perdigones viejos.

Frente a esta situación, que es perfectamente manejable con educación y prevención, la prisa por obligarnos a usar alternativas de hierro o acero introduce peligros físicos e inmediatos que los políticos de Bruselas ignoran por completo.

El acero es la opción más barata para sustituir al plomo en el cartucho, pero su dureza es un peligro público

La obligación de cambiar de materiales abre una brecha tremenda en la seguridad de las personas y en el propio sufrimiento de los animales.

Si miramos el comportamiento del perdigón de acero, la física no engaña. El acero es la opción más barata para sustituir al plomo en el cartucho, pero su dureza es un peligro público. Como el acero no es blando como el plomo, no se deforma ni se aplasta cuando choca contra una piedra, una cantera o el tronco de una encina. Al mantener toda su dureza, el acero rebota con una violencia salvaje y en direcciones imposibles de predecir.

Como médico, me parece alarmante que se aprueben leyes sin pensar en que esto va a multiplicar los accidentes graves en el monte, los perdigonazos en las piernas de los rehaleros y, lo que es peor, los impactos en los ojos con pérdidas de visión irreversibles para cazadores y guardas.

Además, como el acero pesa menos, pierde fuerza enseguida a media distancia, provocando el temido efecto «sedal»: atraviesa limpiamente al animal sin pararlo en el acto. Esto genera heridas horribles y multiplica las piezas que huyen heridas para morir días después tras un sufrimiento agónico por infecciones en el monte, lo que destroza cualquier principio de ética cinegética.

El Comité REACH de la CE decidió consumar el atropello regulatorio, aprobando la prohibición de la comercialización y el uso de los perdigones de plomo

A pesar de estas evidencias físicas y médicas, el pasado 25 de junio de 2026 el Comité REACH de la Comisión Europea decidió consumar el atropello regulatorio, aprobando la prohibición de la comercialización y el uso de los perdigones de plomo.

Si bien la presión del sector ha logrado arrancar un periodo de transición de siete años para la caza menor y ha salvado temporalmente a las balas de rifle, la medida ignora los riesgos reales para la seguridad.

Esta decisión traslada ahora la batalla política al Parlamento Europeo, donde los eurodiputados tienen un breve periodo de control para objetar un reglamento que antepone el dogma ideológico a la ciencia médica y la balística.

El bismuto es la única alternativa limpia y segura, pero es escasísimo y fabricarlo multiplica por tres o por cuatro el precio de cada cartucho

El bismuto surge aquí como la única alternativa limpia y segura, porque es un metal que no contamina, se deshace bien y se comporta en el aire y en el cañón exactamente igual que el plomo, aplastándose en los impactos y protegiendo las escopetas.

No olvidemos que en España hay más de cuatrocientas mil escopetas antiguas y joyas de pletina entera que no aguantan la presión del acero y cuyos cañones podrían abombarse o reventar en las manos del cazador.

Pero el bismuto tiene un problema insalvable para la gente de a pie: es escasísimo y fabricarlo multiplica por tres o por cuatro el precio de cada cartucho. Si no se dan plazos largos y ayudas del gobierno, esta ley discrimina al cazador humilde de los pueblos, convirtiendo la caza en un lujo para ricos y quitando de en medio a la gente que controla las plagas de conejos o jabalíes que destrozan la agricultura.

La caza no es una enfermedad para el campo, sino una herramienta obligatoria para que todo el sistema esté sano

Esta prisa por prohibir en la Unión Europea contrasta con lo que hacen en Estados Unidos.

El pánico de Bruselas viene por la enorme cantidad de cazadores y población que vivimos concentrados en el pequeño territorio europeo, algo que no pasa en las grandes extensiones americanas. Pero mientras en EE. UU. las leyes protegen la munición de plomo en el monte y exigen estudios científicos detallados zona por zona antes de prohibir nada, en Europa se ha optado por un ecologismo agresivo, de ciudad, que parece buscar la puntilla definitiva a la caza.

Esta asfixia al sector es un gravísimo error sanitario. Como ya ha quedado demostrado bajo el concepto científico de One Health (Una Sola Salud), la caza no es una enfermedad para el campo, sino una herramienta obligatoria para que todo el sistema esté sano.

El cazador es el primer médico del monte: controla las sobrepoblaciones y frena el contagio de enfermedades gravísimas como la tuberculosis, la sarna o la peste porcina.

Acabar con la caza menor y mayor con estas trampas técnicas nos lleva directos a la enfermedad de todo el sistema. Si rompemos ese equilibrio, las enfermedades de los animales salvajes se dispararán, saltarán a las granjas, afectarán a la ganadería y terminarán contagiando a los propios humanos.

Una hipocresía insoportable

La contradicción internacional se vuelve una hipocresía insoportable cuando miramos a las guerras y a la industria. Es indignante que las agencias de medio ambiente miren al milímetro los gramos de un cartucho para matar un conejo en el secano, mientras el suelo europeo soporta una contaminación militar descomunal.

A diferencia de Estados Unidos, protegido por dos océanos de las grandes guerras, el suelo de Europa lleva siglos –y sigue hoy en día en su frontera este– tragándose millones de toneladas de plomo puro, explosivos y químicos tóxicos de la artillería y los bombardeos de los conflictos pasados y presentes.

Un ejemplo clarísimo de esta doble vara de medir lo tenemos en el propio terreno, en la provincia de Jaén.

El histórico distrito minero de Linares-La Carolina ha dejado en la tierra de esa comarca, tras siglos de minería y escombreras, unos depósitos naturales de plomo que multiplican por millones lo que toda la caza junta podría dejar en el campo en cien años. Y a pesar de ese plomo natural, los campos de olivos y la salud de la comarca han convivido con ello históricamente con total estabilidad, hasta el punto de que hoy se plantea reabrir esas minas para la tecnología moderna.

Que las guerras y las grandes minas industriales tengan vía libre mientras se persigue al cazador rural por el perdigón tradicional demuestra que la ley se ha hecho por ideología de despacho y no por la salud de la tierra.

Los cazadores exigimos es que se dejen de lado las prisas por castigar y se busquen formas y plazos realistas

Desde el punto de vista jurídico, obligar por decreto a usar perdigones de acero sabiendo que aumentan los rebotes y los accidentes oculares rompe el derecho a la seguridad jurídica.

Si el Estado impone una medida que multiplica las heridas agudas en el monte, las federaciones tendrán todo el derecho a exigir que el Gobierno pague con los presupuestos públicos los daños físicos causados por una ley negligente.

Los cazadores sabemos que el cambio hacia la sostenibilidad y la retirada paulatina del plomo es un proceso imparable a nivel mundial. El mundo rural no se resiste tercamente al progreso ecológico; lo que exigimos es que se dejen de lado las prisas por castigar y se busquen formas y plazos realistas.

Necesitamos moratorias largas para no tirar las escopetas viejas, ayudas económicas para que los cartuchos alternativos no sean prohibitivos y tiempo para encontrar soluciones seguras.

La salud pública consiste tanto en cuidar el medio ambiente como en evitar que la gente pierda un ojo en el monte.

Legislar olvidando la seguridad de las personas es un error humano que los pueblos no tienen por qué pagar.

«Es indignante que las agencias de medio ambiente miren al milímetro los gramos de un cartucho para matar un conejo en el secano, mientras el suelo europeo soporta una contaminación militar descomunal»

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