Crónicas de caza y vida rural Crónicas de caza y vida rural

El verdadero tesoro de la leyenda de Zlatorog; por Isidro Borrego

Estrena por todo lo alto Isidro Borrego Navalón su blog, «Tiempo de campo: Crónicas de caza y vida rural», con el extraordinario artículo «El verdadero tesoro de la leyenda de Zlatorog».

Y si de tesoros hablamos, qué decir del elenco de colaboradores de Caza y Safaris – Caza Wonke: ¡un auténtico tesoro de oro puro! Al que se une un cazador, naturalista y escritor de la talla de Isidro Borrego.

la leyenda rebeco
El verdadero tesoro de la leyenda de Zlatorog.

TIEMPO DE CAMPO: CRÓNICAS DE CAZA Y VIDA RURAL

El verdadero tesoro de la leyenda de Zlatorog

la leyenda rebeco

Texto y fotografías: Isidro Borrego Navalón / @isidro_borrego / @Isidro Borrego Navalon

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Hay montañas que no solo se levantan sobre la tierra: también guardan secretos. En sus laderas, entre la roca, la niebla y los silencios de las cumbres, han sobrevivido durante generaciones historias nacidas de algo que alguien vio y no supo explicar. Así nacen muchas de las leyendas de montaña, en ese territorio incierto donde la realidad comienza a confundirse con la imaginación y donde una simple mirada puede acabar convirtiéndose en un relato. Quizá por eso me atraen tanto estas historias: porque detrás de lo extraordinario suele esconderse una observación real, una imagen fugaz que el tiempo se encargó de transformar en misterio.

Con esa misma inquietud emprendí un nuevo viaje, esta vez tras las huellas de una nueva subespecie de rebeco, la gamuza alpina, hasta las montañas Karavanke, en la frontera entre Eslovenia y Austria, donde quizá la naturaleza volviera a susurrarme una de esas historias que parecen haber nacido mucho antes que nosotros.

Un territorio de una extraordinaria belleza

Las Karavanke forman un territorio de una extraordinaria belleza, marcado por el paisaje alpino y por extensas mesetas kársticas donde la acción del agua ha ido disolviendo lentamente la roca caliza. El resultado es un mundo de cuevas, simas y formaciones rocosas que parecen esconder algo detrás de cada rincón. Eslovenia, además, es un país profundamente ligado a la montaña, con numerosos lagos de origen glaciar, entre ellos los conocidos Bohinj y Bled, pero mi interés en aquel viaje estaba mucho más arriba, en las laderas donde viven las gamuzas y donde la montaña comienza a imponer sus propias reglas.

En la montaña la edad de un animal no es simplemente una cifra: son años de supervivencia

Llegué a Croacia el 31 de julio y desde allí atravesé Eslovenia camino de la región alpina, tratando de coincidir con el comienzo de la temporada de caza de las gamuzas. Durante la cacería pude comprobar enseguida la extraordinaria abundancia de rebecos de aquellas montañas. Me sorprendió especialmente encontrar animales de una edad considerable y observar cómo algunas hembras muy viejas continuaban encabezando los grupos familiares. La experiencia adquiría así una dimensión especial, porque en la montaña la edad de un animal no es simplemente una cifra: son años de supervivencia, de inviernos, de nieve, de escasez y de conocimiento del terreno.

Era una machorra colosal

El segundo día tuvimos la oportunidad de observar una rebeca fantástica en la misma frontera con Austria. Era una machorra colosal, uno de esos animales que justifican por sí solos muchas horas de espera y esfuerzo, pero la montaña también tiene sus propios habitantes y, en este caso, fueron los excursionistas quienes terminaron por espantarla. Desde primera hora de la mañana es habitual encontrar gente recorriendo estas montañas, hasta el punto de que caminar por ellas es el deporte nacional. Fue una auténtica pena perder aquel animal, pero poco después la fortuna quiso compensarnos. Otro grupo de rebecos apareció huyendo precisamente de aquella zona y fue entonces cuando pude cobrar mi segunda rebeca, un ejemplar de 19 años.

La leyenda del rebeco blanco cuyos cuernos son de oro y que custodia un jardín mágico en las montañas

Quizá fue precisamente la contemplación de un animal tan viejo la que me hizo pensar en una de las historias más curiosas relacionadas con los rebecos de estas montañas. En los Karavanke existe una antigua leyenda que habla de Zlatorog, un rebeco blanco cuyos cuernos son de oro y que custodia un jardín mágico en las montañas del Triglav. Según la tradición, el oro de Zlatorog tiene el poder de devolver la vida a la tierra, pero aquel cazador que, llevado por la avaricia, intente acabar con él para apoderarse de su riqueza terminará pagando un precio terrible: de la sangre del animal nacerá una flor milagrosa que acabará destruyendo al ambicioso cazador. Como ocurre con muchas leyendas de montaña, resulta tentador pensar que detrás de una historia tan extraordinaria pudo existir alguna observación real que alimentara la imaginación de quienes la transmitieron.

La gamuza de los dientes de oro.

Historias sobre rebecos que pastaban sobre filones de oro

Y es que existen rebecos que parecen llevar oro en la boca. En determinados ejemplares, especialmente en animales adultos y viejos, algunos dientes pueden adquirir una tonalidad sorprendente, con colores que van desde el marrón y el cobrizo hasta un dorado intenso. Cuando la luz del sol incide directamente sobre ellos, el efecto puede ser verdaderamente llamativo y durante generaciones debió de resultar fácil imaginar que aquellos animales habían encontrado algún tipo de riqueza escondida entre las rocas. De ahí pudieron surgir historias sobre rebecos que pastaban sobre filones de oro o sobre plantas especiales capaces de transmitir aquel extraño brillo a sus dientes. Sin embargo, la realidad, lejos de restarle interés al fenómeno, resulta todavía más fascinante.

«Dientes de oro»

Aquellos llamados «dientes de oro» no contienen oro. El aspecto dorado está relacionado con la propia vida del animal y con la interacción entre su alimentación, el terreno en el que vive, el desgaste de la dentadura y la acumulación de determinados depósitos sobre los dientes. El rebeco desarrolla su vida en un ambiente especialmente exigente para su dentadura. En las zonas altas, la vegetación puede ser ralera y dura, y muchas plantas crecen prácticamente pegadas al suelo. Cuando el animal arranca una planta no siempre consigue separar completamente el alimento de todo lo que lo rodea, por lo que pequeñas cantidades de tierra, arena y partículas de roca pueden acabar entrando también en su boca.

El sarro mineralizado a lo largo de los años y la acumulación de diversos minerales y pigmentos vegetales crearan el efecto óptico de la «leyenda de los dientes de oro».

Entre esas partículas pueden encontrarse minerales muy duros, como el cuarzo y los feldespatos. Cada vez que el animal mastica, esas partículas actúan sobre la dentadura produciendo una abrasión constante. El efecto individual de cada mordisco es prácticamente imperceptible, pero el rebeco no mastica durante unos días, sino durante toda su vida. Además, la rumia obliga al alimento a regresar a la boca para volver a ser triturado, de manera que el proceso se repite una y otra vez. Año tras año, miles y miles de movimientos van dejando su huella sobre los dientes, hasta el punto de que la dentadura de un animal viejo puede convertirse en un auténtico registro de su existencia.

Un sarro peculiar

Sin embargo, el desgaste no explica por sí solo el característico tono dorado. Sobre los dientes, como sucede en otros mamíferos, puede acumularse placa bacteriana que con el tiempo se mineraliza y da lugar al cálculo dental o sarro. En los herbívoros de alta montaña, estos depósitos pueden incorporar diferentes sustancias procedentes del entorno, entre ellas restos vegetales, minerales y pigmentos presentes en las plantas. Algunos compuestos, como los taninos y otros polifenoles, así como determinados elementos minerales entre los que se encuentran el hierro o el manganeso, pueden contribuir a modificar progresivamente el aspecto de estos depósitos. La acumulación se endurece, adquiere color y, con el paso del tiempo, puede llegar a presentar esas tonalidades cobrizas y doradas que tanto llaman la atención.

No hay ningún tesoro escondido en la boca del rebeco

La propia masticación interviene entonces una vez más en el proceso. La fricción constante no solo desgasta los dientes, sino que también puede alisar progresivamente la superficie de los depósitos mineralizados. Las pequeñas irregularidades van desapareciendo y la superficie se vuelve más lisa, de una manera que recuerda, salvando las distancias, al pulido de una piedra. Cuando finalmente esa superficie recibe la intensa luz de la montaña, puede devolver un brillo especialmente llamativo, haciendo que el observador tenga la impresión de estar ante una auténtica dentadura metálica. No hay, por tanto, ningún tesoro escondido en la boca del rebeco; lo que existe es el resultado de años de desgaste, depósitos minerales y condiciones ambientales.

Los dientes de los rebecos viejos cuentan parte de la historia que han vivido

Por esa misma razón, el fenómeno resulta mucho más evidente en los animales viejos. Un rebeco joven apenas ha tenido tiempo para acumular depósitos y experimentar un desgaste dental considerable, mientras que un ejemplar adulto ha pasado miles de veces por el mismo proceso. Durante años ha arrancado vegetación, ha ingerido pequeñas partículas del terreno, ha triturado su alimento y ha vuelto a rumiarlo. Todo ese tiempo termina quedando reflejado en la dentadura. Los ejemplares de mayor edad pueden presentar así una apariencia mucho más llamativa y, de alguna manera, sus dientes cuentan parte de la historia que han vivido. Lo que a primera vista parece simplemente una curiosidad estética puede convertirse, por tanto, en una pista sobre la edad y la trayectoria vital del animal.

El verdadero tesoro de la leyenda de Zlatorog.

La geología de la montaña puede terminar influyendo incluso en la dentadura de los animales que viven sobre ella

Pero todavía existe otro elemento que hace que esta historia resulte más interesante: la montaña no es igual en todas partes. El tipo de suelo y de roca sobre el que vive el rebeco influye en la vegetación que encuentra y también en la cantidad y naturaleza de las partículas que pueden llegar a su boca. Un estudio realizado sobre más de 31.000 rebecos alpinos analizó precisamente la relación entre el sustrato geológico, el desgaste dental y la senescencia, encontrando diferencias entre animales asociados a terrenos calcáreos, metamórficos y silíceos. Entre sus resultados se observó que el desgaste de los molares era más lento en los animales que habitaban sobre sustratos calcáreos, como es el caso, que en aquellos asociados a otros tipos de terreno. Dicho de otra manera, la geología de la montaña puede terminar influyendo incluso en la dentadura de los animales que viven sobre ella.

La boca de un animal puede terminar convirtiéndose en una especie de registro de todo aquello que sucede a su alrededor

El dorado, además, no es la única coloración que puede aparecer en los dientes de estos animales. Determinadas sustancias procedentes de plantas leñosas, líquenes y cortezas ricas en taninos pueden producir tonalidades oscuras, negras, rojizas o anaranjadas, mientras que en determinadas circunstancias también se han descrito coloraciones verdosas relacionadas con restos vegetales y depósitos acumulados en la placa dental. Existen incluso alteraciones mucho más raras, de origen metabólico, como determinadas porfirias, que pueden afectar al color de los dientes durante su desarrollo. De esta manera, la boca de un animal puede terminar convirtiéndose en una especie de registro de todo aquello que sucede a su alrededor, una pequeña memoria de la alimentación, del terreno y del paso del tiempo.

Quizá sea precisamente esa relación entre el animal y el paisaje la que permite entender mejor por qué estas historias terminaron convirtiéndose en leyendas. Durante generaciones, pastores y cazadores observaron animales cuyos dientes presentaban colores extraños y, sin disponer de las explicaciones que hoy proporciona la ciencia, buscaron respuestas en aquello que conocían. Un brillo dorado podía convertirse fácilmente en una historia sobre vetas de oro ocultas en la montaña, sobre manantiales especiales o sobre lugares mágicos capaces de transformar a los animales. La imaginación no necesitaba demasiado para construir un relato alrededor de algo que, a simple vista, parecía imposible.

La explicación científica no destruye la leyenda

En Austria existe incluso una tradición documentada relacionada con un lugar llamado Gamsbrunn, cuyo nombre está vinculado al rebeco. Allí se conserva la historia de que ovejas y rebecos podían adquirir «dientes de oro» al beber de aquel manantial. La leyenda vuelve a encontrarse así con la observación de la naturaleza y ambas parten de una misma curiosidad: la necesidad de explicar por qué algunos animales presentan una dentadura tan llamativa. La tradición respondió con historias y símbolos; la ciencia ha ido reconstruyendo el fenómeno a partir de la alimentación, los minerales del suelo, el desgaste producido por la masticación, las sustancias que se acumulan sobre los dientes y la manera en que todas ellas interactúan con la luz.

Y quizá lo más hermoso sea que conocer la explicación científica no destruye la leyenda. Al contrario, la hace todavía más interesante, porque detrás de aquel supuesto oro existe una historia mucho más antigua y mucho más real: la historia de una vida desarrollada en la montaña. La roca que se erosiona, la planta que crece entre las piedras, el suelo que acompaña al alimento, los minerales presentes en el entorno y miles de horas de masticación terminan dejando una huella sobre el animal. El cuerpo del rebeco se convierte así en una especie de mapa donde quedan registrados los años que ha pasado recorriendo aquellas laderas.

la leyenda rebeco

Aquel brillo no es oro, sino tiempo; no es riqueza, sino memoria

Después de conocer esta historia, resulta difícil mirar de la misma manera a un viejo rebeco. Cuando abre la boca y sus dientes devuelven un destello dorado bajo el sol de los Alpes, no estamos contemplando un animal que haya encontrado un tesoro escondido en las entrañas de la montaña. Estamos viendo algo mucho más valioso: el resultado de una vida entera marcada por el paisaje que lo rodea. Quizá ese sea el verdadero significado de los dientes de oro y, de alguna manera, también el verdadero tesoro de la leyenda de Zlatorog. Porque aquel brillo no es oro, sino tiempo; no es riqueza, sino memoria. Es la montaña dejando su huella sobre uno de sus habitantes y recordándonos que, a veces, las historias más extraordinarias nacen de algo tan sencillo como observar detenidamente la naturaleza.

«Después de conocer esta historia, resulta difícil mirar de la misma manera a un viejo rebeco. Cuando abre la boca y sus dientes devuelven un destello dorado bajo el sol de los Alpes, no estamos contemplando un animal que haya encontrado un tesoro escondido en las entrañas de la montaña. Estamos viendo algo mucho más valioso: el resultado de una vida entera marcada por el paisaje que lo rodea»

Isidro Borrego Navalón ha publicado los títulos: Rebecos, cantiles y recuerdos (2013), A solas con el lobo. Cuarenta años de historias loberas (2021), A vueltas con los lobos. Continuación de cuarenta años de historias loberas (2022) y Prisioneros del vértigo. Rupicapra pyrenaica parva (2023).

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