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De lobos (I): Canadá 2014

De lobo campamento
Alce de sesenta pulgadas cazado la primera mañana haciendo el reclamo de la hembra.

Para la mayoría de los cazadores y amantes de la naturaleza nacidos en los años 80, el lobo siempre será un animal mítico y fascinante, pues Félix Rodríguez de la Fuente nos transmitió ese respeto y esa pasión por un animal tan hermoso e inteligente.

Montañas Mackenzie desde el avioneta. Para el amante de la montaña, un verdadero placer para los sentidos.

El impresionante alce de Alaska-Yukón

En 2014 hice uno de los mejores viajes de mi vida. Fui a los Territorios del Noroeste de Canadá a cazar el alce de Alaska-Yukón en época de celo, en septiembre, al reclamo, en las hermosas montañas Mackenzie.

Fue una experiencia inolvidable sobrevolar aquellas montañas en avioneta y helicóptero, ver sus picos, sus valles, sus ríos y su fauna.

Helicóptero en el que trasladaron a cada cazador y a su correspondiente guía desde el campamento base hasta el cazadero.

Cazar el alce reclamándolo fue alucinante. El primer día, el guía lo reclamó al amanecer desde una colina y lo abatí a trescientas yardas (doscientos setenta y cinco metros, aprox.), en un paraje hermosísimo cerca de un río.

Como me sobraba tiempo, quería intentar cazar un lobo…

Valle donde divisamos al oso grizzly; al final del mismo cacé el alce.

Aullidos en la noche

Me llevaron a otra zona muy querenciosa, pues en la carcasa del alce no me dejaron quedarme, ya que seguro que entraría un oso grizzly que vimos desde el helicóptero la tarde anterior en aquel páramo.

Este segundo campamento se encontraba en la desembocadura de dos pequeños torrentes que vertían en un cauce principal; por tanto, dejaba tres hermosos valles a su paso.

Valle donde se encontraba el segundo campamento, más abajo convergían dos valles más.

Esa tarde dimos una vuelta y vimos un carnero de Dall comiendo en un pinar sombrío frente a nosotros, un animal espectacular.

Los caribúes se acercaban a la orilla para beber sin excesivo miedo a nuestra presencia. Ardillas trepaban por los árboles y levantamos dos perdices nivales de vuelta a la tienda de campaña.

De lobo campamento
Tienda de campaña con estufa de leña donde dormía con el guía llamado Ron.

Cenamos comida liofilizada y nos fuimos a dormir con el guía.

A mitad de la noche nos despertaron los aullidos de una manada de lobos. Se diferenciaban varios ejemplares; fue alucinante.

Salimos de la tienda. La noche estaba despejada y pude ver la aurora boreal en tonos blancos… ¡La hos…, vamos! Estaba en uno de los lugares más remotos de la Tierra, a tres días de casa, pero no podía haber un lugar más hermoso, rodeado de flora y fauna salvaje.

De lobo campamento

Un joven lobo blanco

A la mañana siguiente, al amanecer, al abrir la tienda de campaña, me sorprendió ver un joven lobo blanco cruzando por la orilla de enfrente, siguiendo las huellas de los caribúes. ¡No me lo podía creer!

Rápidamente se lo dije al guía, cogí el rifle y, cuando fui a dispararle, se metió en el monte. Fuimos desde nuestra orilla recechándolo varias veces, pero se ocultaba y se dejaba ver; la distancia era larga. No nos dio oportunidad.

Vimos enormes caribúes, pero yo ya había cazado dos en la tundra dos años antes, cuando la península del Labrador estaba abierta.

Estuvimos allí tres noches y volvieron a aullar, pero no conseguimos volver a verlos.

De lobo campamento
Precioso vale de coníferas en el segundo campamento. Es donde vimos más caribúes.

Desde el campamento base

Me llevaron al campamento base para ver si podía intentar cazarlo allí, pues donde echaban las carcasas de caribú, alce, carneros, etc., solían bajar a comer de noche.

Ya empezaban a usarse las cámaras de fototrampeo y habían visto que entraba un lobo negro.

La caza de noche no está permitida en Canadá, ni tampoco al cebo, pero podía darme una vuelta y esperar al atardecer y al amanecer cerca de las carcasas.

Los guías me habían dado permiso para usar un quad y andar por allí solo, pues en la zona no había osos.

La primera tarde hice una pequeña espera hasta caer la noche y nada; las chovas graznaban cerca de mí indicando mi posición.

Al día siguiente, de madrugada, fui con el quad y nada. Al atardecer tampoco. Revisé la carne y dejaban huellas de noche.

Una huella de lobo comparada con un cartucho del .300 Win. Mag.

La sombra de un lobo negro

A la mañana siguiente, último día, me propuse salir a las cinco, dejar el quad como a un kilómetro y medio e ir andando hasta el lugar.

La comida estaba en las orillas del valle y, para llegar con seguridad, había que subir una colina desde la que se divisaba el «cebo».

Me hice unos «pies de oso» con varias plantillas y dos o tres pares de calcetines, pues sabía que el ruido de mi llegada los podía ahuyentar.

Me colgué las botas al cuello, para volver calzado después, y así fui caminando lentamente, pisando la hierba, con el rifle preparado por si veía al lobo.

Cuando estaba justo debajo de la ladera, tenía que cruzar sí o sí un torrente seco. Aún era totalmente de noche.

Al andar moví alguna piedra (fue inevitable) y, en ese momento, vi la sombra del lobo negro corriendo, cruzar el río y meterse en una senda por la orilla de enfrente.

Me la había jugado. Pero ¡qué listos son! Tenía una colina por medio y me oyó.

De lobo campamento
En el campamento base de South Nahanni, que consistía de cabañas con dos literas y estufa de leña, y una gran cabaña donde se encontraba el comedor – cocina.

Una última oportunidad

Ya sin esperanzas, fui a esperar «al puesto». Amaneció y allí no se movían más que las chovas «dando guerra».

Me disponía a subir por la ladera del «cebo», pues se veían huesos viejos, cuando en la falda de enfrente se pusieron a aullar tres lobos.

Con los pelos de punta y la sonrisa en la cara, y todo el día soleado por delante, me estaban dando su posición. Estaba muy emocionado, no me lo podía creer… Podía tener una última oportunidad.

Calculé que bajar la ladera me llevaría media hora, cruzar el río descalzo y subir hasta su posición una hora más. Así lo hice.

Aligeré la mochila. Dejé ropa que me sobraba en una gran roca, en la orilla del río, y una rama con forma de flecha señalando la senda por donde iba a subir, por si me pasaba algo.

Seguí la senda por donde se metió el lobo. Se veía que había huesos que transportaban hacia su lugar de encame.

ATV (quad) con el que me desplazaba por el campamento base a las esperas y zonas de lobos.

Con el corazón a mil

Volvieron a aullar y, en una hora, ya me encontraba en la zona caliente.

Muy lentamente, con mucho cuidado de no hacer ruido esta vez, con el corazón a mil, iba superando el repecho de la ladera donde los acababa de oír aullar, sabiendo que estaban a no más de cien metros.

Como una garza en la orilla, estiraba el cuello sin mostrar el cuerpo. Quería detectar un movimiento, entrever la forma de un lobo entre aquella vegetación de matorral bajo y algún que otro abeto.

El viento estaba en calma y la zona soleada, pero de nuevo el graznido de los córvidos. Las chovas volvieron a gritar al verme y después todo quedó en silencio.

Intuí que algo se movía en aquella maraña delante de mí, a no más de setenta metros. Me quedé inmóvil por si los veía en algún hueco.

Por los aullidos sabía que había dos lobos allí. Pero nada.

Seguí esperando, pero fue en vano. Busqué sus sendas y avancé hacia la derecha, por donde intuí que habían huido. Entonces llegué a un barranco desde donde se veía el precioso valle. Esperé un buen rato por si los veía cruzar.

Sin muchas esperanzas, aullé malamente por si contestaban, nada; mi voz humana no les gustó.

Por sus aullidos sabía que había dos en esa ladera y uno más a la izquierda, en un páramo bajo unos riscos, tras los que seguía un enorme pedregal.

De lobo campamento
Cañón donde esperaba a los lobos. La carne estaba abajo. La caza se fue por la ladera de enfrente.

Una preciosa imagen que me acompañará siempre

Me dispuse a buscar al tercero. Entre toda la vegetación y visto el resultado, decidí subir ladera arriba, cortar cruzando por donde acababa la vegetación y, desde allí, poder ver y dominar al lobo dejándolo más bajo, cual cazador de rebecos.

Pasé el monte y, ya en abierto, divisaba aquel hermoso cañón que conducía hacia el campamento base.

Esta imagen me acompaña hoy y me acompañará siempre en mi memoria desde 2014, incluso en los momentos más duros de mi vida, en sesiones de terapia, etc. («Piensa en un lugar bonito que te dé paz y tranquilidad»), y aparece en mi mente aquella vista del río South Nahanni.

Para avanzar hacia el tercer lobo, tenía que cruzar aquel enorme pedregal.

Aproveché para apuntar, apreté el gatillo y…

Solo y «perdido» en la montaña, puse el seguro para cruzar aquella mole de rocas. Llevaba un trípode. Me colgué el rifle a la espalda y comencé a andar. Justo en ese momento, debajo de mí, se levantó un hermoso lobo marrón corriendo como un perro en montería por la ladera.

Distancia larga. Coloqué el trípode, apoyé el rifle. El lobo llegó al viso y se paró un instante para mirar qué era lo que movía las piedras, a unos doscientos metros.

Aproveché para apuntar, apreté el gatillo y… clic. ¡No había quitado el seguro!

Traspuso la ladera dejándome un sabor agridulce por lo vivido. Imágenes grabadas a fuego que siempre recordaré.

Avioneta utilizada para el penúltimo desplazamiento entre el pueblo minero «perdido» de Fort Simpson y el campamento base.

Un privilegio

Seguí sus pasos, que llevaban a un enorme bosque de coníferas. Vi sus huellas, pero era imposible seguirlo.

Tocaba volver al campamento. Corté bajando a mitad de valle y regresé al río, al quad y al campamento base, diciendo que los había oído y visto…

Una pena que no hubiera lance, pero fue un verdadero privilegio poder andar solo por aquellas idílicas montañas y sentir tantas emociones.

Texto y fotografías: Jesús Aznar, Alfaro, La Rioja

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