‘¡Podenquero!’, por Ernesto Navarrete

A mis valientes héroes de la montería española.

Son las cuatro de la madrugada y no ha hecho falta reloj alguno para despertar la conciencia. Paco se levanta serio. Atravesando la salita se dirige firme a la cocina, sale al patio cubierto y se arrodilla acurrucándose sobre la caja de madera, ‘la enfermería’, la llama él. Allí yace Bronce, un alano de tres años largos cosido a puñaladas que el pasado domingo un marrano mal encarado le asestó en un duelo desigual.

Han pasado ya cuatro días desde la desgracia y Paco atisba lo peor, el animal no mejora y minuto a minuto observa como la piel del valiente pierde elasticidad, los ojos desgastan el brillo y la boca blanquea a muerto. Está mal, muy mal. El olor a betadine que rezuma la madera de la caja, impregnada en mil batallas, se funde con el de la descomposición del animal malherido de vientre y pecho. El café que prepara sin hablar Pilar, su mujer, sorprende a Paco que tampoco abre boca. La tristeza de Paco la disimula Pilar entre tostadas de aceite y ajo que acompaña con pequeños suspiros de no entender. Él sólo mira a la caja donde, ya sí, agoniza Bronce.

Pilar sorbetea sin ganas el café mientras recuerda cómo llegó Bronce a casa. Fue un martes de Pascua, lo trajo Paco envuelto en un jersey viejo. Fue el único que pudo salvar de un parto imposible que se llevó por delante también a la primeriza madre. A partir de ahí fueron muchas noches en vela las que Pilar y Paco gastaron en biberones, que el cachorro no quería, hasta que poco a poco pudo pasar de casa a la perrera.

El primer año lo pasó de aprendiz y sólo pisó jara al final de la temporada donde los cruzados de mastín no le dieron sitio y no pudo casi tocar pelo. Pero en ese verano Bronce ya había cogido su lugar en la jauría y pocos eran los que le hacían sombra. Él no lo supo, pero en ese estío Paco las pasó como Caín, ya que se juntó el robo que le perpetraron en el tinao y que se llevó un remolque recién arreglado, con el arreglo de una avería importante del camión, dejando la economía doméstica por los suelos. Bronce sólo sentía que Paco estaba triste y pensativo. Las apreturas del verano son también agobiantes en la perrera donde, a la soledad del podenquero, se le suman las desparasitaciones repetidas contra las garrapatas, las visitas dobles para beber y comer, así como vigilar que no haya ningún desarreglo, limpiar y limpiar, medir a los cachorros, amén de un sinfín de trasteos y prácticamente sin salir al campo. Pero todo se acaba y la temporada venidera llegó abriendo mejores empeños.

El segundo año Bronce era ya todo un tenaza, su porte crecido y musculoso era acompañado por una caja de dientes que daba miedo. Había cogido peso y talla, su capa atigrada imponía tanto respeto como su cuadrado pecho. Este año fue el perro que alegró la temporada a Paco. Además de perro de agarre, Bronce despuntaba en la busca, siempre iba el primero en la caza, tenía trazas de puntero, aunque lo más temible seguía siendo su fiereza en el combate. Exclusivamente se lanzaba al hocico, fuera res o marrano, no le gustaba más que aterrizar con sus dientes en la quijada o mejor en el morro del oponente sin pensar en más. Ello le provocó probar por vez primera la picadura metálica de la grapadora de Paco y en esas lides cada vez que Paco grapaba la sangrante brecha de un puntazo de venao o el estiloso corte del colmillo navajero, Bronce se crecía como si de una medalla le insertaran bien en su hocico, bien en sus costados. Paco intuía, pero no decía, que esta carrera habría de ser corta.

“El drama ocurrió en la misma suelta. Bronce acudió a la llamada seca de Peluso, un podenco atravesado y campanero, pero de insuficiente talla, que cogió al cochino en la cama. No había más compañeros, ya que con los nervios de la suelta los perros arrancaron umbría arriba corriendo las primeras reses”

Bronce era, además, de mala recogida. Siempre le cogía la caracola en lo más alejado del monte e incluso más allá de las lindes. Paco lo sabía y fueron muchas las ocasiones donde le tocaba ir día tras día a las sueltas, donde una chamarra o una camisa vieja hacían de cebadero hasta que el alano aparecía. Aspeado, bien herido y agotado, se acurrucaba en la pelliza dejada para él, esperando el regreso de su perrero.

No sólo ya es dura, durísima, la afición del rehalero que, además de iniciar el día dos horas antes que cualquier montero, pegarse un trote de monte subiendo y bajando carpios y canchales, recoger y hacer la llamada hasta saber cuántos faltan, mal comer a fin de día pensando aún lo que le queda, sino que, encima, sabe que habrá que volver los próximos días a la espera de si aparecerá o no uno de los perros que más le ha costado enseñar. Toda una hazaña.

Acabó de nuevo la temporada y Bronce ya era titular de la recova, se inició el descanso del podenquero en el monte y se abrió la época sorda y escondida de una rehala. Ese verano Paco sufrió mucho también, ya que una parva virosis se llevó por delante a tres cachorras medio enseñadas, dos podencas manetas que eran un primor, que siempre cazaban juntas, y una mastina con sangre de podenco, menos usada. Paco volvió a pasarlas regular entre veterinarios, medicinas, desvelos e idas y venidas con el trasteo de los perros. Ese verano no hubo mucho estudio con los cachorros. No pudo ser.

Y llegó la nueva temporada. Bronce y Paco disfrutaban la víspera sin hablarse, pero el tintineo de los mosquetones, la limpieza de los collares de fatiga y el carro del camión oliendo a desinfectante, anunciaban el arranque.

El drama ocurrió en la misma suelta. Bronce acudió a la llamada seca de Peluso, un podenco atravesado y campanero, pero de insuficiente talla, que cogió al cochino en la cama. No había más compañeros, ya que con los nervios de la suelta los perros arrancaron umbría arriba corriendo las primeras reses, dejando sin tocar el regato donde se encontraban Peluso y la bestia. Bronce se topó de frente a él yéndose directo a la trompa del cochino. El macareno, ya curado en estas lides, le dejó entrar y agachando la cabeza lanzó la cuchillada seca por debajo del vientre de Bronce. No gimió.

Bronce no supo que pasaba, no entendía como su cuerpo no respondía a la batalla. No tenía fuerza y su cuerpo lacio, tumbado en la misma cama del verraco, sirvió de lienzo para dibujar con sangre las dos nuevas acometidas que la fiera le asestó. La primera le abrió desde el primer pezón hasta casi el lomo bajo, la segunda le enganchó cuello hasta salir por debajo de la oreja. Peluso aulló a parado y entonces Paco intuyó lo peor. Se dio la vuelta y corrió en su busca, para él la caza había acabado.

Pilar removía con tensión el medio café, que no le entraba, y sin poderlo aguantar más, saltó.

–¡Mira, Paco, no aguanto más. Esto no es vida! Casi no te veo el pelo, los perros nos cuestan lo que no tenemos, el camión, los papeles, los autónomos, los veterinarios y no sé cuántas cosas más… ¡y ahora esto! Paco, no lo aguanto. Te vas a morir de un disgusto. ¡Esto lo tienes que dejar!

Paco, agachado en la caja y viendo ya a Bronce yacente, musitó roto:

–¡Pili, por Dios, ahora no! ¡Por Dios, Pili, ahora no…!

Una lágrima gorda como aceituna saltó del ojo de Paco yéndose a romper en la negra uña del dedo que aguantaba la cabeza yerma de Bronce. Uña negra del entalle que un jarón le asestó cuando corría en busca de su mejor perro. 

Por Ernesto Navarrete

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