Rebecos a escopeta: El reto de lo cercano. Por Michel Coya

Le recuerdo con claridad llegando a casa por el camino de barro y grava. Apareció entre esa especie de cortina que crea el orbayu, después de haberme asomado por lo menos mil veces al portal. Los pantalones de tergal grises metidos por dentro de las botas de goma de media caña, un anorak marrón dejando asomar la canana, el gorro verde de loden que guardaba en la solana y, en la mano derecha, un nudoso bastón de espinera. Al hombro, con la correa bien larga, la Víctor Sarasqueta y, en la cara, una sonrisa, para mí el mejor regalo que me podía ofrecer.

“¿Papín, Papín, cazaste algo?”, le apremié, agarrándole de la mano, sabedor ya de que la respuesta sería afirmativa: “Sí, fiyu, sí, una robeca”, me dijo, a la vez que se agachaba un poco para mirarme más de frente, espetándome a renglón seguido: “Y métete en casa que está lloviendo”.

Algunos inviernos invitaban a los cazadores de Orlé a los cotos que ocupaban los terrenos de la entidad. Las batidas de rebeco eran entonces modalidad habitual. Se iba cubriendo la peña colocando las posturas en cada vía, en cada vallina, en cada paso natural. Los monteros arrancaban en ala para mover la caza con poco más que una palmada, un falso carraspeo, un golpe seco de vara. La caza comenzaba, entonces, a moverse, entrando a las esperas a corta distancia.

Eran años de escopeta y bala, ausentes de rifles, consiguiendo la imprescindible cercanía con un conocimiento profundo del comportamiento de la pieza, del terreno, amén del buen hacer del cazador. El rececho era entonces modalidad poco habitual, realizándose en su mayoría a modo de pequeños ganchos. En estos días puede parecer mentira, acostumbrados a una continua lucha por conseguir ‘el más allá’, premiando al tiro en casi detrimento de la propia caza. Mentiría si le dijese que es ahora cuando me surge la idea, la realidad es que sueño con ello desde que era un niño, desde aquella vez que le vi aparecer entre el orbayu, por el camino de barro y grava, con la Sarasqueta al hombro y una sonrisa en la cara.

 

La decisión y los preparativos

Todo se precipita durante el sorteo de cazadores locales de la Reserva de Caso. Cuando Julio Coya saca mi número y elijo ese rebeco macho para primeros de mayo, ya tengo decidido que será con escopeta. Fernando Vega, el guarda de Roazo, que también asiste al acto, rasca la cabeza, marcando en la cara una mueca de duda cuando le pongo en aviso de lo que intentaré hacer.

De vuelta, al volante, repaso posibilidades dispuesto a probar a fondo un equipo que ha de estar a la altura de lo pretendido. En pocos días ya tengo en casa una buena muestra de balas semimetálicas. El primer contacto en el club de tiro llega con dos yuxtapuestas, la vieja Víctor Sarasqueta Hispania de mi padre y la Reno José Uriguen del 20/70.

Coloco dianas a 25 metros, luego a 50 m. Tiro con semiapoyo sobre sacas, demostrándome el papel lo que ya sabía con antelación. A pesar de las combinaciones, la precisión necesaria con estas dos escopetas sólo estaría garantizada por debajo de esta última distancia, en torno a los 35 metros, máximo. Los resultados conseguidos son muy pobres, actuando la convergencia de los tubos de forma tan crítica que, sobre dianas a 100 metros, soy incapaz de meter una sola bala en el cartón.

Contrariado pruebo entonces una nueva opción, un arma moderna que mejora sin esfuerzo el comportamiento anterior. La Benelli Nova Slug es una moderna escopeta de corredera con cañón cilíndrico sobre la que monto un potente visor Zeiss Coquest DL 3-12×50. En el campo de tiro la cosa cambia, convirtiéndose en sencillo lo que para las dos paralelas se volvía un imposible. A 50 metros, con pesadas Brenneke JG de 39 gramos, alcanzo lo apuntado sin dificultad, a 100 metros sigue siendo suficientemente precisa como para asegurar un disparo mortal.

En estas ando cuando me llega el paso siguiente en la evolución de la semimetálica. También de Benelli, recibo esta vez el modelo Bellmonte II, una semiautomática con tubo rayado de 61 cm sobre la que coloco un Burris E1 Fullfield 3-9×40. La combinación abre un horizonte que siempre sorprende a quien lo prueba por primera vez. Los cañones ‘rifled’, aliñados con cartuchería específica, consiguen precisiones propias de rifle. Su distancia de uso real se alarga hasta unos 150 metros, propiciando estas virtudes el corazón del sistema, una combinación entre rayado y contenedores. La adopción de sabots envolviendo a proyectiles subcalibrados lanzados en tubos con estrías, llega a la magia perseguida, la rotación.

La historia de las balas para escopeta pasa por una incasable lucha por imprimir giro, sabedores de que en ello se recoge la victoria, precisión y alcance. Pruebo en este caso las Federal Trophy Cooper de 300 grains, un contenedor plástico de cuatro pétalos abrazando a un proyectil híbrido entre las monometálicas de cobre y las puntas de polímero. Su velocidad en boca es 580 m/s, una cifra impensable tratándose de escopeta. El resultado es, bajo cualquier punto de vista, increíble, siendo yo mismo el primer sorprendido. Con nueve aumentos y sobre sacas, consigo a 100 metros, en el mejor de los grupos, tapar tres impactos con una moneda de 5 céntimos. Toca, entonces, sopesar rendimiento frente a corazón, quedándome claro que, decidido a recechar con escopeta, difícilmente podré encontrar algo mejor.

 

La Ego

“¿Cagon diez, hombre, cómo non lleves la Ego…? ¡Mira que el paisano que me la vendió decía que tiraba muy bien!”, insistía mi hermano. Y es que, a pesar de las pruebas realizadas, todo acababa en el mismo lugar: la idea primitiva de tubos paralelos, un traslado al pasado tratando de emular, con todo el respeto, arte y cazadores que ya no están.

En la funda doble de lona, junto a un juego cerrado de 76 cm, los cañones para bala. Inusualmente largos, 70 cm, choques iguales de cuatro estrellas y sobre la banda, alza en ‘V’ muy abierta y guión con punto dorado. Las pletinas largas, a la plata vieja, muy grabadas con motivos de caza, muestras y setters, patos y cobros, venados en berrea. Las llaves exteriores, los viejos perrillos al aire, la culata inglesa y el picado a mano. Al montarla, ese sonido hueco del ajuste perfecto; luego, a la cara buscando los puntos, tomando contacto con el equilibrio, adivinándome, entonces, en un movimiento afirmativo, de aceptación. Efectivamente, ésta es la escopeta y, sin enfriar, al campo de tiro.

Sigo el esquema marcado, probando solamente munición convencional, balas que casi pudiesen ir en aquella canana. El descarte se lleva desarrollos tan efectivos como las Flecha Sauvestre, acabando solo frente a convencionales Brenneke y Slug tipo Foster.

Ahora sí, esta es el arma, la sorpresa me regala esperanza ante el reto. Los puntos son suficientemente finos como para afinar, llegando a la diana de 50 m sin mayores problemas, acercando al centro los impactos con ambos cañones. El retroceso se nota a pesar del peso, los disparadores duros, el montaje de los perrillos trabajoso. Cambio entonces a 100 m, sorprendiendo el resultado incluso a los tiradores de avancarga que comparten cancha. Los impactos rodean la diana y aun entrando solo alguno, es todo un logro frente a lo conseguido con las yuxtapuestas probadas. No es un rifle, no es una rayada, es, simplemente, una paralela que tira bastante bien. De entre la muestra, al final decido utilizar las B&P Thrill Shock, una slugg convencional de 32 gramos que abandona la boca a unos 500 m/s. Prestaciones altas, pero dentro de lo esperable para una escopeta convencional, una carga que viene a completar un equipo que no se apartar en ningún momento del objetivo buscado.

 

La montaña, la escopeta y yo

Allá arriba tengo la sensación de estar desnudo. Cada nuevo paso, cada nueva mirada, me acerca más ese universo, la sospecha de lo inalcanzable. Llevamos dos días de montaña, dos días de tropiezos frente al muro de la dificultad. Cogida por los cañones, el peso me magulla el hombro, llegando con la soledad interior del camino, la visita de algunos que ya se fueron. Parece que estoy viendo a Pepín Portugal, conocido guarda de Caleao, hablándome hace años delante de la iglesia del Campu: “Algunos se descalzaban para poder entrarles”, me decía, para luego recalcarme, “con una balina del veinte vas mejor”.

Cada nuevo grupo de rebecos parece que está más lejos, sin opciones, viniendo la losa implacable de la medida como un regalo de realidad que esta experiencia nos da. “¿A cuánto está aquel?”, un toque en los Range y “bufff, a doscientos treinta y siete”, “¿pero vale o no vale…?”. Y vuelvo, entonces, al sorteo de locales y a la respuesta habitual ante el reto: “Coño, ¿y por qué no? Toda la vida se mataron robecos con escopeta”.

Y es que esta vez es distinto, muy distinto, una cosa es asomarse a traición, encañonar y fuego, y otra muy distinta recechar en concreto. El objetivo en ésta está escrito: un rebeco macho, de los denominados de ‘otras cacerías’. No puede ser largo, no puede ser abierto, no puede ser grueso… Antes cazaban lo que salía, ahora debe ser el que mande Fernando y yo, encantado, como si no cazamos nada, es el maravilloso riesgo que he decidido asumir.

La partida recorre la peña El Viento, dando fe de la terrible disminución que el rebeco ha sufrido en estos montes, agravando el ya de por sí complicado sueño. Tomo aire y miro desde arriba Valdebezón, miro cara a cara a La Rapaina, imaginando las miles de partidas que habrán pasado por aquí con idéntico objetivo.

Desde el lago Ubales, entre piornos y neveros, vamos ascendiendo por la ladera derecha del valle del Acebal. Allá, a lo lejos, sestea un machete sobre un balcón de hervado fresco. El mirón se afianza en las tres patas: “¡Ése vale!”. Ya puede valer, estando donde está. Y, como otras muchas, comenzamos la entrada. El terreno abierto, sin nada que nos tape. La esperanza nula ante la inminente huida de una pieza que nos está viendo en todo momento. Y, entonces, la idea: “Quedaos ahí, sólo el guarda y yo intentaremos entrarle”. Posiblemente, ése fue el acierto. El aire en la cara y a los pocos metros hemos desaparecido de su vista, entrándole desde abajo en fuerte pendiente, nada esperanzador de antemano. Se ve que quedó entretenido, contemplando a aquellos que, parados, le mantenían de lejos la distancia, permitiéndonos a nosotros continuar.

Cierro la escopeta con las recámaras llenas y monto las llaves. En la mano derecha, el arma, en la izquierda, la vara, paso a paso, ganando altura sin llegar a creerme que podamos conseguirlo. Toco el límite, ahora o nunca. Dos metros para mejorarme a la derecha y ya tengo los cañones descansando sobre el avellano, apuntando al rebeco que sigue echado. Dura un millón de años en un solo segundo, se levanta con pereza, ahí delante, a tiro de cañón liso. Y, en ese instante último, parece como si la mano de mi padre hubiese venido a darme verdad, eliminado lo que sobra, como si él mismo empuñase la Ego.

Resbala la ‘forqueta’ por los tubos y quedo a pulso, apuntando hacia arriba, intentando mantener firme un peso que me entierra. Marcha el eco del tiro de escopeta contra la peña, un sonido que en otro tiempo fue aquí mismo sinónimo de carne para la pota, de esperanza para los hijos que esperaban en casa. Sale despedido girando en el aire sobre sí mismo, encajando en su sitio el plomo con impecable precisión. No puedo explicar muy bien la sensación, estoy lleno, repleto. Un punto y aparte en mi vida, el cazador ha sentido, por primera vez, que ha cazado de verdad. ¡Viva la caza!

Un artículo de Michel Coya / apuntomichelcoya@gmail.com / www.apuntomichelcoya.com

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

PIES DE FOTO

Foto 1.- Finales de los sesenta en Collaincos de Abajo. El padre del autor posa junto al desaparecido Gasparín, el de Concha, y Gildín, después de una batida a los rebecos en la Panda Moniellu.

Foto 2.- Momentos del aparejo de las caballerías con los rebecos cazados. Junto a Óscar Coya, el desaparecido Angelín, el de Visita, y Manolín, el de Angélica.

Foto 3.- Primer contacto de mi cachorro de teckel, ‘Cachopo’, con caza real.

Foto 4.-La caminata de dos jornadas seguidas por la montaña pasa factura. Después de comer Oscarín y ‘Cachopo’ disfrutan una siesta sobre la mullida campera.

Fotos 5 y 6.- Con abundante munición pruebo en primer lugar la vieja Víctor Sarasqueta Hispania de mi padre y la Reno del 20/70. La diana conseguida a 50 metros habla por sí misma, ninguno de los dos equipos me permite una precisión suficiente como para aventurarme a utilizas durante el rececho.

Foto 7.- Alta montaña en estado puro, laderas descarnadas, roca desnuda. David y Fernando estudian la estrategia. Nunca fue tan imprescindible contar con la ayuda de conocedores experimentados del cazadero.

Fotos 8, 9 y 10.- El cañón rayado y la cartuchería subcalibrada con sabot ofrecen unas prestaciones impensables tratándose de escopeta. La Benelli Bellmonte II con cañón rayado ofrece una precisión sorprendente. Observe el grupo de tres disparos conseguido a 100 metros, resultado que me ha animado a utilizarla para recechar corzos en jornadas palentinas junto a mi amigo Fidel.

Fotos 11, 12 y 14.- La Nova es una moderna escopeta de corredera con cañón cilíndrico. Montando un potente visor Zeiss Conquest DL 3-12×50 ofrece precisión suficiente para la mayoría de modalidades. Consigo a 50 metros, utilizando las JG Brenneke de 39 gramos, la diana que pueden observar. Sopeso la posibilidad de utilizarla para recechar tras ver sus buenos resultados también a 100 metros. Finalmente, le monto una potentísma linterna Olight llevándome el equipo varias veces de espera a Plasencia.

Fotos 15, 16 y 17.- Sobre sacas y banco pruebo la Ego. Las dianas conseguidas a 50 y 100 metros me hacen decidirme por ella.

Fotos 18 y 27.- Las B&P Thrill Shook montan una tipo slug de 32 gramos. Es una carga convencional, potente, que podría haberse utilizado para cazar, sin grandes diferencias, cincuenta años atrás.

Foto 19.- Cañones lisos frente a rayados, cartuchos bala convencionales frente a subcalibrados con sabot. Fíjese en la enorme separación de las bocas de la Ego. Ése es su secreto, su menor convergencia junto a la longitud de los cañones permite un reglaje mucho más eficaz, realmente sorprendente.

Foto 20.- El rebeco reposa sobre el balcón de ‘hervado’. Al fondo, el collado desde donde lo vimos, rematando la ladera limpia que tuvimos que atravesar para rececharlo. Fíjese un poco, ¿intuye el sendero?

Foto 21.- De izquierda a derecha, mi hermano Javier, el guarda Fernando Vega y mi sobrino Oscarín. Debajo, atentos a la pieza Leo y Cachopo. Al fondo, el Tiatordos.

Foto 22.- Cazador y pieza, caza de verdad.

Foto 23.- Recechar rebecos con escopeta, ante la inmensidad de terrenos tan abiertos como los altos de Caso, me hacen sentirme de alguna forma como desnudo.

Fotos 24, 25, 28 y 29.- La Ego yuxtapuesta con cañones para bala recoge exactamente lo buscado en una escopeta para este reto. Cañones lisos con choques muy abiertos, alza y punto, ayudando los martillos exteriores a que no pierda ni una pizca de clasicismo.

Foto 30.- Pensé en pana y boina, siendo finalmente ropa y calzado el factor más diferenciador con aquella época que traté de emular. De Gamo me llega un fantástico conjunto denominado Set Rececho. Compuesto por gorra, pantalones y chaqueta, es confortable y ligero. En las botas, Gore Text.

Al fondo, el Lago Ubales, un solitario circo glaciar donde parte la ruta tomada para la consecución de la cacería.

Deja un comentario