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Berrea en Redes: un sueño que se hizo realidad

Berrea en Redes
En el fondo del valle había niebla, pero arriba nos espera un día espléndido.

Ya han pasado cinco años de aquella fantástica berrea en Redes, el parque natural asturiano dentro del cual se encuentra la Reserva Regional de Caza de Caso (mapa de los terrenos cinegéticos del Principado de Asturias) y parte del cual fuera años ha el Coto Nacional de Reres (con ‘r’ la segunda en vez de ‘d’, por un fallo tipográfico) aquella maravilla para el rebeco del Cantábrico.

Fue una cacería intensa, memorable y auténtica que en su día fue publicada en la revista Orbayu Naturaleza, tal cual se la transcribo.

Aún ahora, cuando estoy escribiendo estas líneas y ya pasados algunos días desde que acabó la cacería, tengo la sensación como si ésta hubiera sido un sueño, un sueño hecho realidad.

Amigos de los de verdad

A veces se dan esas felices coincidencias, y no podía ser en otro lugar que en mi querida Asturias, que guapina yes. Todo se lo debo a un amigo, de esos que son de los de verdad, de los que siempre están disponibles aunque sean tiempos difíciles, Rafa González Muñiz. Otro amigo de la misma categoría, Antonio Sánchez, se prestó a acompañarme, rememorando pasadas peripecias por el Principado en las que hemos disfrutado de lo lindo, me prestó que me acompañara.

Por si faltara poco, Dani Menéndez dejó sus quehaceres de su emporio gastronómico ovetense, el Porcón, para estar con nosotros y no dejar ni un detalle al azar; es de esas personas que tienen el corazón tan grande que no les cabe dentro.

Dani conocía de cacerías anteriores a Fernando Vega, el guarda que tenía asignado para este rececho, y del que todo el mundo hablaba maravillas, incluido otro amigo de los auténticos, Michel Coya, natural de Orlé, es un alquimista de la balística (él me puso el rifle del calibre .270 Winchester a tiro, ‘fino’, y me aconsejó que tirara con la misma bala con la que estaba ajustado, la Remington Accutip de 130 grains), en esta ocasión, al igual que Rafa, no nos pudo acompañar por motivos profesionales.

Ítem más, llegamos la tarde del viernes 26 de septiembre, el rececho estaba programado para los días 27 y 28, con la intención, tras dejar los bártulos en la preciosa casa rural de Los Riegos de Belerda, de intentar localizar algún venado tirable para el día siguiente, y nos encontramos que junto a Fernando estaba Juan Coya, Juanín, un guarda ‘de los de siempre’, que había cazado en el antiguo Coto Nacional de Reres con cazadores de mucha enjundia… Pufff, ¡qué mezcla de juventud, Fernando, y de veteranía, Juan! Pero sobre todo de gente a la que le gusta su trabajo y que hacen las cosas bien porque quieren, pueden y saben. ¡Magníficos profesionales!

En Caso, en Redes

Vimos un venado muy largo y con mucho grosor en las bases, pero sólo de 11 puntas, hombre, como opción secundaria quizá podría valer, pero por la mañana intentaríamos buscar y cazar alguno más grande. La berrea estaba sólo regular, a pesar de lo excelente de la fecha, ya que hacia bastante calor para la zona.

Antonio tiró, una vez más, de generosidad, y nos invitó a una espectacular cena en Los Riegos.

Bueno, que como es mi costumbre me voy por las ramas y empiezo la casa por el tejado. Presentación: iba a disfrutar de un permiso de venado trofeo, de ‘general’, en la Reserva Regional de Caza de Caso dentro del Parque Natural de Redes, en el área de Tiatordos, los días ya comentados. Berrea en Redes, o quizá mejor dicho, berrea en Caso.

Berrea

Al coronar, en la cumbre había unas ‘venadas’.

Caza auténtica, esfuerzo

En el valle había niebla, pero arriba estaba totalmente despejado. Dejamos los vehículos a unos 1.200 metros de altura. Eran las siete de la mañana. Antonio se quedó cerca de los todoterreno, aprovechando su buena vista, si localizaba algún venado grande nos llamaría para regresar. Subiríamos como a unos 1.800 metros, en una primera cuesta muy exigente.

Quiero hacer aquí un inciso, hay que venir preparado a estas cacerías, no sin haber hecho últimamente ejercicio y pasado de peso como estaba yo, la caza es para disfrutar, no para pasarlo mal casi de antemano, menos mal que Fernando y Juan, como buenos profesionales que son, se ajustaban los hombres a mi pobre paso.

Dani, con mucho mérito, nos acompañó hasta la parte alta, allí se quedó un buen rato con las mismas intenciones que Antonio, intentar localizar algún venado interesante y avisarnos si así pasaba, después bajaría hasta los vehículos para posteriormente ir a buscarnos lo más cerca posible de donde acabáramos de cazar.

Redes
Juan y Fernando son unos fenómenos, localizando la caza, haciendo entradas y, lo mejor, como personas.

Durante el ascenso comprobamos que la berrea, sin estar, ni mucho menos, ya pasada, tampoco estaba en pleno auge, aunque sí se oían unos cuantos venados (ver el artículo Cazando ciencia. Así berrean los venados: el interés que despierta el fenómeno de la berrea). Además, por culpa de la sarna que afecta ahora a los ciervos en esta zona, la densidad de éstos ha disminuido en los últimos tiempos. A pesar de ello, viendo la pericia de Fernando y de Juan, la ilusión estaba en todo lo alto, como unas venadas que asomaban, recelosas, en plena cumbre. Antes, un venado joven nos barruntó a media ladera y salió arreando hacia abajo. No era tirable.

No hacia falta forzar mucho el zoom de la máquina para disfrutar del espléndido paisaje. Picos de Europa, a la derecha la Torre Santa o Peña de Castilla (2.596 metros).

Desde la atalaya, como era de prever, con ayuda del mirón (catalejo) y de los prismáticos Fernando y Juan iban localizando venados, como Dani, e incluso el cronista era capaz de ver alguno. También vimos un nutrido grupo de rebecos, que, tranquilos, parecían saber que ese día la contienda no iba con ellos. Destacaban dos venados. Uno muy aparatoso, abierto y de puntas muy largas, pero algo fino y aún con posibilidades de mejorar, lo descartamos. El otro, ya viejo, berreaba con parsimonia al borde de un claro debajo de un risco, tenía una entrada larga y complicadísima, además no colaboró, algo le mosqueó y puso pies en polvorosa. Llegado este momento, nos despedimos de Dani, y comenzamos una lenta pero vertiginosa bajada, en busca de algún bramido prometedor. A pesar del relativo calor, de vez en cuando algún venado berreaba incluso ya pasadas las nueve. El paisaje, según bajábamos, era imponente.

Fíjese bien, se ven las cuernas del «venado con hechuras, algo corto pero con futuro», que se peleó con otro venado ‘corucho’, le ganó y consiguió los favores de una ‘venada’.

Desde un peñasco de balcón, Fernando localizó debajo de nosotros dos venados de buenas hechuras. Aunque larga, no tenían mala entrada. Bajamos más para valorarlos mejor. Una observación más detenida y cercana no acabó de convencer a los guardas. Uno era un venado con hechuras, algo corto pero con futuro, el otro, corucho (así llamo yo a los venados de cuerna cerrada), largo y de pocas puntas, también fue descartado. Se llegaron a pegar, el de buenas hechuras se quedó con la hembra y ante nuestra mirada indiscreta cumplió con el cometido de perpetuar la especie.

¿Una entrada imposible?

Se acercaba el mediodía, Fernando y Juan decidieron que lo mejor era descansar un buen rato, para llegar hasta una zona relativamente llana, muy querenciosa para los venados en esta época, cuando hubiera algo más de actividad. Dimos buena cuenta del taco, además de lo que llevaban Juan y Fernando, disfrutamos del excelente avituallamiento que nos proporcionó Dani. Después, en duermevela, se escuchaba a algún ciervo pertinaz que no paraba de bramar.

Repuestas las fuerzas, y aunque aún no era ni la una, Fernando nos comentó que había localizado muy lejos un venado que podía merecer la pena, estaba echado y no berreaba. Después de mucho mirar, los guardas decidieron que podía ser el que buscábamos. Lo miré con 60 aumentos y me gustó, pero se veía mínimo de lo lejos que estaba.

A mí la entrada se me antojaba imposible, además de larguísima, pero, tras mucho deliberar, Juan y Fernando propusieron intentar llegar a una zona por encima del venado, y que nos situaría de él como a unos 200 metros.

Primero tuvimos que seguir bajando por la cuesta terrible, el venado allí seguía, tumbado y sin berrear, al llegar a la zona llana antes referida lo perdimos de vista. Tras una subida que casi se agradecía después de tanto bajar, giramos noventa grados a la izquierda, buscando las referencias de los riscos que los guardas habían tomado desde arriba. El terreno era impracticable, no había prácticamente veredas, y yo, a pesar de la eficiencia demostrada por estos hombres, no puedo negar que había momentos en los que, exhausto, me podía el desánimo (repito que hay que a estos cazaderos hay que venir preparado).

¡Allí seguía tumbado dos horas y media después!

Juan abría la comitiva, cuando de repente se paró y susurró «cuidado, tiene que estar ahí debajo». Se asomó con precaución e hizo una señal inequívoca de que sí, ¡que efectivamente seguía allí! ¡Subidón! Nos sentamos. «Sigue tumbado, muchísimo cuidado que al asomar nos puede localizar».

Con todas las precauciones del mundo también se asomó Fernando. «Hay que esperar a que se levante». Les pedí que midieran la distancia con el telémetro, 204 metros. ¡Jo, qué tíos, clavaron la entrada! Juan colocó con mucho esmero la mochila para apoyar el rifle.

No hicieron falta los servicios de Leo, el excelente teckel de Fernando. En esta ocasión sirve de referencia para ver desde donde disparó el cronista; abajo, marcado en rojo, donde estaba tumbado el venado.

Llegado un momento decidí que tenía que ver al venado, ya que asomar de golpe cuando se levantara, si es que lo hacía, podía precipitar el tiro y que se marchara.

«Más que los puntos, personalmente valoro más haberlo cazado en su momento y en un lugar tan precioso como inaccesible, y abierto, muy abierto».

¡Algarabía!

El venado estaba tranquilo, con el cuello girado a la izquierda, a esa distancia presentaba un blanco más que suficiente. Puse el visor a 12 aumentos, apoyé el rifle en la mochila y comprobé que se podía acertar perfectamente apuntando por debajo de la tabla del cuello.

Me encontraba cómodo y bien apoyado, y más cuando Juan susurró a Fernando que pusiera otra mochila debajo de mi codo derecho, la estabilidad era total. No soy buen tirador, pero las condiciones eran óptimas, por lo que pedí permiso para disparar.

Fernando me dijo que «si estás seguro…». Lo estaba. Monté el pelo y… El venado simplemente agachó la cabeza, ni se enteró, mejor así. El animal debía haber padreado ya, y ni berreó ni se movió en las dos horas y media que le tuvimos localizado. Eran las tres de la tarde. ¡Algarabía!

Ellos son los verdaderos protagonistas, Fernando Vega y Juan Coya con el venado cazado en buena lid.

Respeto

Respeto por tan magnífico animal. Estaba ya delgado por los ajetreos del celo pero era muy corpulento. Viejo, había cumplido ya con su ciclo. Con 13 puntas, de magnífico grosor, mucha envergadura y luchaderas, contras y candiles centrales largos, pero más que los puntos, personalmente valoro más haberlo cazado en su momento y en un lugar tan precioso como inaccesible, y abierto, muy abierto. Fotos, muchas fotos…

A las siete de la tarde llegamos al punto de encuentro con Dani y Antonio. Más felicitaciones, se alegraban de que hubiera cazado el amigo. Son así.

No podía ser de otra forma, y está vez era mi turno para el convite, aunque Dani se empeñó en que los licores eran de su cuenta. Se echaba de menos a Rafa y a Michel, preocupados en todo momento del desarrollo de los acontecimientos. Pero fue una delicia compartir de nuevo mantel y sobremesa con tan buena gente.

La memoria reciente tiende a magnificar las últimas vivencias, además es injusto e innecesario comparar unos recechos con otros, unas cacerías con otras. Lo que si es seguro es que este sábado 27 de septiembre de 2014, que fue brutal, permanecerá en mi memoria de manera indeleble per saecula saeculorum.

Un artículo de Adolfo Sanz Rueda

 

NOTA: el gran Juanín ya se jubiló, mientras que Fernando sigue repartiendo su buen quehacer profesional por esas maravillosas montañas. Rafa, Antonio, Michel y Dani siguen siendo amigos de los de verdad. El venado, una vez homologado oficialmente, dio una puntuación de 175,55 puntos CIC, medalla de plata, pero lo más importante es que, cinco años después, el recuerdo de aquel 27 de septiembre permanece indeleble en mi memoria.

 

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