«El campo es una de las pocas oportunidades que aún restan para huir». Miguel Delibes Setién

Vuela el tiempo, Maestro, vuela como esa brava perdiz que se descuelga desde la loma blancuzca del cazadero de La Sinoba… Melecio te está esperando a la sombra de los chopos con un cantero de pan lechugino, de Castrillo Tejeriego, para echaros un almuerzo, antes de seguir la mano…

¡Qué injusto es el olvido! Apenas eso, un vuelo de la perdiz, o una carrera del matacán, y se diluye en la nada tu sombra que aún deambula bajo la sombra austera de los cipreses de tu austera Castilla. Apenas un ya casi nada o un ya casi nadie, recuerda tu paso firme por rastrojos y barbechos tras las esquivas rabonas y las bravas patirrojas. Apenas un soplo de aire y la memoria baldía te relega de los recuerdos.

¡Qué injusto es el abandono y qué cortos los recuerdos!

Hoy te fuiste, hace apenas unos ratos, y el polvo rancio cubre ya la inmensidad de tu palabra. Llora Lorenzo en silencio en su exilio chileno; el Moñigo y el Tiñoso, azuzados por el Mochuelo, claman tu desperdiciada ausencia; el Nini y el Tío Ratero apenas ya son dos sombras deambulado por la cueva. El Senderines y el Quico, con la Desi y don Eloy, apenas son un esbozo de trazos entre la niebla del páramo. Y Paco el Bajo, en la raya, es un lamento perdido sin los brazos de la Régula

¡Cuanta desidia, Maestro! Estos tiempos de mucho pan y poca chicha apenas dan para más… Sois tantos los olvidados que apenas quedan penas para lloraros. La retahíla de mentiras de la Menchu se ha hecho ‘ley’ por estos pagos y sufrimos la desidia. Pululan los petulantes y los soberbios, los trápalas y los necios, los de cátedra y sermón… pululan sembrando la árida tierra hermosa de necedad, vanagloria y vanidad. Y un manto de mugre cubre la memoria de los justos.

Hoy recordamos y lloramos, algunos, contados con los dedos de media mano, tu vacío y tu olvido. Pocas, alguna o ninguna línea perdida por algún esquina de un periódico de pueblo, y del pueblo, escribirá la efeméride de tu marcha hacia el otero, caminando por la senda a la sombra alargada de tus cipreses. Sé, que en un rincón del camino, como ya te dije entonces, te esperarán Marazuela y su dulzaina. Castilla, tu amada tierra que te cubre, apenas ya reconoce tu silueta entre la niebla. Gervasio Lastra y esa Señora de rojo sobre fondo gris que tanto amaste también te acompañan hacia el destierro de la nada en la que se pierde tu hermosa palabra, desterrado como ese Hereje que te elevara a la mismísima gloria, ¡qué paradoja!

No te diré adiós, Maestro, no te diré adiós nunca mientras corran por mis venas esas Viejas historias de Castilla la Vieja, tu lenguaje sabio del pueblo llano con quien tantas veces recorriste sus cabezos y altozanos, sus estepas y sus páramos siempre arreojando a una perdiz volandera o a un conejo despistado.

Requiescat in pace, un año más, mi querido Maestro.

Foto por cortesía de Juan de Delibes de Castro.

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.