
El viernes hablaba con Agustín mientras se dirigía a sus predios montaraces. Como siempre, hablamos de caza y cazadores, de familia y amigos. Nunca pensé que sería la última vez que escucharía su voz. Hoy, el eco de aquella conversación sirve apenas como excusa para recordar al hombre que se encontraba al otro lado.
Al recuerdo de Agustín no acuden cargos ni premios, que los tenía, sino sus logros. Estoy seguro de que estaría de acuerdo conmigo: cargos y premios son banalidades que no definen al hombre, al padre, al marido: al compañero. Agustín no era amigo de colgarse medallas; prefería lucir sus tesoros, en forma de alfileres, sobre sus viejos tocados monteros, desde sus sombreros de ala hasta la boina naranja con la que monteamos los agrestes amigos.
Cicerón definió la amistad como «un acuerdo perfecto en todas las cosas divinas y humanas, acompañado de benevolencia y afecto». Pocas descripciones se ajustan mejor a Agustín. No porque fuese hombre de asentimientos fáciles ni de concordias complacientes. Nada más lejos. Hombre de firmes convicciones, las defendía sin ambages, pues sabía que el verdadero acuerdo no consiste en pensar lo mismo, sino en reconocerse en aquello que merece ser defendido. Y la caza y el campo eran el mejor espejo donde encontrar un espíritu afín.
AgresteCaza
AgresteCaza fue uno de sus grandes logros. Pocas ideas adquieren cuerpo. De aquel infinito de ceros y unos pasamos a montear en Fuencaliente, Villares, Honrubia… Perfectos desconocidos convertidos, gracias a una pasión, en compañeros, en amigos. Ese es el gran legado de Agustín Palomino.
Agustín era cazador. Lo era sin reservas ni eufemismos; para él no había forma más natural de estar en la tierra. Aquella pasión heredada se alimentaba de un profundo amor por la naturaleza, de muchas horas de campo y del deseo de comprender cuanto sucedía en él. No amaba una naturaleza abstracta, reducida a paisaje y vaciada de hombres. Amaba el monte y a sus gentes.
Por eso defendió la caza y a los cazadores. Nunca necesitó rebajar al cazador para ensalzar al naturalista ni disfrazar la caza para volverla aceptable. Su amor por la caza y por la naturaleza procedía del mismo conocimiento y de una idéntica responsabilidad hacia cuanto amaba. Agustín no reconocía maldad alguna en la condición de cazador y la defendía a capa y espada. Le espantaban, sobre todo, los palos en las ruedas y las trampas lingüísticas formuladas desde el propio colectivo.
Definió la caza como «una forma de ser y estar en la vida». No fue una ocurrencia concebida para recoger un premio. Explicaba a Agustín mejor que cualquier relación de méritos.
Macarena, Esperanza, seguid creciendo a la sombra de un gran hombre, de la mano de una gran mujer
El viernes hablamos de lo de siempre. De caza y cazadores, de familia y amigos: de Lola y de las niñas… Querida Lola, simplemente silba: una legión de Agrestes formará ante tu puerta, y yo entre ellos. Macarena, Esperanza, seguid creciendo a la sombra de un gran hombre, de la mano de una gran mujer. Si miráis hacia arriba y entornáis los ojos, lo veréis sonriendo, como siempre.
Descansa en paz, viejo amigo, y guárdame un lugar a tu lado en la armada de los hombres buenos. Espero tardar en llegar, pero volveremos a guardarnos el flanco por el que seguro se escurre algún astuto marranchón.
Por Laureano de Las Cuevas, un Agreste
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