Montería Pluma invitada

La otra cara de la montería: El alma silenciosa de la rehala

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«He crecido junto a mi padre, que lleva cerca de cincuenta años siendo rehalero; gracias a él hoy sigo viviendo esa realidad desde dentro, acompañando a la rehala en las monterías».

La otra cara de la montería: el alma silenciosa de la rehala

Por Matías Moro Avial

A todos aquellos rehaleros que nunca ocuparán una portada, que jamás hablarán desde un escenario y cuyo nombre probablemente no aparezca en un cartel.

A quienes siguen levantándose antes que nadie para cuidar de sus perros y mantener viva una de las tradiciones más auténticas de nuestras monterías. Este artículo es para vosotros.

En el mundo de la caza solemos recordar los grandes lances, los trofeos memorables o aquellas jornadas que permanecen grabadas para siempre en nuestra memoria. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reconocer a quienes, desde la discreción y el compromiso, hacen posible que todo eso ocurra. Personas que no buscan protagonismo, que trabajan lejos de los focos y cuyo esfuerzo rara vez ocupa un titular, aunque su aportación resulta esencial para mantener viva la esencia de la montería.

Después de mucho tiempo dándole vueltas, me he animado a escribir este artículo con un único propósito: poner en valor esa otra cara de la montería que, desde mi punto de vista, constituye su verdadero corazón. Hablo del mundo de las rehalas, de los hombres y mujeres que dedican su vida a unos perros y a una forma de entender el campo que va mucho más allá de una simple afición.

Es un mundo que conozco desde niño. He crecido junto a mi padre, que lleva cerca de cincuenta años siendo rehalero; gracias a él hoy sigo viviendo esa realidad desde dentro, acompañando a la rehala en las monterías y compartiendo un día a día que muy pocos conocen. Porque la montería no empieza cuando se sueltan los perros ni termina cuando se recoge la armada. La verdadera montería comienza muchos meses antes, en la perrera, en el cuidado diario, en la alimentación, en el entrenamiento, en la atención veterinaria, en las horas de limpieza y en la preocupación constante por cada uno de los perros. Quizá sea precisamente esa parte invisible la que más merece ser contada.

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Sacrificios e invisibilidad

Detrás de cada rehala hay sacrificios que rara vez se conocen. Hay personas que viven en pequeños pueblos, con recursos muy limitados, que sacan adelante a sus perros con enormes dificultades. Algunos llegan incluso a complementar su alimentación con cabras u otros recursos que les proporciona el campo. Son historias que difícilmente aparecen en redes sociales o en grandes eventos, pero que forman parte de una realidad que existe y que merece ser reconocida.

Vivimos una época en la que todo parece medirse por la presencia en internet, por la capacidad de comunicar o por la imagen que se proyecta. Entiendo perfectamente que el mundo evolucione y que el marketing tenga hoy un papel importante. En muchos aspectos ha servido para acercar la montería a más personas y para profesionalizar numerosos ámbitos. Pero también creo que, en ocasiones, corremos el riesgo de olvidar dónde nace realmente esta tradición.

La montería no se sostiene únicamente gracias a las grandes organizaciones, a las ferias o a quienes tienen un altavoz. También se sostiene gracias a esas rehalas anónimas que llevan décadas trabajando con la misma ilusión de siempre, sin buscar reconocimiento alguno. Rehalas extraordinarias que, por decisión propia o por falta de medios, permanecen alejadas de ese escaparate mediático y continúan haciendo las cosas como las aprendieron de quienes les precedieron. A ellas me gustaría dedicar estas palabras. Porque muchas veces tengo la sensación de que son precisamente esas personas las que más necesitan sentir que su esfuerzo sigue teniendo sentido.

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Cuidar la base para mantener la esencia

Desde dentro es fácil percibir cierto desánimo. No porque esperen aplausos, sino porque, después de tantos años de entrega, sienten que su trabajo pasa desapercibido mientras la atención se dirige casi siempre hacia otros aspectos de la montería. Entiendo perfectamente que, para una organización, el cazador sea el protagonista de la jornada. Es lógico. Pero también creo que la montería debe cuidar a quienes la hacen posible desde su base.

Si queremos que esta modalidad siga creciendo y manteniendo su esencia, resulta imprescindible que las rehalas también puedan seguir creciendo. De poco servirá llenar las manchas de cazadores si cada temporada desaparecen más rehalas incapaces de soportar el enorme esfuerzo económico y personal que supone mantenerlas.

Ser rehalero no consiste únicamente en acudir al monte unos cuantos días durante la temporada. Es aceptar madrugones interminables, recorrer miles de kilómetros cada año, pasar noches enteras sin dormir cuando un perro enferma, afrontar gastos constantes y asumir responsabilidades que no entienden de fines de semana ni de vacaciones. Es una dedicación de los trescientos sesenta y cinco días del año. Todo ello movido, casi siempre, por una pasión difícil de explicar a quien no la ha vivido.

Las voces de la experiencia

Por eso creo que no es suficiente con escuchar únicamente a quienes tienen más posibilidades de expresarse. Toda realidad necesita ser contada desde distintas perspectivas. Las voces más visibles son importantes, pero también lo son las de quienes llevan toda una vida trabajando en silencio. Quizá incluso sean ellas las que mejor representan la esencia de este mundo.

Ojalá algún día podamos escuchar con más frecuencia a esos rehaleros humildes, alejados del protagonismo, contar sus vivencias, sus dificultades y todo el conocimiento que han acumulado durante décadas. Estoy convencido de que todos aprenderíamos mucho más sobre lo que realmente significa mantener una rehala y comprenderíamos mejor el inmenso valor que tiene su trabajo.

Porque la rehala no es únicamente un grupo de perros. Es una forma de vivir, una herencia transmitida de generación en generación y una parte inseparable de la historia de la montería española. Y quizá haya llegado el momento de recordar que, cuando hablamos del futuro de la montería, también estamos hablando del futuro de quienes, desde el silencio, la han sostenido durante generaciones.

Si algún día desaparecen esas rehalas humildes que nunca buscaron reconocimiento, habremos perdido mucho más que un elemento de la caza: habremos perdido una parte de nuestra historia, de nuestra cultura rural y de la auténtica esencia montera.

Matias Moro Avial es rehalero y organizador de cacerías / Moro Avial Caza

«Ser rehalero no consiste únicamente en acudir al monte unos cuantos días durante la temporada. Es aceptar madrugones interminables, recorrer miles de kilómetros cada año, pasar noches enteras sin dormir cuando un perro enferma, afrontar gastos constantes y asumir responsabilidades que no entienden de fines de semana ni de vacaciones»

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