
Esperas: del yin al yang

Texto y fotografías: Carlos Casilda Sánchez / @Carlos Casilda Sánchez / @casilda_hunter_stalking
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Transitamos esta época entre temporadas monteras sin dejar de pisar el campo, porque, para alguien que ha entregado su vida a la caza, eso de estar en casa es difícilmente encajable en sus hábitos.
Ahora mismo, con lo que estamos entretenidos es con los aguardos. No es que los abandonemos durante el resto del año, sino que, ahora que el corzo ya ha dejado de ser nuestro perseguido por su veda natural y la berrea todavía no ha comenzado, es prácticamente lo único que nos permite salir al campo en busca de caza mayor.
Una Coca-Cola con mucho hielo y una rodaja de limón me acompaña, reposando sobre la balaustrada de la terraza. El aire viene calentón del suroeste y, en mi cabeza, voy repasando lugares donde esas circunstancias me permitan, mañana por la mañana, hacer un aguardo a la recogida.
Entre tanto, disfruto de la temperatura afable del final de un día de verano en Extremadura, de las carreras de mi hijo al borde de la piscina, vociferando con media lengua no sabemos muy bien qué y alterando la paz del contorno, en el que chicharras y grillos me transportan a tiempos pasados.
Pionero
Durante toda mi vida y, por ende, a lo largo de mi carrera cinegética, he sido pionero en cuanto a todos los adelantos técnicos que han ido surgiendo. Pocos, hoy día, pueden confesar haber comenzado a realizar esperas con una linterna cuadrada de pila de petaca y una tercerola, apostados en pasos cerrados, y haber ido probando toda suerte de inventos.
A muchos de los que hoy comienzan me gustaría verlos en aquellos inicios personales. Meses pisando el campo sin llegar a verle una cerda a un cochino, volviendo a casa apenas con la sensación de «haber creído escuchar» a un animal colarse entre la espesura.
Lejos quedaron aquellos tiempos en los que colocábamos un lazo de sedal en el paso, atado a la pila de un reloj, para comprobar a qué hora había pasado el cochino.

La cámara de fototrampeo de Cabelas
Fui, creo, de los primeros en utilizar cámaras de fototrampeo en la zona. La primera que tuve me la trajo mi amigo J. Duarte de Estados Unidos, después de un viaje de caza en el que se pasó por Cabelas, de donde le hice venir cargado con más de un cacharro. Entre ellos, aquella pequeña cámara, que tenía el tamaño de un folio A4 y funcionaba con ocho pilas, pero de las gordas. Las fotografías eran en blanco y negro y aquello fue toda una revolución.
Por aquel entonces ya habíamos pasado de la linterna de petaca al foco casero alimentado con una batería de moto –que no pesaba precisamente poco–, la cual llevábamos colgada al cuello mediante una bandolera.
Adapté un cable larguísimo que me permitía utilizarla descansando en el suelo, mientras yo permanecía de pie, porque pasar una noche sentado en el catrecillo de las monterías con la dichosa batería colgando te dejaba tres días con dolor de cervicales.
Todo ello, vuelvo a repetir, para regresar a casa día tras día sin ver un cochino al que meterle una bala en el costado. Aunque, de vez en cuando, alguno se equivocaba.

Los nocturnos y la visión térmica
Cuando llegaron los primeros nocturnos, aquello fue toda una revelación, aún mayor, si cabe, que el descubrimiento de las cámaras. Nos permitían disfrutar todavía más de la noche. Cuando escuchábamos un ruido, podíamos adivinar, siempre que la distancia no fuera demasiada, quién estaba detrás de él, sobre todo cuando había luna llena, lo que permitía permanecer en el puesto expectante casi como si fuera de día.
Con ellos aprendimos mucho sobre las querencias y, sobre todo, aprendimos que los infrarrojos, aunque a nosotros nos costaba verlos, ellos los detectan a grandes distancias. Especialmente el cervuno, que es «fino de cojones».
Y, desde hace ya unos años, hemos vivido la revolución de la visión térmica: aparatos accesibles para todos los bolsillos, con una claridad inmensa, que permiten localizar animales a grandes distancias y muestran el campo «al desnudo».

La modalidad ha dado un giro bestial, tomando una dirección que personalmente no me gusta nada
Con todo esto hemos lidiado y, ante tal revolución, he de confesar que la modalidad ha dado un giro bestial. Ha sido pasar claramente del yin al yang, tomando una dirección que, personalmente, no me gusta nada.
Estos aparatos, como bien digo, permiten localizar animales a grandes distancias, algo que, con un nocturno de alta gama, cuesta mucho más, a pesar de que también sean visibles, porque hay que prestar atención: su funcionamiento es similar al de unos prismáticos.
Pero la diferencia de contraste calórico de los térmicos hace que cualquier animal que aparezca sea totalmente localizable en tiempo récord, lo cual resta buena parte de la dificultad que la caza debe llevar aparejada.
Si su uso es meramente el de disfrutar de la observación y localización, hasta ahí, todo bien. El problema llega cuando la mayoría de los «nuevos aficionados» no son capaces de sujetar sus instintos.
Esta ventaja les ha dado la posibilidad de cambiar las reglas del juego y han modificado la verdadera esencia de la espera, sustituyéndola por una nueva modalidad: el rececho nocturno. Además, un rececho que, a mi modo de ver, resulta frío y vacío, sin más tensión que la de aproximarse a un animal y abatirlo con total impunidad y ventaja.

Hoy, todo el que se adentra en las esperas tiene la posibilidad de disfrutar del campo como si fuera de día
Ahora, gracias a estos adelantos técnicos, todo el que se adentra en los aguardos o esperas tiene la posibilidad de disfrutar del campo en pleno apogeo y esplendor, casi como si fuera de día, y de aprender a gran velocidad todas las costumbres y querencias de sus habitantes.
De hecho, no hay más que comprobar el número de aficionados a la modalidad que hay hoy día con respecto al de hace un par de décadas. Hablo de que, en el año 2000, había cuatro permisos de esperas nocturnas en mi sociedad y siempre sobraba alguno cuando íbamos a recogerlos. Actualmente, hay casi doscientos socios apuntados a las esperas y diecisiete permisos diarios, por lo que te toca salir, aproximadamente, un día cada quince. La cosa, creo, ha variado.
Personas que nos tachaban de locos hace veinte años por ir a cazar de noche hoy han adquirido cotos exclusivamente para las esperas. Y es que los adelantos no se limitan solamente a los elementos de puntería y localización, sino que han conseguido que la modalidad sea mucho más cómoda y atractiva a la hora de practicarla.

Un «boyeur» natural
Los inviernos son menos inviernos gracias a la ropa técnica; los días de lluvia se capean con el uso de «blinds» o «stands» y, claro, todo ello, sumado a que se puede disfrutar de un espectáculo que podríamos catalogar como un «boyeur» natural, hace de la modalidad algo extremadamente atractivo y lleno de encanto.
Eso sí, siempre y cuando se respeten las directrices generales de la misma: cortar la querencia a un cochino en sus lugares habituales, ya sean pasos, bañas o lugares de comida.
Todo lo demás, a mi modo de parecer y de entender la ética de la caza, es jugar con los «cheats» del juego activados. Conseguirás un buen trofeo, pero tan solo lo habrás «matado»; jamás lo habrás cazado.
Mañana, si Dios quiere…
Son casi las diez y media. El sol, hace unos minutos, ha caído entre los olivos y me llaman a filas, aunque el olor de los pinchos en la barbacoa ya me había llegado hacía rato. Apuro de un sorbo lo que queda de Coca-Cola, voy a capturar al enano y me lo llevo a la mesa, donde espera el resto.
Mañana, si Dios quiere, los Caños de la Ribera pueden ser una buena opción…
«He de confesar que la modalidad ha dado un giro bestial. Ha sido pasar claramente del yin al yang, tomando una dirección que, personalmente, no me gusta nada»




