
El calor iba a ser inevitable en este primer día de la temporada montera. La organización nos había citado a las siete menos cuarto de la mañana para que nuestra armada saliera a cerrar la frontera portuguesa de Santa María.
Había quedado con el amigo Javier para tomar un café antes, mientras esperábamos a que la organización decidiera la partida.
El trayecto fue largo: dimos la vuelta a la finca por el exterior y entramos por Portugal hasta alcanzar nuestra postura. El número uno.
Con la llegada del día, los animales buscaban ya el refugio de las manchas lusas y comenzaron a escucharse las primeras detonaciones. Esta es una montería que se decide en los primeros compases y, como tal, había que estar atentos. Tanto es así que, para cuando las rehalas quieren entrar al cazadero, la mayor parte de la caza ya está en el suelo.
Y así fue. Desde la suelta hasta que nos retiramos, todo fue un mero trámite que había que cumplir. Mientras tanto, Javier y yo hablamos de mil asuntos diferentes y, entre ellos, salió el tema del corzo.
«¡A mi edad ya no creo que vea ningún corzo, y mucho menos que llegue a cazarlo!»
En mitad de la conversación me preguntó cómo se cazaba este animalillo y me soltó una afirmación que aún recuerdo:
–¡A mi edad ya no creo que vea ningún corzo, y mucho menos que llegue a cazarlo!
A lo que respondí de inmediato:
–¡Anda ya, coño! La próxima temporada le ponemos solución.
La temporada fue transcurriendo con normalidad, con un sinfín de lances: unos afortunados, otros desafortunados. Pero es que así es montear en abierto. La caza ha de ser escasa, incierta y dificultosa.
Al amigo Javier se le escapó el que habría sido su jabalí número ochenta, y durante toda la campaña apenas tuvo una oportunidad. Sin embargo, a mí no se me olvidaron aquellas palabras sobre el corzo, así que le propuse acompañarme a la expedición que, en mi opinión, puede hacerse con los mejores conocedores del duende: los amigos de Tremp, en el Prepirineo leridano.

Dos días de viaje hasta Tremp
La incertidumbre acompañó al viaje hasta el final. Reconozco que sentí una ilusión especial cuando lo llamé para decirle que preparara todo. Incluso decidí dividir el desplazamiento en dos jornadas para que se le hiciera mucho más llevadero, lejos de la paliza que solemos darnos los amigos del Imperio del Jabalí y un servidor haciendo el camino del tirón.
Así que lo cité en mi casa el día antes de la partida. Nuestro plan era dormir a mitad de camino, en un área para camiones donde solemos desayunar. Allí nos reunimos con los amigos Tato y Marcos y, tras dar buena cuenta de una tostada, continuamos viaje hacia Tremp, donde ya nos esperaban Luis de la Torriente y el resto del grupo de cazadores que íbamos a perseguir al duende prepirenaico.
El viaje, salvo algún pequeño incidente que nos hizo perder algo de tiempo, fue toda una clase magistral sobre cómo íbamos a afrontar el rececho, cómo plantearíamos el fin de semana y cuáles eran los hábitos y costumbres del duende. Kilómetro tras kilómetro, Javier no dejaba de preguntar. Se parecía mucho más a un niño de cinco años ilusionado que a un hombre curtido en mil batallas monteras de setenta y cuatro.

Las tardes para Javier, las mañanas para el cronista
Teniendo en cuenta sus condiciones físicas, le expliqué que las esperas de la tarde serían para él, ya que lógicamente se hacen sentado, aguardando a que los corzos den la cara. Las mañanas serían para mí, pues es cuando, por regla general, se localiza el animal y se le hace la correspondiente entrada andando. Ese fue nuestro trato.
Llegamos a la terraza bar Tarragona sobre la una y media y allí estaban todos los amigos: Chus, Miguel, Luis y tantos otros que me perdonarán por no nombrarlos a todos. Eran, como decimos por aquí, «¡un buen puñao!».
Disfrutamos de una comida típica de la zona y después partimos hacia el hotel para cambiarnos de ropa y preparar los arreos de la tarde.
A las cinco ya estábamos todos listos. Nos distribuimos en los coches y pusimos rumbo al cazadero. El trayecto lo compartimos con el amigo Enrique Valdenebro, resulta que teníamos varios amigos comunes. Y es que el mundo de la caza es mucho más pequeño de lo que pensamos.

Tres sembrados a controlar
Subíamos por aquella preciosa sierra cuando Miguel y Chus nos apearon del vehículo y nos señalaron el lugar donde debíamos realizar la espera, así como los tres sembrados que teníamos que controlar, dejando a nuestra elección la posición y la distancia de tiro.
Tengo plena confianza en mi Sauer 202 y en la SST de Hornady, pero conocía la limitación del amigo Javier: todo lo que supusiera disparar a más de ochenta o cien metros le parecía un mundo. Es, como digo yo, de la antigua escuela. Por eso decidí avanzar todo lo posible por el interior de las siembras para tenerlo todo controlado.

Corzas y un macho con una cuerna partida
Soltamos las mochilas, sacamos los prismáticos y esperamos acontecimientos. Al principio no dábamos un duro por aquella postura, pero apenas habían pasado quince minutos cuando aparecieron dos corzas dando respingos al final del sembrado. Aquello pintaba bien.
Aparecían y desaparecían. En esas estábamos cuando vimos asomar un macho dando saltos detrás de una hembra. El nerviosismo se apoderó de nosotros en los primeros instantes, pero, tras observarlo detenidamente, comprobamos que llevaba una cuerna partida. Tocaba seguir esperando.
Le dije a Javier que aprovechara para entrenar, siguiéndolo con el visor. Así estuvo durante más de media hora, mientras ambos animales pastaban tranquilamente.
Finalmente se ocultaron y, tras ladrarse mutuamente, abandonaron el lugar.
Un ejemplar tremendo…
Al cabo de un buen rato observamos, en la punta del sembrado de la derecha, la aparición de un ejemplar tremendo, con unas cuernas impresionantes. Sin embargo, ni la distancia ni el poco tiempo que permaneció visible nos permitieron intentar el disparo.
Paciencia. Teníamos varios corzos ladrando por la izquierda y aquel otro que parecía venir desde la derecha en nuestra dirección. Surgieron las dudas: intentar adivinar el grande de la derecha o esperar a que asomaran los que se ladraban por la izquierda.
El tiempo jugaba en nuestra contra. La luz iba cayendo y, poco a poco, los equipos comenzarían a mostrar las limitaciones propias de aquellas circunstancias.

Estaba cerca, muy cerca
De repente, un ladrido a nuestra derecha nos puso en alerta. Estaba cerca, muy cerca, y podía ser el gran corzo que habíamos avistado. Había que permanecer atentos cuando, de la nada, apareció un segundo ejemplar entre los chopos y se quedó mirándonos.
Todos pensamos que era el mismo, así que indiqué a Javier que, si lo veía claro por el visor, disparase. No quise moverme para no delatar nuestra presencia. Y así fue. El disparo hizo que el corzo se arrancara como un rayo.
La distancia era de poco más de cien metros. Le pregunté si había apuntado bien y Javier respondió afirmativamente, aunque vimos con impotencia cómo el animal desapareció entre la espesura.
–¡Voy a ver!

Sensación contradictoria
Les indiqué a Miguel y a Javier que permanecieran en el lugar para señalarme el punto exacto del disparo. Aunque lo tenía bastante claro: el corzo se había metido al monte junto a un montículo muy característico que había dejado el tractor al girar en un lindón. Me dirigí hacia allí sin dudar.
Aquellos metros se me hicieron eternos. Al llegar, miré hacia el arroyo y allí estaba, tumbado.
La sensación fue contradictoria: alegría por encontrarlo y decepción porque nos habíamos equivocado. No era, ni de lejos, el gran ejemplar que habíamos visto. Era bastante más pequeño. Pero, al fin y al cabo, eso era lo de menos.

El corzo de su vida
La alegría de Javier era inmensa. Sin duda no era un gran trofeo, pero era su corzo. El que nunca había imaginado conseguir y el que había soñado cazar durante aquellas dos últimas semanas, en las que no había dejado de hacer preguntas sobre el viaje y los preparativos.
Me lo eché a cuestas y lo subí hasta el coche para aprovecharlo por completo. La enhorabuena llegó en forma de un fuerte abrazo y no tardamos en hacernos una fotografía, pues la noche se nos echaba encima.
El resto de la expedición carece de importancia. El propósito estaba cumplido: regalarle a mi amigo Javier lo que, probablemente, sería el corzo de su vida.
El corzo de tu vida; por Carlos Casilda Sánchez
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