
Me asomo lentamente, poco a poco, para ir descubriendo el lado más recóndito del perdido en mitad del bosque. Nada. Cambio el tercio y salgo de la espesura en busca de lo abierto y de la esquiva fortuna. Y cuando llego, me ladra un corzo por entre un mar de espigas y no logro dar con él. Hay oleaje. El viento sopla y el sinuoso terreno ayuda. Esperaba localizarlo, pero no lo consigo. Oculto debe estar entre olas de trigo, de las que apenas alcanzaría a verle la cabeza.
La magia del campo
Oír cantar a la codorniz al amanecer, contemplar la tórtola que viene a posarse en el roble con el que disimulo mi figura, ver cómo un raposo ya va haciendo sombra por el camino, quizá de regreso a la madriguera, me hacen sentir la magia del campo. El premio al madrugón, al que inevitablemente me empujan, quiera o no, unas fechas que marcan de lleno el inicio del verano.
¿Cómo pensar que no soy afortunado viviendo la naturaleza de una forma tan intensa?
Y es en este majestuoso estadio donde la vida se proyecta en su máxima expresión, en una realidad, a veces, cruda: desde la dulce instantánea del comienzo del ciclo hasta su final. En esa fotografía, la muerte, que también forma parte de ella, ha de salir retratada fielmente por lo que significa.
Testigos de ello somos, y también parte y reguladores de la cadena, porque intervenimos y decidimos, con lo que ello supone. Disfrazar su significado solo puede conducir a la confusión.
Dudas
Atrás dejo la calma del campo, mientras marcho haciéndome preguntas: ¿y si fuera por allí en vez de por allá?, ¿no sería mejor intentarlo de tarde en vez de mañana?, ¿y si le entrara por ese otro lado?, ¿y si hiciera aquello en vez de esto otro?…
Tantas dudas hablan principalmente de lo que esconde la caza, de lo que ignoramos, del camino que aún nos queda por recorrer. En este oficio, amigos, en cuanto a aprender, nunca se pone el sol. Y, sobre las dudas, cazando en solitario, doy fe de que es terreno abonado que inevitablemente habremos de seguir pisando.
Y quizá por eso también cargamos con algo más que un rifle y una mochila: con el deber de que aquello que heredamos no termine siendo solo un recuerdo.
Lentamente, poco a poco, para ir descubriendo el lado oscuro…
Olas de trigo; por Ángel Luis Casado Molina
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