
Quedan aún una serie de oficios de esos que penden del hilo de la confianza que nos deparan sus maestros. Me acuerdo del relojero, del zapatero, del abogado y boticario de siempre, del mecánico, del veterinario que atiende nuestros perros y mascotas, del dentista u oftalmólogo de toda la familia, etc., etc. Todo un popurrí de profesionales a los que, por diferentes vínculos, quedamos ligados desde la tranquilidad que nos da entender que estamos en buenas manos.

El maestro armero no deja ser uno más de la lista, pero en el caso que nos atañe, tendrá que lidiar con la tara de que, tras su trabajo, las culpas no sean del arco y sí del indio, no nos vayamos a acordar de quien le trajo a este mundo, que, a buen seguro, no tendrá vela para este entierro.
Hay quien acude a solucionar un problema del arma como el que lleva a un hijo al médico, cariacontecido, superado por no saber qué le ocurre, si tendrá o no pronta recuperación. Y, aunque no sea mi caso, en la puerta estoy, picando el aldabón.

Un humilde homenaje a todos los armeros que quedan en este país
Me encuentro en «un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…», con Jesús, en su taller. Sin más detalles, porque mi intención es hacerle un humilde homenaje a todos los armeros que quedan en este país. Formado a la sombra de Máximo Pérez (Maxi), maestro de Somontes, cercano a Pepe Viaji y a su sobrino, Dani. Hablamos de jamón ibérico cien por cien, gente pata negra.
En el interior, bajo un silencio cómplice que inunda el taller, queda el espacio a merced de los cinco sentidos donde, como fruta madura, habrá de llegar el resultado que buscamos. Fruta madura reflejo del tiempo, de su lento caminar. Las prisas, la inmediatez han de quedar en la puerta que, en este gremio, no parecen tener cabida.

Jesús escoge una herramienta con la parsimonia que conduce a la precisión
De una pequeña alacena cuelgan herramientas que interpreto elegidas, aunque a algunas las llego a reconocer. Jesús escoge una con la parsimonia que conduce a la precisión. Así se mueve todo en este habitáculo, en el que veo fundas de escopetas que me recuerdan de inmediato tiempos pasados. A aquellas migas rematadas sobre ascuas, volteadas sin descanso, con tesón, que en el plato ofrecen el premio de degustar lo que con tanto esfuerzo se había llevado a cabo. Y esas otras armas que, al contemplarlas, me llevan, sin dudar, de rececho o espera. Porque las armas hablan, dicen sobre sus dueños.
La armería es un bazar de problemas y averías
La armería es un bazar de problemas y averías que me trae a la memoria el dicho aquel de que «no hay dama que no tenga ‘pero’», que parece venir a justificar la existencia de talleres y manos como las de Jesús. De este hospital y de lo que tanto apreciamos por ser parte de la historia de nuestra vida y la de nuestros antepasados. Donde las armas descansan como el soldado que, tendido sobre la cama, espera a que le llegue el turno de ser intervenido y resuelvan su «pero».

Desde percutores rotos, culatas partidas, cantoneras por adaptar, barnices a corregir, etc. Esas piezas perdidas de fábricas que ya no existen o porque dejaron de fabricarse y hay que crear de nuevo, modelando, limando, puliendo el acero hasta conseguir la réplica exacta. A picados por remarcar, piezas de madera por insertar… que el abanico puede ser y es interminable. Pavonados en frío o al ácido por oxidación. También en caliente o alcalino, que cada uno tiene una terminación diferente, como su coste final.

Trabajo artesano que exige vocación a raudales. De Oficio y Maestría, permítanme las mayúsculas
Lugar de nogal y acero. Trabajo artesano que exige vocación a raudales. De Oficio y Maestría, permítanme las mayúsculas. De noble arte, donde verdaderas chatarras renacen en auténticas joyas. Donde casi todo es posible gracias al buen hacer de los verdaderos maestros. Donde, a veces, el precio es un imposible porque el resultado es un milagro y eso no tiene precio ni quien lo fije.
Y retomo el citado Quijote, para intentar desfacer el entuerto en el que se ve envuelto este gremio por el uso generalizado de ¡¡las quejas, al maestro armero!!, como recurso para quitarse de encima cualquier reclamación, del orden que sea: ¡qué sólo carguen con las que verdaderamente les correspondan y ninguna otra que no sea de su menester!, siempre que no tuvieran arte ni parte, claro. Porque, como sabemos, hasta el mejor maestro…
Al maestro armero; texto y fotografías de Ángel Luis Casado Molina
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