Ella, que lleva años caminando sola, si estuviera en clase, lo haría sentada en el último banco, aguantando el acoso con la cabeza bien alta.
No tiene amigos fuera de su entorno donde cualquier otro alumno sería siempre favorito, fuese animalista, urbanita o vegano. Sabe que le toca sufrir, pero se niega hacerlo en silencio; aún no ha perdido el orgullo.
En su andadura ha pasado de ir bajo palio a no quitarse ese halo de repudio que la persigue allá donde va, que le empuja hacia lo marginal, hasta lo clandestino. Mientras, se va haciendo mayor y necesita apoyos para seguir. Los años han hecho mella donde más le duele: en el relevo de los que nos siguen.
Practicarla, a este paso, va a ser más una hazaña que un ejercicio.
Resulta curioso comprobar como una sociedad que necesita de su existencia no solo la ignora, sino que, además, la denosta.
–Y usted joven, ¿a qué se dedica? –me peguntó con simpatía una responsable de enfermería en el hospital recientemente.
–Yo escribo artículos y libros de caza –respondí.
–¡Ay, hijo, yo… es que a mí me gustan mucho los animales…!
–¡Y a mí!, pero alguien tendrá que controlar las poblaciones…
–Sí, eso sí, pero…
Creo que resulta descriptiva la conversación: la gata Flora, si se la meten chilla y si se la sacan llora.
La patada hacia adelante, que nunca resuelve nada, parece el deporte político de moda. Necesitamos la implicación y apoyo de las Administraciones y la UE para intentar despejar los nubarrones que se ciernen sobre nuestra afición. Vayan teniendo en cuenta (los citados) que difícil solución tendrán dentro de un tiempo las poblaciones que puedan llegar a quedar fuera de control y peor aún ha de ser, si el número de practicantes continúa menguado hasta alcanzar cifras que su actuación llegue a ser tan improductiva como irrelevante. Sigan mirando hacia otro lado, pero no por ello podrán obviar por mucho tiempo la realidad que se nos viene encima.
La ya rancia cultura del descrédito que, con tanto afán se lleva a cabo, como las continuas exigencias burocráticas para poner en práctica su ejercicio, son un paso por el que hay que cruzar. Paso que supone un esfuerzo tan considerable que se está ‘logrando’ que cada vez haya menos gente dispuesta a liderar cotos, sociedades y cuadrillas. Hoy, ser responsable de cualquier acotado conlleva un nivel de responsabilidad y papeleo que a muchos les ha dejado de merecer la pena, abandonando, incluso, hasta la propia actividad cinegética ante tanta insensatez.
¿Y entonces?
Un cazador no se improvisa en dos días. Ni tampoco se forma en un curso acelerado del INEM o como se llame ahora. Aquí, primeramente, hace falta afición que funcione como argamasa de todo lo demás. Y, además, requiere de constancia, sacrificio, tiempo y dinero (de cada cual, aclaro). No parecen pocos requisitos.
Y si lo anterior se logra, la sociedad, más aborregada aún que el día anterior, seguirá llamándole asesino, entre otras lindezas. Y continuará ahogándole en trámites y gastos hasta llegar a romper la cuerda de su paciencia y bolsillo.
Las consecuencias para la fauna, la naturaleza y las personas llegarán, así que cuidado con alcanzar el punto de no retorno.
Si bien la Historia se escribe a contra rastro, el futuro no ha de venir marcado por una huida desnortada, sino desde el sosiego, que suele proponer o dar fruto a las mejores ideas. La educación parece el camino más corto y efectivo para recuperar el respeto y espacio perdidos entre nuestros iguales.
La Caza merece el esfuerzo de intentar cambiar el color al oscuro destino que la aguarda.
Hurgando en la herida, por Ángel Luis Casado Molina
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