Con la caza a cuestas

Tres meses, tres semanas y tres días, por Ángel Luis Casado

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Tres meses, tres semanas y tres días…

Estamos en el tiempo que anda la hoja del roble queriendo romper las yemas y empezar a asomar. La naturaleza entera, poco a poco, va despertando del suave pero húmedo final del invierno. Todo parece en movimiento.

Estos ciervos enanos lo hacen todo a base de ladridos

Llevo días sin dormir bien. Uno, que ya de por sí lo hace regularmente con un ojo abierto, si además tiene cerca a unos pelmas que se pasan el día ladrando… ¡Podrían arreglar sus diferencias sobre lindes o amores, como nosotros, a jetazo limpio y sin molestar! Estos ciervos enanos lo hacen todo a base de ladridos y de persecuciones hasta la extenuación. Si tienen miedo, ladran. Si retan al contrario, ladran. Si discuten, lo hacen ladrando. ¡Así no hay quien pegue ojo! Por eso, cuando me los encuentro por mis correrías, los acoso hasta sacarlos del valle, aunque a los pocos días me los vuelva a  encontrar floreando el entorno, como si cualquier cosa, como si fuera suyo. Tendré que recordarles quién manda aquí, pero es que, sólo con verme, ¡huyen!

Les tengo tanta manía como a sus parientes mayores. Sobre todo, pasados los meses de más calor. La próxima vez, al primer bramido, tomaré las de Villadiego y cambiaré de querencia, a ver si logro alejarme de sus insoportables y cansinos berridos.

Los he visto estar con la caña echada y no coger ni una trucha en todo el día ¡Al humano no hay quien le entienda!

Me dijo mi nuevo escudero que han prohibido la pesca hasta junio y que los pueblos se han quedado aún más apocados. Parece que no tienen derecho a ninguna fiesta y, esta de la pesca, lo es para los paisanos y otros muchos que llegan de lejos, que aguardaban la temporada con impaciencia y verdadera ilusión. Los he visto estar con la caña echada y no coger ni una trucha en todo el día, pero había otros que la cosa se les daba mejor ¡Al humano no hay quien le entienda! Lo tienen en la puerta de casa y no lo pueden tocar. Pero si mis mayores contaban que toda la vida los han visto pescar y ¡ahí siguen el río y las truchas! Desde el encame veo coger más peces a los cormoranes, pero nadie les pide papeles… ¡Ellos verán!

Sin pescadores la vega está muy tranquila y tan limpia de rastros que anoche mismo anduvimos a lombrices por la orilla del río. Como no hace frío y el suelo no está helado, se encuentran mejor. Y, ya puestos, ¡cómo no aprovechar para darle una vuelta a los cangrejos, que nos hacen perder el sentido! La verdad es que, al final, apuramos demasiado en los prados cercanos y los primeros rayos de sol nos cogieron con el lomo al descubierto. Hubo que acelerar el paso hasta lo oscuro. Al trote cochinero, que dicen por ahí.

Ayer, cuando me recogía, le corté el rastro a ese que llaman lobo

Hace tiempo que no me cruzo en mis correrías nocturnas con la madre de mis últimos rayones. No me gustaría dar con su pellica tras cualquier escoba. No me huele bien. Ayer, cuando me recogía, le corté el rastro a ese que llaman lobo.

Esto se pone difícil y complicado, muy feo. No dejo de aprovechar, cuando estoy en duermevela, en afilarme las navajas que ya me sacaron de más de un apuro. La última vez le medí la barriga al valiente de la manada y dejó de aullar para siempre. Los demás lo vieron y no se han vuelto a acercar por el encame.

El campo está rebosante de hierba y flores, lo mismo que de lobos. Los paisanos, a lo primero, lo llaman primavera.

Me sopló el viento que mis primas campean por la dehesa y alguna debe andar alta

El fanfarrón de la umbría, al que se la tengo jurada, ha vuelto a dejarse cerdas en el alambre de espino que corta el valle. Voy a tener que tantearle de nuevo la dureza del escudo si me lo vuelvo a encontrar por aquí. Avisado está, pero es un poco gallo.

Por el camino del alto, en la cuerda, dejaron clavadas sus huellas la manada de lobos, iban tras el cervuno, los sentí correr en alocada huida. Mientras se entretengan con ellos y no quieran arreglar cuentas pasadas la cosa irá bien.

Mañana volveré a visitar los alrededores de la zahúrda de Tomás. Me sopló el viento que mis primas campean por la dehesa y alguna debe andar alta. Las he oído correr alegres rebuscando por entre las hierbas y a nadie le amarga un dulce, menos aún montar hembras de tan alta clase. Por ibérica la conocen. Van a saber de lo que es capaz un montaraz Sus scrofa.

Será esta noche, que aún anda la luna con la mitad de la cara pintada ¡La prudencia no hay que echarla nunca en olvido!

¡Arre que es tarde! Me voy al encuentro de esa hembra dándole esquinazo al escudero que, para estos menesteres, me sobro y me basto. Me arriesgaré a ir porque estas hambres de copula ¡dan más cornás que un toro bravo!

Mi mal de amores quedó apagado en seco por el plomo de una bala de la de los ojos negros

Pero, de tanto ir el cántaro a la fuente, la segunda noche andaba Tomás echado en el camastro bajo la ventana de la cocina y hasta sus oídos llegó el jaleo del acoso a sus marranas, de tal modo que mi mal de amores quedó apagado en seco por el plomo de una bala de la de los ojos negros, que entre sus manos apretaba, mientras se le dibujaba en su cara una mueca de interminable regusto. Regusto ignorante del final de mis aventuras.

Bajar la guardia, apagar los instintos me hizo perder lo más valioso que tenía. De nada sirvieron mi aguzado oído ni mi fino olfato ni mis afiladas navajas, porque por amor todo se puede echar a perder y esta noche se me ha empezado a poner cuerpo de difunto.

En un instante he pasado de disfrutar del mayor de los placeres a verme convertido en sartas de chorizos y cecinas del techo suspendidas, sobre varas de avellano, en esa vieja casucha.

Esa fue mi última visión. Ahí se me apagó la luz.

Tres meses, tres semanas y tres días después de aquel encuentro…

Tres meses, tres semanas y tres días después de aquel encuentro, lucen la inconfundible capa rayada los descendientes del atrevido galán, con insensata alegría, que diría el maestro, ante los atónitos ojos de Tomás, dueño del hato.

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… Tres meses, tres semanas y tres días.

Tres meses, tres semanas y tres días, por Ángel Luis Casado Molina

www.librosdecaza.es / info@librosdecaza.es

 

Del revés montería
Hablando de CORZOS es el quinto libro de Ángel Luis Casado Molina, ¡ya está disponible la tercera edición!

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