
Me remuevo inquieto en la cama y noto ese sobrepeso con el que la falta de descanso te castiga. Con él habrán de lidiar mis piernas, precisamente hoy, que pretendía estar fresco para darle un buen repaso a la zona elegida para cazar.
Tentempié rápido porque el tiempo vuela; pretendo ganarle la carrera al amanecer y ser testigo principal del despertar del campo.
Primerizo en estas lindes, temo que la oscuridad desoriente mi destino, aunque, realmente, poco importa si finalmente es el cuartel tres y no el cinco donde aterrice; total… para quien no sabe dónde se esconde el tesoro…
Por fin, rumbo al monte
Cargo el coche y cierro rápido el maletero, intentando arañar segundos que solo al estrés engordan. Pero no cierra. Vuelvo a abrir, rumiando frases en arameo que poco ayudan al sosiego. Y es que el vehículo va hasta las trancas, ¡y viajo solo! Por fin, rumbo al monte.
Creo que este es el camino. Lo intuyo. Porque de noche todos los gatos…, ya saben, y lo que me pareció corto el día que me enseñaron este y otros treinta y siete más, hoy se me está haciendo muy largo.
Continúo a tientas unos cientos de metros y me detengo. La noche sigue cerrada. Hasta la luna me da la espalda. Confío en que la suerte sí venga de frente. Me abrigo, siento frío y me tiemblan hasta las canillas.
Hoy soy el becario que anda descubriendo el coto
¿De dónde viene el aire? Ese «fijo discontinuo» que me obliga a tirar por el camino contrario al que pretendía, aunque, ¡qué más da! Hoy soy el becario que anda descubriendo el coto, sus rincones, su cara… monte a través, aprovechando las servidumbres que ofrece el campo en forma de trochas, pastizales y pasos, que facilitan el rececho; la búsqueda del corzo, mochila en ristre y rifle al hombro.
Desde la fe de una afición que me hace creer en su existencia, por encima de cephenemias, furtivos y posibles excesos de años anteriores, por qué no, precinto en mano, camino y me siento afortunado de estar aquí, de poder intentarlo.
El manantial se agota, como el cántaro que tanto va a la fuente y termina hecho trizas. El campo necesita tiempo y respeto para seguir dando frutos, que se mueven en cifras de tres ceros la unidad y delante, el dígito que quieran.
La fortuna me sonríe…
Me recreo mirando las figuras lejanas de una hembra y lo que parecen sus crías. Comen en el borde de una siembra verde que delata sus capas aún grises. Busco al padre, que completaría el cuarteto, pero pinta que hoy no habrá concierto.
La fortuna me sonríe, o eso quiero pensar. En la ladera de enfrente, entre lo sucio del monte, asoma un corzo. Apenas un movimiento, pero suficiente. Me detengo en seco. Apoyo el trípode con cuidado, como si el ruido pudiera delatarme a esa distancia. El pulso, que hasta ahora iba acompasado al paso, empieza a ir por libre.
Me descuelgo el rifle sin apartar la vista. Ahí sigue. Tranquilo. A su aire.
La imagen se acerca y, con ella, las dudas: seis puntas, finas, cortas…
Lo busco por el visor. Primero lo pierdo. Respiro. Vuelvo a encontrarlo. Ahora sí. Se mueve despacio, ajeno. Le meto aumentos. La imagen se acerca y, con ella, las dudas: seis puntas, finas, cortas; cabeza y cuello de jovenzuelo. Un animal con futuro, si la fortuna le acompaña.
El dedo se acomoda donde sabe. Pero no aprieta.
No hay prisa. Hoy no toca.
Lo observo un poco más. En unos segundos que parecen más largos, el lance se resuelve solo: baja la cabeza, se pierde entre la maleza, como si nunca hubiera estado.
Ese instante en el que todo depende de uno mismo… y uno decide
Sigo descubriendo caminos al andar, rincones que observar. Esta caza se hace de mirar y mirar. No de correr… sí de creer.
La rutina diaria se altera con los horarios del corzo desde que se abre la veda, y lo noto cada año más. El sol ya se ha impuesto a la noche. El frío se retira despacio, como si también le costara marcharse, mientras el monte empieza a llenarse de vida.
No he cobrado pieza, pero me llevo el amanecer, el camino, las dudas, alguna respuesta y ese instante en el que todo depende de uno mismo… y uno decide.
El tesoro, al final, nunca estuvo escondido.
En busca del tesoro; por Ángel Luis Casado Molina
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