
Gacelas persas.
Como desde hace muchos años, voy a intentar, en primer lugar, sacar una sonrisa a mis tocayos/as y, en segundo lugar, a todo el mundo, aunque no se llame Pepe/a, en estos tiempos revueltos entre los que nos tienen liada los yankees, los judíos, los persas y también los ciudadanos del resto del mundo, a los que el «no a la guerra» nos afecta por igual.
CUENTO DE SAN JOSÉ 2026
Sin oportunidad en la subasta de machos de Gredos
Nuestro cazador oportunista, después del cierre de la teórica desveda general de la temporada de caza mayor –que en España no se acaba nunca en los doce meses del año–, en vez de limpiar las armas, le empieza a dar al magín. Y al muy bacín no se le ocurre otra cosa que acercarse a Candeleda, Ávila, para el sorteo de Gredos, con la inútil esperanza de que, como tendremos cabreados a los treinta millones de cazadores yankees por las banalidades de nuestros políticos –a la cabeza, el presidente nacional–, va a encontrar machos a tutiplén, acaso por debajo del precio de salida.
Y, claro está, se lleva un chasco en su primera puja y ya ni se atreve a meter una nueva plica. Se limita a ponerse feo en el aperitivo y a rematar en la comida «hakuna bei» (gratis en suajili), pero vuelve a casa con el rabo entre las piernas.
Algo más baratos han salido los lotes en la subasta este año, pero si miramos la cotización del dólar y que seguro que algún americano se cisca, porque se haya molestado en las declaraciones de nuestro bien amado mandamás político, pues es comprensible la baja en el precio y que dejemos de ser, para algunos votantes republicanos americanos, buena gente los españoles en general, y los comunistas y afines en particular.
Como dice Tony Sánchez-Ariño, «dulces y al lado del camino no existen»
Entonces tira de recursos y pone en acción a sus contactos internacionales. Cosecha malas fechas disponibles y férreos precios, cuando él aventuraba agendas vacías y gangas en las cotizaciones. Pero es un nuevo Aquiles, fértil en recursos para incidir en destinos asegurados donde hay poca, escasa o nula seguridad, y es posible encontrar el superchollo económico.
Desarrolla una gran actividad cibernética, descubriendo que, como dice Tony Sánchez-Ariño, «dulces y al lado del camino no existen», con referencia a las naranjas, y paradigma del resto de lo que se nos ocurra.
Oferta en Irán
Después de mucho brujuleo y de solicitar hasta el tipo de bala, grains y año de fabricación del proyectil (no es pesado ni ná el gachó del arpa), se decide por una oferta para cazar en Irán. Le han hecho un precio irrechazable para hacerse la foto de seis especies que nunca ha cazado y, por un precio que roza lo ridículo, las añadirá a su palmarés para conseguir la Gran Luna Cinegética de las Especies del Cercano Oriente.
Como la cosa anda chunga para entrar en Irán –ya se sabe que hay un poco de jaleo ahora–, solicita en la embajada en Madrid un visado para concertar entrevistas con exportadores de pistachos que, junto a las alfombras y el caviar, son los tres únicos artículos que se envían a Occidente. Y obtiene la papela, pero sin incluirla en su pasaporte, pues si no le impedirá, tal vez para siempre, su entrada en los Estados Unidos.
Ya con el primer requisito conseguido, abona en efectivo a un propio que lo recoge en su domicilio la cantidad de 18.000 €, producto de multiplicar seis especies por 3.000: total, los 18.000 ya desembolsados.
Como no puede volar a Teherán, le indican que llegue a Karachi (Pakistán) vía Estambul y que luego es un corto paseo en coche hasta la frontera persa.
Debe demostrar que va de business pistachero y, en absoluto, de caza
Las vísperas previas al viaje son emocionantes, repasando el magro equipaje, que hay que hacerlo de modo inteligente, ya que debe demostrar que va de business pistachero y, en absoluto, de caza.
En los vuelos va repasando las imágenes del Transcaspian, del Kerman, del Shiraz, del Afghan, del red, de la gacela goitered o persa, que suman sus seis trofeos deseados y pagados, y, en último lugar, del bezoar, que ya lo tiene de Turquía, pero si ve uno muy grande por solo tres mil pavos, se lo lleva.
La recepción en el aeropuerto es más bien fría, pero se calienta cuando le exigen 1.000 dólares por el transporte, que abona a pesar de sus protestas, alegando que tiene todo pagado y mostrando un recibo al que no le hacen ni caso.
En un Tata Sierra
Le meten en un Tata Sierra, quizás de las primeras unidades que se fabricaron en 1991. A las cuatro horas de botar por los inmensos baches de lo que un día fue asfalto, paran el coche, se bajan sus tres acompañantes, extienden sus alfombras, se arrodillan y vociferan muy alto para que les oiga bien el profeta.
Nuestro héroe se alivia la vejiga y espera en su asiento trasero a que acaben sus obligaciones con Alá.
Otras cuatro horas más: paran en un puesto fronterizo y le piden los 500 $ convenidos como «paso de fronteras». Si antes se alivió de sus necesidades, ahora se alivia de nuevo de su cartera.
Después de otras cuatro horas –y de dar más botes que un base en un partido de baloncesto–, se detienen delante de una humilde casa terrera. Le bajan su bolsa y él decide que también tiene que descender del vehículo. Al hacerlo, siente que tiene todos sus huesos molidos, pero en su sitio. Y decían que el viaje era como un agradable paseo en un bonito campo de golf.
Una sopa, una alfombra y cuatro mantas le proporcionan antes de señalarle un rincón…
Entra en el edificio y sus tres acompañantes se han multiplicado por dos: ahora son seis los que ocupan una habitación grande con sus alfombras, arrodillados, mirando en una sola dirección, mientras, en voz muy alta, cumplen con sus obligaciones religiosas vespertinas.
Una sopa, una alfombra y cuatro mantas le proporcionan antes de señalarle un rincón, que será su «suite» para los próximos días.
No pasa frío por la noche, pero incómodo apenas duerme, oyendo los resoplidos de sus seis acompañantes. Cuando estaba descabezando tal vez el único pestañazo, de repente un coro de voces le hace actuar como un muelle al incorporarse asustado, pero es solo la oración matutina.
Un tazón de té, un pan seco y una confitura de origen desconocido (¿será pistacho?) es su desayuno.
Probando el AK-47
Se viste con sus galas de cazador, sale al exterior: delante suya, una llanura sin vegetación y, al fondo, una larga cordillera de montañas peladas.
El conductor –tal vez el jefe– ordena que coloquen, a una distancia de unos 50 metros, una caja de cartón, y le pasan un AK-47. A él le han prometido que dispondrá de un .270 Short Magnum con una mira telescópica Nightforce de hasta 34 aumentos. Lo del Kalashnikov supone que será para que compruebe lo bien que funcionan estas armas.
Le indican que dispare a la caja. Realiza un tiro: no toca la caja. Otro, tampoco. El jefe tira con el mismo resultado con la misma arma, pero no pasa nada, porque aparece otro AK-47 y, con este, ante la satisfacción y aplauso general, percute una sola bala en la caja.
¡Gacelas!
Los seis más uno, dentro del coche –tres delante, el resto detrás–, empiezan a rodar por la llanura sin camino definido. Todos comienzan a chillar cuando ven el polvo de un grupo de animales: son una docena de gacelas que se encaman en la montaña cercana.
El coche las sobrepasa. Descienden los tres que aparecieron ayer. El coche deshace el camino, se meten en un pequeño cañón en la falda de la montaña, donde los dejan. Ganan andando unos 200 metros y allí se quedan, cada uno con un AK-47. Las preguntas sobre el Christensen del .270 se quedan sin respuesta en el aire, al imponerle silencio y ordenarle que esté atento a la llegada de las gacelas.
El grupillo de animales va careando en su dirección, empujado de modo sabio por los tres ojeadores. Se mueven lentamente hacia ellos, triscando algo de la pobre hierba seca de la zona.
Cuando están a unos 50 metros, le dicen que dispare. Apunta al macho que parece más grande y dispara, pero falla. Los animales, a la carrera, se acercan. Tira una vez, otra vez, y sus dos acompañantes se lían a tiros con el rebañito para, a renglón seguido, salir a todo meter. Unos últimos disparos dirigidos a animales heridos ponen fin a la batida.
Todos están encantados ante el fabuloso resultado, dándose grandes abrazos y algunos besos
El conductor –el jefe, con toda seguridad– se acerca hacia él, le da la mano y, sonriente, levanta tres dedos. Nuestro Nemrod se acerca a los pobres animales acribillados: un macho pequeño, una hembra con leche y un chotito, un corderito, una cosa mínima aún lactante, quizá la cría de la hembra.
Le hacen, con su teléfono móvil, unas fotos con el machete. Bueno, piensa, pequeño, pero me vale para la Gran Luna. Solo me quedan cinco animales más.
Llegan los batidores. Todos están encantados ante el fabuloso resultado, dándose grandes abrazos y algunos besos. Vuelven al campamento, quitan la piel a los dos adultos y, para el pequeño, preparan un agujero, haciendo un horno rústico donde meten a la cría con su piel y vísceras para asarlo.
Como nuestro cazador está cansado por la pasada vigilia nocturna y se da cuenta de que la cacería se ha acabado por hoy, entra en la casa, se arrebuja en las mantas y se queda dormido como si fuera un niño en brazos de su madre.
Noche estupenda… Día horrible
Una noche estupenda, los ánimos a tope, y entiende que van a intentar el urial. Día horrible: paliza histórica, más de treinta kilómetros entre peñas, cárcavas, colinas, piedras, secarrales… Lo único bueno, el té caliente saliendo de un bonito samovar. De uriales dijeron que habían visto uno; debería estar en las chimbambas persas.
Por la noche devoraron a la gacelita. No quedaron ni las pezuñas. No estaba mal el asado, pero apenas lo probó, de lo muerto que se encontraba de cansancio.
Mala noche, pocos ánimos y, de día, más urial y mismo resultado negativo; eso sí, el té del samovar, muy estimulante. Apenas probó bocado del guiso de la gacela madre.

íbices bezoar.
Turno de los bezoares
Otra noche, pero con pesadillas y con angustia de embarque. Apenas pegó ojo. Casi escalaron la montaña y, al final, tiroteo contra los bezoares. Resultado, después de otra larga batida: un macho, una hembra y una cría. Fotos de mala gana. Esa especie ya la tenía cazada en Turquía.
Solo el té del samovar le reconforta. No come nada: se va a quedar como un alfiler de delgado.
Una noche más se la pasó entera contando ovejitas –en este caso, de bezoar–, pero sin resultado, lo mismo que el intento diurno de urial: cero patatero. Para fastidiar, rechaza el té del samovar. Y, como no puede ayunar más, come algo del bezoarcito asado.
Duerme como un lirón hasta bien entrada la mañana. Cuando se despierta, todos siguen dormidos y, cuando se levantan, entiende que se van y que recoja sus bártulos.
Magnífica noticia. Espera ir a una zona de Kerman, de Shiraz, de Afghan y de red. Pero acaban retenidos en la frontera de Pakistán por intentar pasar carne de caza. De papeles llevan menos que una liebre y, después de siete angustiosas horas –y tener que soltar la mosca en nombre de todos–, les autorizan a pasar, pero dejando toda la carne.
Y la caza se acabó
Ya solo van tres en el coche; por lo menos no va apretado como piojo en costura. Cuando pregunta por dónde entrarán de nuevo en Irán, logra entender que se dirigen a Karachi y que la caza se ha acabado.
Monta un escándalo y paran en la siguiente gasolinera. Mientras se toma un asqueroso té frío en un vaso de papel, le extienden otro papel, que reza que el compromiso de seis animales se ha cumplido con las tres gacelas y los tres bezoares, pero que debe, como extra, 46 tés del samovar –los que bebieron entre todos–, y que eso es un suplemento. La cantidad supera a seis botellas de Pingus en un restaurante apañado.
Abandonado e incomunicado
Como a voces dice que no piensa pagar, el chófer –el jefe– se acerca al coche, saca su mochila, se la deja en el suelo y se van con el Tata de la gasolinera.
Intenta hablar con el único empleado, pero solo habla farsi. Su teléfono está sin batería. Logra que le permita enchufarlo a la corriente eléctrica y, cuando lo enciende, comprueba que allí no hay nada de cobertura.
Han pasado dos horas desde el abandono. La tarde empieza a declinar. Le entra un súbito miedo. Ya es de noche y se acerca un coche con las luces encendidas: es otro Tata… no, es el mismo.
El fin del cuento de San José 2026 queda a cuenta de la fluida imaginación del querido lector
El jefe sale del coche, le recoge su bulto y extiende la mano abierta, que en todo el mundo es señal inequívoca de pedir. Y nuestro héroe suelta el mazo con todos sus últimos dólares.
Menos mal que ya era noche cerrada y no le vieron llorar a nuestro cazador oportunista dentro del coche hindú.
No lo mató de vuelta a España de casualidad… o acaso lo piense bien y lo haga.
Mejor dejo de escribir y pongo el final de este cuento a cuenta de la fluida imaginación del querido lector.
Cuento de San José 2026; por José García Escorial
Paoland Lodge, Alicedale, Eastern Cape Province, South Africa
19 de marzo de 2026 (Fiesta de San José)
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