
Conocí al amigo Aquilino hará ya la friolera de veinte años. Por aquel entonces acababa de comenzar en la andadura de esto de las crónicas monteras, que no de las monterías, de las cuales ya llevaba otra década a mis espaldas.
Recuerdo que me había citado Borja Galavís para cubrir la crónica de una de sus monterías de la ya desaparecida organización de Vegas del Sever. Era ya finales de temporada, concretamente principios de febrero, y se iba a montear la finca de Valdecaballos, muy próxima a Valencia de Alcántara.
Él era así: un hombre callado que, con intención de ayudar, ofrecía lo poco que tuviera
La junta fue en el «Cerro de las Pulmonías», y allí me fui presentando a la organización y a los monteros presentes, que siguieron atentos las instrucciones del amigo Borja justo antes del sorteo.
El día estaba frío, más bien congelado, dado que comenzaban a caer copos del cielo, creando un entorno idílico.
En suerte, el 3 de la armada que ponía el amigo Aquilino, quien nos indicaba que el estado del camino no era demasiado bueno y que tuviéramos prudencia con los vehículos.
Como os podéis imaginar, la tormenta, lejos de amainar, se convirtió en una gran nevada que caía copiosa, lo que no impidió terminar de montear la mancha.
Yo, nada precavido, ni capote ni paraguas, y el amigo Aquilino, según íbamos montando los puestos, me preguntó si no llevaba nada para refugiarme. Al ver mi cara de póker, me ofreció su paraguas, que llevaba abierto, y me indicó que no lo perdiese, mientras continuaba arroyuelo abajo con su chubasquero poniendo las puertas.
Y es que él era así: un hombre callado que, con intención de ayudar, ofrecía lo poco que tuviera.
Aquilino nunca buscaba protagonismo y era, a la vez, un gran conocedor del campo
De aquella ocasión se me quedó grabada la acción y, poco después, comencé a cazar con el grupo de una manera más asidua, lo que me permitió conocerlo un poco más a fondo.
Aquilino era una persona que no destacaba, que no buscaba el protagonismo. Un hombre callado, educado y que no presumía de sus logros, pero que, cuando entablabas con él una relación más cercana, alegraba el día a cualquiera.
Era toda una caja de sorpresas, porque nunca sabías con qué ocurrencia te iba a salir, y sobre todo, un gran conocedor del campo: de las fincas de su zona y de los animales, sus querencias y la forma de ganarles la partida.

Para mí, y para «los niños», fue todo un referente
Por aquel entonces, con mis veintipico, tenía mucho rodaje por hacer, pero de un solo vistazo era capaz de darme cuenta de las personas a las que había que hacer caso cuando de cosas del campo se trataba y, sin duda, el amigo Aquilino era alguien de quien había mucho que aprender.
Para mí, y para «los niños», fue todo un referente que nos enseñó a comportarnos y a adivinar querencias para adelantarnos a la caza y tener éxito en nuestros lances.
Más de una vez organizó la «armada de los niños», algunas de difícil acceso, y por ello nos aventurábamos un servidor junto a los hijos de algunos clientes a «hacer nuestros pinitos» como monteros.
Fui capaz de «robarle» más de dos fotografías reflejo de ese carácter bonachón y jocoso, pero nunca con un trofeo
Nunca fui capaz de sacarle una foto con un trofeo –y fueron muchos, muchos los que abatió durante aquellas temporadas–, aunque sí logré «robarle» más de dos fotografías reflejo de ese carácter bonachón y jocoso que únicamente mostraba cuando se encontraba en familia. Ese era el amigo Aquilino: otro maestro que echaremos mucho en falta. Que Dios quiera que nos espere por mucho tiempo ahí arriba y con el que, a buen seguro, volveremos a montear.
Un abrazo, amigo. Esto no es un adiós, es simplemente un ¡hasta luego!…
¡Hasta siempre, Perdigón! Texto y fotografías: Carlos Casilda Sánchez

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