
De poco sirve vivir mirando hacia atrás, aunque de cuando en cuando convenga volver la vista y recordar el camino recorrido.
Dando un pequeño paseo por ese pasado, cuando la edad nos permitía ver correr el tiempo sin preocupación, me encuentro con que si de algo podíamos presumir saliendo de caza entonces era de sentirnos libres yendo al monte, vagando por los campos, sin más horizonte que levantar perdices, hacer saltar a la rabona o dar con el conejo, que hacía bueno hasta el peor de los ranchos.
El campo muestra hoy un rostro muy distinto al que conocimos
Ahora, la pintura, el decorado e incluso los actores han cambiado. Han desaparecido la mayoría de las fuentes, antes abundantes y hoy en claro peligro de extinción. Crecieron construcciones por todos lados. Surgieron alambradas. Los caminos llegan a cualquier rincón. Brotaron tendidos eléctricos por doquier y, ¡cómo no!, esos nuevos invitados gigantes que todo lo invaden y tanto espantan: los molinos eólicos, acompañados de sus primas hermanas, las placas solares, que tampoco pueden faltar en esta cita.
En conjunto, el campo muestra hoy un rostro muy distinto al que conocimos.
Vivimos tiempos tecnológicos que todo lo arrastran, pero no hay que dejarse llevar. Sirva como ejemplo principal el móvil, capaz de cercenar, con anestesia, eso sí, la libertad de disfrutar del campo con intensidad. Porque, en la soledad del monte, tanto aporta como resta si nos aleja de lo que tenemos delante. No dejo de reconocer su utilidad; a ver quién es hoy capaz de salir sin él, pero no ha de faltar la sensatez para reservarlo a lo imprescindible. De lo contrario, ¿para qué hacemos el esfuerzo de salir, si luego nos mantiene la cabeza en otro lugar?
¿No se ha preguntado alguna vez si está prestando atención a aquello por lo que decidió ir al campo?
Térmicos, termitas son en las cabezas sin amueblar…
Más preocupante aún, por lo que conlleva, es el uso de ciertas tecnologías en el noble arte de la caza. Me refiero a los térmicos y visores nocturnos. Herramientas capaces de delatar la presencia de la caza allá donde se encuentre, de día o de noche, y de sustraer al monte piezas que, de otro modo, seguirían formando parte de él.
Térmicos, termitas son en las cabezas sin amueblar… Hay quien, de tanto innovar, se olvida de que la dificultad forma parte de la esencia de la caza.
La caza lo es cuando se cumplen ciertas condiciones. La principal: la incertidumbre, que nos alienta a salir, a buscar, a no darnos por vencidos. Ha de ser incierta. Si esto desaparece, hay que hablar de otra cosa, porque no es la certeza de cobrar una pieza lo que nos hace volver al monte, sino la posibilidad de encontrarla.
Casi sin darnos cuenta, estamos dejando a la caza desnuda de arte y de nobleza
Reflexiones al calor de un tórrido día de campo, a las puertas del verano. Por una afición que siempre entendimos y consideramos como el noble arte de la caza y a la que, casi sin darnos cuenta, estamos dejando desnuda de arte y de nobleza.
Repasando la caza se recorre también la vida. Yo intento hacerlo sin romanticismo ni nostalgia, desde la realidad que nos rodea.
¿Y mañana?
Mañana será otro día. Mientras quede incertidumbre en el monte, seguirá habiendo razones para ir tras ella.
Mañana será otro día; por Ángel Luis Casado Molina
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