‘Luna y berrea en el Cabriel’, por Juan Lobón

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Una de las muchas cosas que logró el 5J fue que muchos cazadores y compañeros que nos conocíamos a través de las redes sociales, nos conociésemos en persona. Una de esas personas fue Sergio. Sin apenas tiempo de hablar tranquilamente, no dudó en invitarme a cazar a su tierra y recogí el guante dispuesto a visitar esa finca que me hizo soñar con futuros lances.

Los que ya me conocéis sabéis que me gusta viajar, empaparme de los paisajes de sus gentes y, sobre todo, seguir aprendiendo cosas para poder escribirlas y que formen parte de mis recuerdos.
El viernes pasado, aprovechando mis vacaciones, me trasladé a Valencia para cumplir con mi palabra de cazar con él. El lugar de la cita era el área de servicio de Villagordo del Cabriel. La finca donde cazaríamos estaba a diez minutos. A la hora prevista llegué, un fuerte abrazo y un café para ir entrando en tema y descansar del viaje que se me hizo cortísimo, antes de ir a la finca. Traslado de armas y equipaje y en marcha. El camino a la finca discurre entre pinos, olivos ,viñas y almendros, estos últimos muy querenciosos para los jabalíes. Sergio me va enseñando la zona y llegando a la finca me pide un favor:
—Eres mi invitado y, como tal, cazaremos como tú quieras y lo que tú quieras, pero te pido por favor que si vemos un venado de 18 puntas que lo llevo siguiendo desde hace cuatro años, me permitas dispararle.
–Ese ciervo es tuyo y, si lo vemos, seré yo el que te anime a dispararle, pues yo vengo a cazar y disfrutar de un fin de semana con amigos, no a quitarte la ilusión de ese gran ciervo que, ojalá, veamos.

cabriel-paisajeDicho esto, llegamos a la finca y, justo a la entrada, un bando de perdices me da la bienvenida, ¡qué tendrán que me ponen los pelos de punta sólo con verlas!
Ya dentro de la finca el camino está flanqueado por una siembra de almendros de los que los jabalíes y cabras monteses están dando buena cuenta. Un puesto en una torreta para hacer esperas lo vigila todo. Una vez en la casa me instalo, nada de comodidades, pasaremos el fin de semana como a mí me gusta, durmiendo poco en un colchón con un saco de dormir y cazando la mayor parte del tiempo.
Me cambio y nos vamos a ver los cebaderos y a enseñarme la finca, no sin antes enseñarme sus rifles incluido un Weatherby 257 que es una preciosidad. Todos los cebaderos están tomados de la noche antes, los jabalíes están muy fijados y en esta época la única comida que pueden encontrar es la que le ofrecen los puestos y algunas almendras. La finca, preciosa, el sueño de todo esperista, con el valor añadido que linda con la emblemática finca de El Tochar, donde se dejan oír algunos venados ya en berrea. Sergio me lleva a un mirador donde se ve el Cabriel y logramos ver sin prismáticos una cabra y su cabrito. “Aquí tienen que anidar halcones seguro –le comento a Sergio–, esto es idóneo para ellos”, acantilados y salientes donde hacer sus nidos y comida de sobra, pues las torcaces son muy querenciosas.paisaje-cabriel

Volvemos a la casa dispuestos a comenzar la espera, en el puesto del campo de almendros de la entrada, pues el aire viene genial y la luna llena nos ayudará a localizarlos. A las ocho y media estamos en el puesto, yo con más nervios que un chiquillo deseando ver algún buen jabalí, pero no hay suerte y a las once nos retiramos a cenar con la intención de hacer un rececho nocturno más tarde. Aunque no vimos nada, sólo disfrutar del paseo nocturno bajo la luna llena mereció la pena. A las dos, a dormir, y a las cinco y media, arriba, pues vamos a recechar un ciervo. De pensarlo se me quitó el sueño, mi primer rececho de ciervo, ¡a ver si tengo suerte!
A la hora marcada nos ponemos en pie, tenemos que trasladarnos a otro coto del que Sergio dispone de precintos, a las siete estábamos bajando del coche y preparando el equipo. Esta finca son todo laderas escarpadas de pino y piedras sueltas y el fondo de los barrancos recorridos por algún arroyo seco. Las bajadas complicadas por el peligro y por el ruido que hacemos, y las subidas duras por la pendiente hacen del rececho una ardua tarea. Después de tres horas de patear, caerme dos veces y no ver nada más que rastros y luchaderos de la noche de un buen ciervo, nos vamos a almorzar que nos lo hemos ganado.
Nos desplazamos al pueblo de Los Isidros, localidad en la que Sergio es muy conocido y en estas fechas se encuentra inmersa en la recolección de la almendra y la vendimia.
Almorzando conozco a Diego, otro cazador y agricultor, que me comenta la problemática que tienen con las cabras y las ciervas. Ya no saben qué hacer para impedir que se coman sus cosechas y, como él, casi todos los agricultores del pueblo que nos veían le dieron queja a mi compañero. El problema que yo tengo aquí, en mi coto de caza, con los conejos lo tienen ellos allí con la caza mayor, y como no, salieron a relucir los salvadores del mundo… Coche y a la casa, donde nos esperan unos amigos de Sergio y una paella como la rueda de atrás de un tractor, como suele decir mi gran amigo José Manuel Alonso. Después de las presentaciones me tumbo un rato antes de comer.
El ambiente distendido en la mesa, como si nos conociésemos de toda la vida, me encantó. Manolo, Fran y Manuel hicieron que la comida y la sobremesa fueran de diez y, pese al cansancio, volvimos a la finca por la tarde a probar suerte.
En esta ocasión nos podríamos de espera, yo en un cortafuegos con mucha visibilidad donde por la mañana vimos un luchadero y Sergio en la otra vaguada. Las vistas, la sensación de soledad, sentirme dueño y señor de aquel lugar hicieron que las horas se pasaran volando y al caer el sol retomé la senda ascendiendo poco a poco por el empinado cortafuegos, sin ver nada, pero contento porque estaba disfrutando de algo nuevo en un lugar nuevo.
Volvemos a cenar a Los Isidros, los dos cansados y Sergio abatido y preocupado, pues no es normal no ver una sola pieza de caza en ese coto. La caza es así, le digo. Cenando conozco a Luis, otro cazador de la zona, habla poco, pero sabe de lo que habla, sin duda, otro amigo con el que no me importaría pasar alguna jornada de caza. A las once llegamos a la casa donde nos espera Manolo, que ha estado de aguardo, y hacemos tiempo para que vuelvan Fran y Manuel y, así, despedirnos.
Quedamos en volver mañana a recechar otra zona del coto, a las cinco y media arriba otra vez. Me tumbo en el colchón envuelto en el saco de dormir mientras observo la luz de la luna que entra por los cuarterones viejos de la casa. Estoy feliz pero cansado.
–¡Juan, Juan! Levanta, ¡qué son las seis y media..!
Nos habíamos quedado dormidos. A toda prisa recojo mis cosas, cargamos el coche y derechos al coto. Esto puede ser una premonición, decía Sergio, y vaya si lo fue …
Comenzamos a caminar, asomándonos en los puntales que daban vista a los valles. De un campo de almendros se arrancan tres cabras a las que Sergio me preguntó si quiero disparar. Le digo que no, que es pronto y puede haber algo más interesante y con el ruido de ocultaría. Desde un cortado seguimos vigilando los rincones de la ladera de enfrente cuando, de repente, vemos como un águila ataca a dos torcaces:
–Es un peregrino -le digo a Sergio.
Impresionante… Falló en la cuchillada y la fortuna quiso que viniese a posarse en la atalaya que teníamos bajo nuestros pies, donde pude corroborar que se trataba de un peregrino majestuoso.venado-berrea-juan-lobon-2 A partir de este momento la adrenalina se dispararía y viviríamos los instantes más intensos del fin de semana.
Desde uno de los puntajes más altos comenzamos a otear el fondo del valle y allí abajo, al fondo, junto a un pino, vemos una mancha negra:
–Menudo venado hay allí abajo… -comenta Sergio
–Lo estoy viendo -le digo.
A los dos se nos acelera el corazón, tenemos que acercarnos, pues está a casi un kilómetro de distancia, para valorarlo y planear la entrada, que no será fácil. Poco a poco llegamos a una roca, sin perder de vista el venado, el cual se ha tumbado a descansar, vamos bien. Sentados y con el visor del rifle de Sergio confírmanos el tamaño de la cuerna y lo reconoce como el venado que lleva vigilando cuatro años. Aún está a unos 400 metros, así que hay que acercarse más, retrocedemos y comenzamos a bajar a otra atalaya que nos dejará a 300 metros del animal. Éste ya se huele algo, pues no deja de mirar en nuestra dirección. Le pido a Sergio que baje él solo para no hacer tanto ruido y así aumentar las posibilidades de acercarse. Yo me quedo atrás, inmóvil, venado-berrea-juan-lobonvigilando. No había pasado un minuto desde que Sergio comenzó a bajar cuando el venado se puso en pie y comenzó a girar la cabeza en nuestra dirección. Yo le chistaba bajito a Sergio, lo llamaba, pero no me oía, estuve por tirarle una piedra hasta que, por fin, se paró y lo vio en pie, no perdió el tiempo, colocó el rifle con el bípode, se tumbó y, a los pocos segundos, un disparo retumbó en la olla mientas el ciervo daba un tremendo brinco, metiendo la cabeza entre las manos, hizo ademán de caer, pero su fuerza le permitió llegar al monte y ocultarse  pero allí estaba yo para pistear. Bajé corriendo a abrazar a Sergio, él con las manos en alto y los puños cerrados no se lo creía, el tiro había sido certero y por la reacción del animal debía estar cerca.
El abrazo y la enhorabuena no eran en vano, había logrado abatir su ciervo, su gran ciervo, y nada más y nada menos que a 380 metros y con un .257 Weatherby, ¡increíble! Cuando llegamos al tiro buscamos sangre y no la encontramos, y ya nos veíamos de retorno a por Duque, su fiel teckel, pero insistí y le comenté a Sergio que el ciervo corrió hacia abajo y que, al ocultarse, estoy seguro que lo escuché rodar. Volvemos a empezar y al asomarnos a un arroyo ¡allí estaba! Veinte metros había recorrido. ¡Qué burro, qué animal! Sergio casi llorando y yo entusiasmado por ver cómo un buen amigo cumplía su sueño.
Mientas le hago fotos, lo acaricia, lo observa, no para de admirar semejante animal y yo de rendirme a los pies de un gran cazador y tirador.
Después de más de cincuenta fotos y de un montón de de abrazos cortamos el trofeo y cargamos toda la carne que podemos transportar, pues nos esperaba una subidita buena. Ya en su casa me invitó a comer, las llamadas y los mensajes no paraban de llegar a su teléfono. Se le veía contento, con las pilas cargadas para otro año, como decía. Me despedí con un fuerte abrazo y con la promesa de volver a vernos pronto. Para alguien como yo, que valora a las personas por su forma de ser y de tratarte, conocer a Sergio ha sido, sin duda, conocer a uno de los mejores cazadores y mejores personas que conozco: respetuoso, amabl, noble y, sobre todo, un amigo que te ofrece lo que tiene a cambio de compartir una jornada de caza auténtica.
Muchísimas gracias, Sergio, por tu invitación y por tu amistad, con gente como tú disfrutar del campo es fácil.

Por Juan Lobón

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