Aguardos cochineros en la era moderna

Hay que reconocer que ya casi todos usamos la tecnología en lo tocante a la caza, pero aún así, no sé si me convence del todo la idea. Les explico.

En Julio, mes de largos y calurosos aguardos y con la luna llena ya a nuestras espaldas, las cámaras de vigilancia de los comederos y los visores y gafas nocturnos facilitan, y mucho, la caza después del atardecer.

Personalmente, tengo repartida por la finca una docena de cámaras estratégicamente situadas en pasos, abrevaderos y comederos, pero para mí pierde toda la magia ponerme de espera en alguno de los puntos en los que mi fiel y electrónica vigía me indica que entra un cochino grande.

No sé si a vosotros os pasara lo mismo, pero la sal y la pimienta de los aguardos a mi me la da en gran parte la incertidumbre, el interrogante que ronda a todo cazador que decide apostarse en algún lugar durante largas horas a la espera del ansiado trofeo. ¿Entrará?, ¿será bueno?, ¿vendrá solo? ¡Que no me pille, que no me pille! Ahora sin embargo, las cosas han cambiado. Los que han decidido dar el salto a las nuevas tecnologías tienen en su haber bastantes más tablillas correspondientes a fructíferas noches de caza, que los que seguimos valiéndonos únicamente de las señales propias del monte (marcas en los árboles, huellas, formas de comer en los comederos…), la luna y para que mentir, a falta de luna, linterna. Son cazas muy distintas.

Hace ya algún tiempo estaba en el porche de casa tomando una cerveza con mi padre, ya pasadas las diez de la noche, cuando me llega un mensaje al teléfono. Lo enviaba una de las cámaras. ¡Menudo cochino! Se le veía la boca de lejos. Creo que ahí fue cuando decidí rechazar el uso de la tecnología para mi beneficio. Perfectamente podría haberme dirigido al comedero desde el que se me enviaba la foto, situado no muy lejos de casa, y haber probado suerte con aquel magnífico ejemplar. Pero no, decidí que una gran parte de lo que para mí representa una espera es el “sufrimiento”, la desesperación de horas en silencio sepulcral, el mal sabor de boca que dejan noches de volver a casa con las tres balas que te has llevado por la tarde, que hacen que la alegría del éxito final que conlleva toda constancia e insistencia se multiplique por mil.

Lo mismo sucede con aquellos que utilizan modernísimos visores nocturnos o incluso térmicos en los casos más sofisticados. Eso no tiene mérito ni emoción. Y a mí que no me vengan con cuentos chinos de que es mucho mejor usarlos porque así reduces el riesgo de errar en el objetivo. Si no sabes diferenciar con claridad una cochina y su comportamiento de un gran macareno y sus costumbres… ¡apaga y vámonos!  Incluso hay gente que me ha intentado convencer de lo didácticos que resultan estos aparatejos -«Mery, se aprende muchísimo de las costumbres de los guarros con el visor»-, que no son más que pamplinas y excusas de gente para la que, al fin y al cabo, lo que cuenta es lo de siempre, la tablilla.

A mí me han enseñado lo mismo que a todos vosotros. A tener muy en cuenta el aire; a estar en silencio sepulcral; a analizar los ruidos del monte; a olfatear en muchos casos; a fijarse una y mil veces en la caída del culo, el rabo, el hocico; a tener muy presente cómo come… Y sí, nadie es infalible, pueden darse casos en los que uno se equivoque, pero de esta manera se aprende. Si a uno le dan todo el trabajo sucio hecho, vaya gracia ¿no?

Jamás me daré aires de ser una experta esperista, ya que creo que por muchos años que pase intentando comprender los actos y formas de los jabalíes, nunca llegare a serlo. La astucia de estos animales no tiene parangón entre las especies de caza mayor, y sólo podremos estar verdaderamente orgullosos de nuestra hazaña si esperamos desesperando y nos servimos únicamente del oído, el olfato y ese escalofrío que a todos nos sube por la espalda cuando sabemos que, al dar la luz, va a estar ahí y solo nos va a dar una única oportunidad, un abrir y cerrar de ojos que se desvanecerá con el sonido de nuestro arma, y en ocasiones incluso antes.

Y vosotros, ¿que opináis?

Deja un comentario