Pequeñas diferencias

images_wonke_opinion_juan_pedro_juarezLos españoles somos muy dados a cambiar el nombre y significado de las cosas, llamamos comunidad a región, caballo andaluz al español, deporte a la caza, recesión a la crisis, etcétera. Pensamos que con el mero hecho de cambiar, desviar o ignorar algo, se pondrá a nuestro favor por arte de birlibirloque. Por supuesto, yo no me libro de culpa, me ocurre como a todo el mundo, pero hay cosas que, por mucho que queramos sustituir, no somos capaces, porque, a veces, trocamos el nombre a algo que desconocemos totalmente.

Hace unas semanas, el Seprona de la Guardia Civil detuvo a un guía de caza con una serie de trofeos de macho montés, abatidos ilegalmente, en tierras valencianas. Días después detuvieron a otra persona, ésta en la provincia de Teruel, con veneno y demás cachivaches prohibidos. Los periodistas, que no tienen que saber forzosamente de caza, publicaron, como debía ser, que habían sido detenidos dos ‘gestores de caza’ en tamañas situaciones. El público, en general, que tampoco tiene que saber de caza, e incluso los ecologistas, que ya sabemos lo que saben, se hicieron eco, haciendo carne de una figura nueva, para ellos, en el mundo de la caza: el gestor cinegético.

Pero, en realidad, ¿qué es un gestor cinegético? ¿Alguien lo sabe? ¿Alguien ha visto alguno? Al parecer, sí, porque ya casi no quedan cazadores, ahora lo que más hay son gestores cinegéticos, sobre todo en la caza menor, aunque no se sabe bien lo que hacen, a tenor de los resultados. Dudo mucho que con cuatro comederos, cuatro bebederos y tres cajas trampa se consiga nada, sobre todo en horario de oficina. Y, desde hace unos años, no se oye ni se ve otra cosa. Ya nadie alquila un coto para cazar, todo el mundo lo hace para gestionar. Yo, cada vez lo entiendo menos.

Hace tiempo, la figura del gestor no existía, estaba el dueño o arrendatario, que era el que pagaba el coto, solo o en compañía de otros, que cazaban, y el guarda, que era quien se ocupaba de prepararlo todo para que funcionase aquello. Me acuerdo de mi tío Luis que, residiendo en Palma de Mallorca, tenía un coto en la provincia de Badajoz y se venía a cazar el mes de noviembre entero. Tras el viaje, llegaba, cazaba y se iba. El guarda era quien se llevaba el sueldo o la bronca, según se diesen las diferentes jornadas de caza que se celebraban: un día a los conejos, otro un ganchito de perdices, pasado mañana a rabo con ellas, tras pasado a los zorzales, alguna noche a zorros y a cochinos, etcétera.

En otros casos, los dueños de los cotos daban cacerías o monterías, que cobraban a un orgánico que era el que traía a los cazadores; pero, quitando las jornadas de caza, nadie se metía en el trabajo del guarda o del dueño. Si el trabajo estaba bien hecho, se seguía adelante; si no, se dejaba de asistir a las cacerías. Los dueños eran los que designaban las siembras, las cosechas, las jornadas de caza y el número de capturas. Mantenían una población que a ellos les resultaba interesante y los cazadores iban solamente a cazar. Si les gustaba, bien; de lo contrario, a otra cosa. No es por nada, pero nadie llega a conocer su finca como el propio dueño.

Después llegó la moda del cazador-gestor que es tan antinatural como los perros que atacan a las personas. Y, después de una docena de años, el campo está hecho una mierda. Ya sé que hay más variables, pero, en general, es lo que ha pasado.

Un gestor, para mí, es una persona que se ocupa de criar caza natural para que se diviertan otros, sus clientes. Un gestor no caza nunca, porque su caza les quita diversión a los aficionados que pagan, y un gestor jamás agota piezas ni cupos y siempre mira al futuro. Un orgánico procura que sus clientes cacen el mayor número de piezas posible, por lo cual jamás parará una montería a la mitad y mandará a los perros que vuelvan por los caminos, cuando, según él, ya se haya abatido lo suficiente. Pocos grupos de cazadores arrendatarios acabarán la temporada de conejos en diciembre, cazarán hasta que se pueda. Y, sobre todo, pocos subarrendadores negarán la caza a los que le pagan la tarjeta anual, aunque el coto se agote. Estos subarrendadores se pagan la caza y un sobresueldo siendo gestores desde una oficina o una tienda, pues parece que ser gestor tiene mucha enjundia y es algo muy parecido a ser propietario; pero les contaré un secreto: a quien más ha de parecerse un gestor es a un guarda, siempre ahí, sin protagonismos y con el campo pateado. Porque, cuando una finca se agota, el gestor de verdad fracasa y su trabajo ya no es necesario, por lo cual deja de ganar dinero. Por el contrario, los demás, cuando se agota una finca, se buscan otra y otra y otra.

Y, cuando, ante una misma situación, unos dejan de ingresar el dinero del que viven y otros dejan de pagar dinero para sus lujos, aunque los españoles llamemos ‘gestor’ a ambos, alguna ‘pequeña diferencia’ ha de existir…

 

Por Juan Pedro Juárez.

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