La caza en clave histórica: de la necesidad al ocio

Por Antonio Mata
Para llegar a comprender nuestros intinstos atávicos, nada mejor que leer en nuestro pasado ancestral. Somos lo que somos porque venimos de donde venimos…

Para el paso evolutivo en el que el humanoide adquiere la condición de humano –hace unos cuatro millones de años– son necesarios una serie de variables y condicionantes, que influencian la dirección a seguir por la citada evolución. Es, sin duda, decisivo el hecho, y la forma, de alimentarse; como lo es el bipedismo, uno de los primeros hitos importantes a superar en el proceso de transformación, tanto física como psicológico, de su capacidad cerebral, clave de toda la metamorfosis que desemboca en el humano social.

De presa a predador
La separación troncal, aceptada como hecho diferenciador entre simios, se produce a partir de los diez millones de años y alcanza hasta los cinco. Los restos de Tumaï, uno de los Sahelanthropus tchadensis que vivió en el desierto de Djurab, al norte de Chad (África) entre los seis y siete millones de años, son testigos de este primer paso evolutivo que nos separa. Todavía con una capacidad craneal similar a la del simio, 350 cm3, sus rasgos craneoencefálicos lo diferencian de sus ancestros monos y lo hacen diferente, lo hacen humanoide.

Sin estar aún nada claro el origen y consecuencia del bipedismo, las teorías acerca de tan importante paso en la cadena evolutiva –y los restos fósiles– nos muestran a Homo, diferenciado ya de Australopitecus, asentado en las copas de los árboles de las fértiles tierras africanas alimentándose de hojas y frutos. Su cerebro aún no es lo suficientemente grande, en torno a los 400 cm3, pero sí presenta ya un notable dimorfismo sexual y, basado en él, una separación de funciones que le llevarán, en un relativamente corto periodo de tiempo, a lograr uno de sus primeros y más importantes hitos, cuya consecuencia será decisiva. Los estudios geológicos argumentan un cambio climático en África en torno a los cinco millones de años. Su consecuencia es una creciente sequía que acaba con florestas y zonas húmedas, hogar de nuestro ascendiente. Para su desgracia, no le queda otra opción que descender del árbol y desplazarse a ciertas distancias. Los felinos, sus principales predadores, le esperan entre las altas hierbas de la sabana y lo convierten en su presa favorita. Es, tal vez, por propio instinto, por lo que necesita erguirse, levantarse sobre sus cuartos traseros para, simplemente, observar y evitar al predador. Pero eso le servirá para buscar mejor su alimento y lograr un desplazamiento más rápido, logrando evitar la presión selectiva que deja vivos a los que escapan más fácilmente, así como defender a su estirpe y trasportarla en mejores condiciones.

El antropólogo y biólogo de la Universidad de Michigan, Willian Leonard, propone la que, quizá, sea la teoría más acertada, la teoría de la eficiencia energética, que no es sino la regla de oro de la selección natural. Aquellos individuos que ahorran más energía tienen más posibilidades de supervivencia, y la bipedia ahorra un 30% o más que la cuadrupedia. Si nuestro Homo erectus tiene, ahora, que desplazarse, necesita el máximo posible de ahorro energético, como también necesita nuevos aportes calóricos que sólo podrá encontrar en la proteína animal. Bipedismo y cambio alimentario son causa y consecuencia, y, a una nutrición básicamente herbívora e insectívora, se incorporan las primeras pequeñas presas y las carroñas, con aportes proteínicos y calóricos que generan un incremento de la masa encefálica. La lógica disminución del aparato intestinal, que reduce su uso al no tener que digerir la celulosa vegetal, aporta más calorías a los órganos que más lo necesitan, y el más importante es el cerebro. Los primeros pasos, nunca mejor dicho, ya se han dado.

De predador a cazador
En un periodo realmente corto, 3.000 años –en torno a los dos millones–, la capacidad cerebral aumenta hasta los 900 cm3. La importancia de este dato radica en el relativamente corto lapso de tiempo en el que se produce. ¿Por qué? Simplemente por el radical cambio en la base alimenticia. Cuanto mayor es el cerebro, más energía necesita para funcionar, lo que se traduce en más calorías o más nutrientes y más cantidad de comida o una comida de más calidad. Estudios de la Universidad de Colorado, basados en núcleos poblacionales humanos, actuales, de repobladores y recolectores (principalmente en África y América del Sur), demuestran que más del 60% de la energía que necesitan en su dieta ordinaria, procede de las proteínas animales, principalmente carne. Esta pauta nos puede dar una idea del proceso evolutivo de Erectus en busca de su energía vital. La variedad de su dieta le obliga a buscar nuevos recursos y nuevas formas de conseguirlos. Si en un principio tan solo es capaz de predar pequeñas piezas, y carroñar, de las que apenas aprovecha las partes más blandas, ahora necesita piezas mayores que le permitan mayor aporte proteínico, y a todo su grupo, durante más tiempo y en trayectos superiores. Ahora necesita, sobre todo, herramientas y organización. Y, fruto de su capacidad cerebral, ahora es capaz de organizarse y fabricarlas pasando de mero animal predador a humano organizado: cazador.

Pithecanthropus erectus, u hombre de Java, y Pithecanthropus pekinensis, u hombre de Pekín, crean toda una industria lítica, de piedra, por y para lo que será su única forma de subsistencia y evolución durante el siguiente millón de años: la caza.

Vivir y evolucionar
El Paleolítico, el mayor periodo de desarrollo en la evolución humana, no es sino una larga travesía a lo largo del tiempo usando la piedra (también el hueso, la piel, las vísceras u otros elementos vegetales de los que han quedado menos vestigios) como herramienta/arma de caza. De las primitivas hachas de mano o bifaces (piedras ‘de mano’ con dos aristas) a las más avanzadas puntas de lanza, arpones, agujas y azagayas (ya en hueso de las propias piezas abatidas), todo un proceso cultural en constante evolución, a veces revolución, se gesta en torno a su principal modus vivendi que, con la recolección de frutos y cereales, será el punto de partida para alcanzar cotas más altas. En torno a la caza se gestarán los primeros roles sociales, las primitivas organizaciones necesarias para superar retos: abatir los grandes mamíferos evitando gastos energéticos innecesarios y estructurando medios e ingenio para sufrir las menores consecuencias posibles.

El esfuerzo colectivo incrementa los beneficios en carne, pieles, grasas (para alumbrar una vez dominado el fuego) y huesos con los que realizar nuevas y más efectivas armas. Pero, sobre todo, aporta más y mejores proteínas, necesarias para el desarrollo cerebral que, poco a poco, será lo suficientemente inteligente para, además, construir trampas que le faciliten su tarea y, desde la primitiva losa −observada al paso de la manada mientras se desprende una lasca de piedra de la montaña−, a los pozos con estacas, los pesos suspendidos y los primeros lazos o cepos, creará artilugios con los que abatir sus presas. Y, más importante, tendrá la necesidad de una organización social que traerá consigo la necesidad de entenderse, mediante signos, primero, y con lenguaje, después. La reunión de cazadores planteará estrategias, adiestramientos, nuevas formas de comunicarse y la capacidad de hablar que, con el tiempo, generará cotas espirituales y, por supuesto, artísticas.

Evolución fratricida
Sapiens alcanza su mayoría de edad hace doscientos cincuenta mil años. Su ‘graduación’ le llega bajo la denominación de Neanderthal –por sus primeros fósiles en el valle de Neander (Alemania)–. Cazador audaz, muy fuerte y astuto, sus restos demuestran que abatía sus piezas ‘a un pie’ de distancia, es decir que clavaba directamente su lanza sobre la piel de sus presas, demostrado por las profundas marcas de heridas encontradas en los huesos. También practicaba batidas y monterías, a su modo. Dirigía, organizado, sus presas hacia pasos estrechos para conducirlas a un precipicio por el que las obligaba a saltar para abatirlas a golpe de lanza una vez que chocaban contra el suelo. Las piezas eran descuartizadas y preparadas para transportarlas a sus asentamientos, formados básicamente por cuevas y abrigos. Ya es capaz de elegir qué, cuándo y cómo come… porque domina el fuego. Eso sí, fue incapaz, y es una de las posible causas de su desaparición, de prever el más cercano de los futuros: no emigra con las manadas y agota los recursos de los lugares que habita, llegando a pasar hambre. Aunque su estatus social es aún primitivo, núcleo familiar o clan, existen  indicios para pensar que poseía una vida espiritual plena y creía en el ‘más allá’.

Quizá fue cuestión de mala suerte, pero tuvo un competidor que, de una forma un tanto misteriosa, o no tanto, acabó con su extirpe. Sobre los cincuenta mil años, dando nombre al Paleolítico Superior, entra en el juego evolutivo sapiens sapiens, más conocido como Cromagnon, por la cueva francesa en la que apareció por primera vez. Su capacidad craneal, en torno a los 1.600 cm3 –similar a la de los humanos actuales– le otorga el derecho a ser el auténtico ascendiente de nuestra especie y le confiere el privilegio de ser culto, generar cultura y una estructura social a la que se le puede aplicar, por vez primera en la cadena evolutiva, el concepto de civilización. Sus manifestaciones espirituales adquieren la categoría de arte, la plenitud del desarrollo. En torno a los santuarios del considerado como arte rupestre, se han generado polémicas sobre el desarrollo de la especie en los distintos periodos en los que se divide el final del Paleolítico (Auriñaciense, Solutrense o Magdaleniense entre otros). Si en el descubrimiento de la Cueva de Altamira, Santander, se interpretó su belleza desde un concepto mítico/espiritual −realizaban las pinturas como parte de un rito en el que se invocaba al espíritu para convocar la suerte durante la cacería−, su manifestación, más conceptual, en la zona levantina, permite rebatir el concepto espiritista por el mero hecho artístico: el artista no realiza acciones mágicas sino que pinta, simplemente, lo que ve. Y lo que ve no es otra cosa que su realidad cotidiana: sus lances de caza y sus manifestaciones reales, su vida, en definitiva. El descubrimiento de la Cueva de Lascaux, culmen de la belleza artística del periodo, confirma las últimas teorías: ha desarrollado toda su personalidad y practica y comprende el arte. Y en él refleja lo que ha sido y es a lo largo de su periplo por los tiempos: un cazador.

Experto, capaz de abatir las grandes piezas, de adaptarse a un entorno completamente hostil –la Cuarta Glaciación– y de superar la prueba de la selección natural, al contrario que su primo Neandertal, Cromagnon sí sabe que tiene que seguir los ciclos vitales que le marca Naturaleza, acompañar a las piezas, su sustento, en busca de los pastos y aprovechar sus recursos. Esto le permitirá sobrevivir en detrimento de aquel, que verá como su estirpe se pierde en la noche de los tiempos. Además de la teoría de la adaptación, también se piensa que Neandertal se extingue por sus guerras con Cromagnon, o que éste, en sus periplos tras sus recursos, desarrolla nuevas enfermedades a las que aquel sucumbe.

El último paso
El punto cumbre del desarrollo evolutivo, demostrado, como todo el proceso, con fósiles, se alcanza hace unos doce mil años. Con la retirada de los hielos se producen grandes migraciones de animales hacia el norte que, en cierta medida, desabastecen de caza la despensa diaria. Cromagnon, cada vez más sedentario, abandona cuevas y abrigos y comienza a construir cabañas vegetales. A pesar de que continúa sus migraciones tras las grandes manadas, cada vez le cuesta más y, poco a poco, se establece en pequeños poblados. A esto contribuye el hecho incuestionable de que su inteligencia le proporciona conocimientos sobre los procesos naturales, y aprende a domesticarlos.

En el llamado Creciente Fértil −un arco que va desde Anatolia (en la actual Turquía), pasando por Canaán (Oriente Próximo) hasta Mesopotamia (tierra entre ríos, Tigris y Eufrates. Actualmente Irak e Irán)−, tierra rica, con mucha agua y clima propicio para la exuberancia, crece un cereal salvaje, conocido como escanda (o espelta o trigo de tres carreras), al que, tras algunos siglos de observación, ve que puede dominar, sembrar, recolectar, elaborar y guardar: ha nacido la agricultura. La perenne, hasta ahora, necesidad de buscar alimentos, pasa a un segundo plano.

Unos dos mil años antes, también ha descubierto que uno de sus eternos enemigos, Canis lupus, se ha convertido en su mejor y más fiel aliado, el perro. En realidad, él no domestica al lobo, el lobo se domestica solo. Tras miles de años de seguirle a todas partes, de esperar, agazapado, la carroña de Cromagnon para poder satisfacer sus necesidades, se cumple un famoso refrán: «El roce hace el cariño». A fuerza de estar siempre juntos, se hacen inseparables. Esto, le incitará a probar con otras especies, cercanas, y pronto será el amo de rebaños de cabras, vacas, jabalíes domésticos (cerdos), caballos, renos… Aunque sigue siendo un perfecto cazador y domina las técnicas del trampeo (rinde culto a la araña como maestra en este arte), su economía ya no es de subsistencia y cada vez es más difícil moverle del lugar en el que se establece. Practica la trashumancia con el ganado, lo que le permite contactos con congéneres, pero ha echado raíces para siempre. Nuevos descubrimientos, que en realidad no lo son al ser fruto de procesos de aprendizaje –secado de la carne, molienda del trigo, bebidas ‘alcohólicas’, como el hidromiel o la cerveza, tejido de fibras vegetales y, el más importante, la cerámica, porque podrá conservar–, contribuyen a fijar las citadas raíces. En el aspecto social, hay representaciones pictóricas que reconocen la práctica de asambleas, en las que se distingue a un jefe, y otras que representan ejecuciones, por lo que es posible que ya exista una incipiente legislación, de base natural, aunque de carácter social. Y espiritualmente no hay duda: honra a sus muertos enterrándolos. Las mismas condiciones y procesos que en Mesopotamia se dan en lugares cercanos, como el Valle del Nilo, o lejanos como en China.

Y, por fin, caza por placer…
En el IV milenio a.C., Cromagnon es Prehistoria. El concepto de civilización está asentado y los grandes imperios Sumer, en Mesopotamia, y Egipto (formados por ciudades-estado independientes) dominan el universo conocido. La primera manifestación escrita que da paso a la Historia, y la separa de la Prehistoria, se data hacia el 3800 en el IV estrato arqueológico de la ciudad sumeria de Uruk (unos cilindros de arcilla con textos escritos en cuneiforme).

El esplendor cinegético de los reyes sumerios, dos mil años después, alcanza límites insospechados. Las cacerías reales, en tiempos de paz, son la preparación, física y mental, para la guerra. Fundarán escuelas de caza para sus príncipes, de adiestramientos de perros para sus jaurías y sus comitivas venatorias tendrán tal boato, que todo el estado (ciudad) se sumará, con sus mejores galas a tan egregio evento. Todo un séquito de ojeadores, batidores, perreros, armeros… precederán al monarca que, cual dios viviente, mostrará quien es el más hábil, diestro y valiente cazador del orbe. La caza, como fuente de adiestramiento y diversión, ocupará todos los órdenes de la vida real en periodos de paz, los menos, por desgracia.

Unos pocos miles de años antes, los distintos pueblos asentados en poblamientos organizados socialmente, han ido perdiendo paulatinamente su ancestral instinto cazador, el poso evolutivo de tres millones de años. El cambio de sus hábitos, y el acomodarse a las nuevas estructuras, le hacen olvidar, instintivamente, quien es y de donde viene y, aunque todavía caza, sobre todo en defensa de sus rebaños, la práctica venatoria queda relegada. Pero el ancestral instinto subyace, y prueba de ello, es la aparición de nuevas enfermedades relacionadas con el sedentarismo y la falta de una actividad que, aunque no lo sabe, le ha llevado a ser quien es. Una primera reacción natural le acerca de nuevo a su forma de vida cazadora como antídoto a sus nuevos padecimientos. Es, asociado a lo anterior, su nuevo estatus, el que encaminará sus pasos, de forma definitiva, y hasta hoy, hacia la caza. Por primera vez se siente rey de la creación. Piensa y es capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza. Y su instinto natural atávico le llevará a querer vencer definitivamente a la fiera que antaño le dominara. Y, para siempre, llevará grabado ese instinto en sus genes. Todo asociado a un nuevo estatus en su rol social: por primera vez tiene tiempo libre y siente la necesidad perentoria de ocuparlo. Y de demostrarlo.

En el sentido de las agujas del reloj, empezando desde arriba a la izquierda, las distintas etapas evolutivas: Australopithecus afarensis, entre 4 y 2,5 millones de años; Sahelanthropus tchadensis, entre 6 y 7 millones de años; Homo erectus, entre 2 millones y 300.000 años; y Homo neanderthalensis, entre 300.000 y 28.000 años.
Las pinturas de la cueva de Altamira datan de los periodos Magdaleniense y Solutrense, Paleotítico Superior.
Pintura perteneciente a la cueva de Lascaux, en Montignac (Francia), del periodo Magdaleniense.
El conocido como periodo Levantino, en el arco del formado por el Mediterráneo español –inicios del Neolítico, unos 12.000 años–, es un arte más conceptual y esquemático en el que se representan actividades de la vida cotidiana.
Uno de los yacimientos más importantes es la Cueva de Valltorta, Castellón, al que pertenece esta imagen y la anterior.
El más que famoso relieve de la leona herida (en el British Museum de Londres), pertenece al arte asirio, 1800-600 a.C.) y se encontraba en el palacio de Assurbanipal en la ciudad de Ninive (actual Mossul en Iraq).
El relieve del Palacio de Assurbanipal es, posiblemente, una de las más hermosas obras de caza del arte antiguo y refleja la importancia de la caza en los antiguos imperios.

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