¡A los corzos! Apuntes sobre cartuchería

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Doctor, dígame, ¿qué me pasa? Tranquilícese, hombre, los síntomas son inequívocos: duerme poco, se acuesta muy tarde, se levanta antes de que amanezca y sueña con perlas y, digamos, con perdón, culos blancos… Está claro, usted tiene la ‘fiebre del corzo’. Y es que ya andan revueltos los corceros, empedernidos seguidores de una de las especies que mayor expansión demográfica ha sufrido. Sus hábitos, lo esquivo de su comportamiento, lo difícil de juzgar su trofeo y un tiro que le valió el apodo del ‘tragabalas’, merecen unas letras que pongan un poco de coto en los aspectos técnicos que rodean su mundo.

La dureza del corzo

Ya lo escribí otras veces: el corzo, a pesar de ser nuestra especie de caza mayor más blanda, es, a la vez, la que en mayor número de ocasiones se va herida, quedando sin cobrar. El pequeño tamaño de su anatomía obliga al tirador a ser muy escrupuloso con la puntería, pues, de no hacerlo, es muy fácil fallarlo o, peor aún, herirlo. El corzo herido se convierte en un problema importante, bien conocido por guías y entrenadores de perros de sangre. Se trata de una pieza que deja un rastro muy pobre que, además, se disipa en pocas horas, pudiendo convertir el cobro en casi un imposible. Recuerdo como la temporada pasada tiré un bonito macho a unos 120 metros de distancia. Subía una suave ladera acompañado de la hembra y pararon, quedando en una posición perfecta para jugar el lance. Bien apoyado, solté el disparador y el macho dio un tornillazo volcando hacia el pequeño valle que tenían a la espalda. Salió la hembra a unos cien metros más allá y quedó parada unos minutos mirando hacia atrás, hasta finalmente echarse. Dejamos reposar y fuimos a buscarlo. El perro aquel día, ya que lo necesitábamos, se había quedado en casa. El pequeño vallejo estaba cubierto de escobas y, por más que lo intentamos, no conseguimos encontrarlo, aunque sé con seguridad que un poco más cerca o más lejos estaba muerto. Volvimos al día siguiente con Guisante, pero, a pesar de ser un maestro, ya no consiguió coger el rastro.

Está claro que, ante una especie tan blanda, la lista de cartuchos utilizables es muy alta. La opción de usar nuestro rifle habitual es la generalmente usada si no somos especialistas en la modalidad. Ello supone que se abatan corzos con cartuchos claramente excesivos. De izquierda a derecha se muestran algunos ejemplos de lo que se está utilizando ahora mismo para tirar corzos: .17HMR, 5,6x50R, 6x62 Fréres, .257 Weath Mag, 6,5x57 R, .270 WSM, 7 mm RM, .300 Win Mag, .338 Win Mag y 9,3x62.
Está claro que, ante una especie tan blanda, la lista de cartuchos utilizables es muy alta. La opción de usar nuestro rifle habitual es la generalmente usada si no somos especialistas en la modalidad. Ello supone que se abatan corzos con cartuchos claramente excesivos. De izquierda a derecha se muestran algunos ejemplos de lo que se está utilizando ahora mismo para tirar corzos: .17HMR, 5,6x50R, 6×62 Fréres, .257 Weath Mag, 6,5×57 R, .270 WSM, 7 mm RM, .300 Win Mag, .338 Win Mag y 9,3×62.

La explicación de la huida está en la punta utilizada, pero eso, si no les importa, lo trataremos después. Por suerte, aunque tengamos que tirar a cierta distancia, podremos utilizar cartuchos muy suaves y confortables, de forma que nos dejen exprimir todas nuestras facultades como tiradores.

Al contrario de lo que ocurre con otras especies, en el corzo no debemos tener miedo a pecar de poco peso y diámetro, pues son, precisamente éstas, características deseables en las puntas ideales para él. Pues, ya está dicho, deberemos cambiar nuestro sentido balístico y pasar a mirar con admiración esos pequeños que, generalmente, pensamos que no sirven para caza mayor. Si queremos seguir utilizando nuestra arma habitual, debemos pararnos en las puntas más ligeras y blandas. El corzo es una pieza de poco más de 20 kilos y eso significa que el canal balístico necesario para llegar a sus órganos vitales, en un hipotético tiro en posición perpendicular a nuestra línea, es muy corto. Yendo un poco más allá y cambiándole la posición al tiro más sesgado posible, el canal necesario seguirá siendo corto, con muy poco músculo y hueso que pueda frenar al proyectil. Esto deja caer que todos los cartuchos, digamos apropiados para caza mayor media, irán muy sobrados con las puntas habituales, desaprovechando mucha energía fuera del cuerpo de la pieza.

No significa que no sirvan, lo que ocurre es que puede que se muestren como muy duros al no encontrar suficiente resistencia para trabajar correctamente, es decir, que no expandan. ¿Entienden ahora cómo es motivo suficiente para no dejar al azar la elección de los proyectiles apropiados? Fíjense, seguimos estando seguros de que cualquiera tiene suficiente potencia para abatirlo, pero… un error en la colocación del disparo, poca expansión, pinchazo y ya tenemos la papeleta del cobro servida.

Cartuchos para el corzo

Al hilo de lo anterior, creo que dejé claro que, partiendo de un pequeño .17 HMR, casi cualquier cartucho es capaz de tumbar un corzo, pero está claro que no todos son apropiados. Pongamos, entonces, como límite inferior –crítico, no obstante– al nombrado Hornady y saltemos de lleno a ponerle techo. Se abaten todos los años corzos con cartuchos absolutamente desproporcionados para esta especie y a todas luces es comprensible, pues se dará el caso de quienes practiquen modalidades mixtas, como las batidas de jabalí y corzo, o los que recechen con su rifle habitual, potente y de gran diámetro.

Personalmente, aunque se maten muchos corzos con 7 mm Remington Magnum, .300 Winchester Magnum, .338 Winchester Magnum o 9,3×62 Mauser, creo que estamos ante exageraciones. Lo que ocurre es que, al menos del ejemplo anterior, los citados magnum entregan trayectorias muy planas y eso, al final, es un buen aliado si recechamos en espacios abiertos.

En este caso el 6x62 Fréres fue mi elección. Potente y tenso va perdiendo fuelle ante la poca oferta de munición existente.
En este caso el 6×62 Fréres fue mi elección. Potente y tenso va perdiendo fuelle ante la poca oferta de munición existente.

De todas formas, pongamos los pies en el suelo: los realmente recomendables están entre los .22, 6 mm, algún 6,5 mm y, posiblemente… ¡quieto, ya estoy yo con mis problemas con lo genérico! Lo siento, pero no puedo generalizar de esta manera. Si me quedo en el .270 Winchester y olvido al 7×64 Brenneke o al 7x65R estaré cometiendo una injusticia. Si nombro a éstos y me dejo en el tintero al 7mm-08 Remington, al .280 Remington o a los .308 Winchester y .30-06 Sprgf., pues estaré olvidándome, casi seguro, de algunos de los cartuchos que más corzos matan y eso no me lo perdonaría.

La óptica debe ser elegida escrupulosamente para esta modalidad y pieza. Sus costumbres nos obligarán a tirar muchas veces entre dos luces. Monten siempre en sus rifles óptica que ronde los diez aumentos y campanas de, al menos, 50 mm.
La óptica debe ser elegida escrupulosamente para esta modalidad y pieza. Sus costumbres nos obligarán a tirar muchas veces entre dos luces. Monten siempre en sus rifles óptica que ronde los diez aumentos y campanas de, al menos, 50 mm.

Por ello, podemos considerar cartuchos válidos para el corzo todos esos estándar y cortos hasta el 8 mm; es decir, los todoterrenos utilizados generalmente en caza mayor. Sólo tendremos que tener una precaución con todos ellos: elegir las puntas más livianas y expansivas. Con ello conseguiremos unas buenas trayectorias con una mejor capacidad de expansión, pues aunque la carga que habitualmente usemos pueda servirnos, de esta forma iremos un paso mejor armados.

Otra cosa muy distinta son los cartuchos específicos, los especiales, debiendo, ahora sí, buscarlos sólo dentro de los tres diámetros dados al principio. ¿Cómo saber quiénes son? Pues es muy sencillo. Siempre que me enfrento a la catalogación de cartuchos para una determinada especie y modalidad, preparo un tamiz a base de las premisas que deben cubrir.

En este caso, tomando como base el peso y resistencia de la pieza, las posibles distancias de tiro y la precisión necesaria para abatirlo, es suficiente. Cartuchos del 22 de fuego central, como el 5.6×50 R Magnum, los .222 Remington Magnum, el .224 Weatherby, el .22-250 Remington o el 5,6×57, son perfectos para el corzo. La razón es muy sencilla y comprensible: son capaces de darnos, más que ninguno, todo lo necesario para rececharlo. Tal vez el único punto donde parecen fallar es en la gran cantidad de carne que queman, pero ahí poco podemos hacer, pues las puntas óptimas deben ser expansivas. La evidencia de su bondad con esta pieza hemos de buscarla en el origen de su desarrollo. A excepción del 5,6×57, que ya se pensó también para este tipo de piezas, son todos cartuchos puramente alimañeros. Eso significa que van a volar muy bien, van a expandir muy rápido y, sobre todo, van a ser muy precisos. No pegan nada y suenan poco, ayudando al tirador a concentrarse sólo en la puntería.

Recechar con un express no es lo habitual, aunque regulándolo como un monotiro puede servirnos perfectamente.
Recechar con un express no es lo habitual, aunque regulándolo como un monotiro puede servirnos perfectamente.

Elija meticulosamente puntas semiblindadas pesadas y tendrá en sus manos la herramienta perfecta. Olvídese, eso sí, de los proyectiles ligeros con punta de plástico tipo Varmint: son excesivamente expansivos, explotando al tocar, con muchas posibilidades de heridas superficiales. ¿Recuerda que les emplacé para finalizar el lance sobre el corzo que no encontré? Pues el caso es que estaba tirando con mi .22-250 Remington y esta vez lo había cargado con 50 grains Remington AccuTip-V. Debería haberme dado cuenta que las urracas desaparecían al tocarlas, significaba que se desintegran al menor contacto. Recapitulando, comencé a recordar y encontré otro lance similar sobre una cierva con idéntico resultado. El mismo tornillazo y final: sobreexpanden y se pulverizan sin llegar a entrar. La pobre envuelta de cobre será únicamente quien consiga llegar dentro y matar, pero, por lo general, fuera de nuestro alcance.

Algunos cartuchos muy utilizados históricamente para el corzo. De izquierda a derecha: .222 Remington, .22-250 Remington, .243 Winchester, 6,5x65 RWS, .270 Winchester y 7x65R.
Algunos cartuchos muy utilizados históricamente para el corzo. De izquierda a derecha: .222 Remington, .22-250 Remington, .243 Winchester, 6,5×65 RWS, .270 Winchester y 7x65R.

Un paso más nos llevan a otros grandes especialistas, los 6 mm. Aun siendo fantásticos estamos ya en un grupo de cartuchos con más pretensiones. Pueden sernos útiles sobre fauna más pesada y, por ello, aun siendo magníficos, son ya menos específicos. Desde el conocidísimo .243 Winchester, pasando por el 6×62 Fréres o los magnum .243 WSSM y .240 Weatherby Magnum, todos serán compañeros afables y muy resolutivos. Elijan puntas que ronden los 90 grains con perfiles aguzados y colas de bote. En este caso, las puntas de plástico de primera generación son ideales, no necesitamos altas retenciones de peso ni canales largos, lo que nos ofrecen éstas es justo lo buscado.

He de parar, antes de llegar al último grupo, en los .25”. Tanto si tratamos al .25-06 Remington como al .25 WSSM o al tremendo .257 Weatherby Magnum, estaremos ante auténticas apisonadoras para una especie como ésta, sinceramente, a excepción del primero citado, sobredimensionados.

Y hemos llegado a los seis y medio, cartuchos muy cazadores y tradicionalmente europeos. Entre ellos se encuentran algunos de los clásicos cartuchos para esta especie. Pocos habrán matado tantos como el 6,5×57 y su versión con reborde. Con una punta como la T-Mantel de 6 gramos estamos ante una receta tensa, suave y contundente, perfecta, sin peros, diría yo. Al igual que él, 6,5×65 RWS, 6,5-284 Norma o 6,5×68, pueden, con una carga parecida darnos resultados fantásticos; aunque, como en el caso de los magnum del .25”, también sobredimensionados. CyS

Por Michel Coya

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