Marromeu, donde la caza… ¡aún es buena!

Con un ronroneo compasado, el viejo Islander sobrevolaba el Delta del Zambeze. Me sentí en casa, en medio de aquel cielo azul infinito espolvoreado de pequeñas nubes blancas. Aquel fue el lugar que escogí para que fuese mi lugar de recreo cuando era más joven y donde hoy paso gran parte de mi vida. Allá abajo, el continente más bonito del mundo, África, mi tierra. La tierra salvaje que aprendí a amar desde niño y donde comencé a soñar con aventuras. ¡Volar y cazar!

Tierra de cazadores… y astronautas

Diez años después estaba de vuelta a la Coutada 10. Cuando salté del avión, en la pista de tierra batida quemada por el sol, volví a pisar el mismo territorio en el que muchos cazadores legendarios dejaron sus huellas: Harry Manners, Gustave Guex, Wally Johnson, Adelino Sierras Pires... El mismo lugar en el que aviadores y astronautas famosos también cazaron: Jimmy Doolittle, James Lovell, Stuart Roosa, Deke Slayton, Charlie Duke... ¡Volar y cazar, qué privilegio!

Me estaban esperando dos nuevos compañeros de aventuras, Quinton y Domingos, el cazador profesional y el pistero. Nos ‘medimos’ unos a otros, pero no fueron necesarias grandes evaluaciones, compartíamos la misma pasión y en poco tiempo seríamos amigos, ¡no podría ser de otra forma!

Aún en la pista, nos cruzamos con Johan Calitz, uno de los outfitters más conocidos del mundo de los safaris y que acababa de hacer una cacería en aquella concesión. Nos saludamos e hicimos la promesa de encontrarnos en Las Vegas, en la Convención del SCI.

Filmar… más difícil que cazar

De este safari, de este viaje, también formaban parte mi mujer y otros tres amigos, Guillermo y Sirpa de las Heras, y también Pedro Vitorino.

El plan era dividirnos en dos grupos: el mío y el de Guillermo. Pedro filmaría parte de la cacería de cada uno de nosotros para un documental del SCI Lusitânia Chapter.

Tras un corto viaje de jeep, llegamos al campamento, en el que fuimos recibidos con una bebida fresca y al son de una sinfonía de cigarras. Todo como antes, todo impecable, todo limpio, todo muy cuidado… Los bungalows de madera a la sombra de los grandes árboles, la ‘boma’ de la hoguera, el comedor y la cocina…

Dejamos nuestros equipajes, cogimos las armas y fuimos hasta la galería de tiro, que estaba allí mismo. Algunos disparos y mi .375 H&H y el .416 Rem. de Guillermo estaban listos, ¡sólo faltaba comer cualquier cosa para salir a cazar!

Para esa tarde, el plan era buscar un hartebeest de Lichtenstein, conocido por gondonga en Mozambique. Además de en este país, sólo es posible cazarlos en Zambia y en Tanzania. Marromeu está en el límite sur de su territorio de distribución y por ese motivo estaba en mi lista de ‘los más deseados’. De esa lista prioritaria también formaban parte algunos antílopes de los ‘diez pequeños’ y un búfalo, pero como en la Coutada 10 hay dieciocho especies que se pueden cazar, podría, eventualmente, abatir otros animales.

Un gran imbabala

Los famosos tandus de Marromeu son planicies inmensas con áreas de floresta, intercaladas con grandes zonas de pastos. En medio de los pastizales, a veces hay pequeñas islas de árboles con alguna vegetación. En la caza casi nada sucede como planeamos, y mucho menos cuando tenemos un menú tan variado.

Después de unos pocos kilómetros, cuando aún seguíamos en el jeep, vi un bushbuck extraordinario que se dirigía hacia una de las isletas de vegetación. Con dos golpes suaves en el techo, avisé a Quinton y paramos más adelante. Domingos también había visto al imbabala y confirmó que era grande.

Nos aproximamos con el viento en la cara, pero sólo vimos al bushbuck correr en medio del pastizal, en dirección a la floresta. Se paró en la orilla, cerca de doscientos metros, un poco tapado, aunque yo conseguía verlo y podría haber tirado, estaba demasiado lejos y demasiado escondido para que Pedro consiguiera una filmación decente. Filmar una cacería, la convierte en un desafío aún mayor…

Dejamos el bushbuck entrar en la vegetación y atravesamos la zona de pasto para intentar encontrarlo en una posición mejor. Luego seguimos su rastro en la floresta, pero no lo volvimos a ver. Como se dice en la caza, ¡por algún motivo llegó a viejo!

La familia de bushpigs

El resto de la tarde lo pasamos buscando una gondonga, y encontramos algunas manadas, pero no vimos buenos trofeos. También vimos otros animales, especialmente facocheros y reedbucks. Sirvió para que Pedro hiciera algunas filmaciones y para que Licínia tirase fotografías. Por su culpa, hoy veo con otros ojos la selva y los bichos…

La mañana siguiente el plan era el mismo, pero así como la tarde anterior el Xicuembo de la caza nos ‘cogió las vueltas’. Muy pronto apareció un buen facochero que se metió en medio de los arbustos. Pocos animales entusiasman tanto a un portugués como un jabalí, o uno de sus ‘primos’ africanos y, como, a pesar de haber nacido en África, tengo una costilla lusitana, decidí ir tras él…

El faco se había escondido en medio de la vegetación y no fue difícil aproximarnos aprovechando las sombras. Cual fue nuestra sorpresa cuando descubrimos no un facochero, pero sí una familia de bushpigs. Al igual que sus parientes europeos, los bushpigs tienen hábitos nocturnos y es muy difícil verlos durante el día, pero allí estaban, a mi merced, en un encuentro fortuito. Infelizmente ninguno era buen trofeo, nos mantuvimos inmóviles y esperamos que se alejaran.

Continuamos buscando el faco por entre la vegetación y acabamos por encontrarlo, estaba bastante tapado, de rabo y a tres cuartos. Me coloqué de rodillas, apunté para que la bala saliera por el pecho y fue de esta forma que cacé el primer bicho, en este safari.

La gondonga

Como aún era muy pronto, continuamos buscando una gondonga, y pasado algún tiempo descubrimos una manada a lo lejos que, según Quinton, tenía un buen macho. La gondonga es un antílope de medio porte, con el cuerpo más alto en los hombros y significativamente más bajo en la cadera. Su cabeza es larga y afilada, así como las orejas, y tiene ojos de carnero. El pelaje es amarillento, más oscuro en los hombros y junto al dorso, con partes más claras en el resto del cuerpo, pareciendo casi dorado.

Esta descripción puede parecer confusa, pero la gondonga tiene un aspecto muy extraño, no se puede decir que la madre naturaleza lo haya agraciado con la belleza. A pesar de parecer bizarro y desgarbado, la gondonga es un antílope extremadamente ágil y un gran corredor.

Tanto las hembras como los machos tienen cuernos, que también son muy raros, tienen anillos en los dos primeros tercios, están muy juntos y son gruesos en la base, inclinados ligeramente hacia el frente, vuelven para los lados y están echados para atrás en su último tercio. Se hace extremadamente difícil evaluar la calidad de un trofeo, para mí es casi imposible, consigo ver cuál es el mayor de una manada, pero… poco más. Felizmente, Quinton sabía mucho más de gondongas que yo.

Las aproximaciones son muy difíciles porque las gondongas prefieren áreas abiertas y mantienen siempre varias centinelas para proteger al grupo. Pero esta vez teníamos algunas islas de vegetación y ‘saltando’ de unas a otras, les fuimos ganando terreno.

Más cerca, y mientras observábamos por los prismáticos, un lacónico «¡Es bueno, es muy bueno!», de Quinton, acabó con mis dudas. Pero las cosas se pusieron aún más fáciles cuando una hembra salió de la manada y comenzó a caminar en la dirección de la mancha de palmeras en la que estábamos, seguida muy de cerca por nuestro macho. A partir de ahí, sólo bastó escondernos y esperar. Cuando la gondonga llegó a menos de cien metros, apunté a su paletilla y la ‘lista de los más deseados’ se quedó más pequeña.

Un eland viajero

El día siguiente intenté cazar un eland, el gran vagabundo del continente negro. Como no son territoriales, caminan kilómetros y kilómetros, siendo, probablemente, los antílopes más difíciles de cazar. Nuestra caminata comenzó de mañana, muy temprano. Comenzamos por buscarlos en sitios donde habían sido vistos recientemente y hasta encontramos algunos rastros antiguos. Después de varios kilómetros volvimos a encontrar huellas, pero también de varios días. A media mañana descubrimos la madriguera de una hiena, en una termitera, y vimos que estaba dentro. Pero como no formaba parte de nuestros planes la dejamos en paz.

A lo largo del día fuimos viendo varias manadas de sables, algunas con más de cincuenta animales, pero como sus cuotas de caza habían terminado… lo único que me quedó fue admirarlos. Incluso no siendo la palanca negra gigante de Angola, mi tierra, el pala-pala de Mozambique también es un regalo para quienes le gustan los animales salvajes. El porte altivo y elegante de una palanca es de las cosas más bonitas que podemos ver en la selva africana. Aprovechamos para aproximarnos, a menos de veinte metros, de una de estas joyas, un gran macho con un bonito trofeo, pero la cacería fue para Pedro, que filmó todo. Incluso sin yo haber tirado, fue de las mejores aproximaciones que hicimos durante el safari.

Animales de la Coutada 10

Caminamos unos cuantos kilómetros y al igual que los otros días, vimos centenares de animales de varias especies; sables, cebras, waterbucks, gondongas, nyalas, xangos, impalas, bushbucks, facos, oribis, duikers y sunis, algunos de ellos trofeos extraordinarios.

Hace diez años, me había quedado impresionado con la cantidad de animales que hay en la Coutada 10,¡ahora aún hay más! ¡Éste es uno de los mejores ejemplos de lo que la caza hace por la conservación de la vida salvaje!

No tuvimos suerte con los elands, incluso en los siguientes dos días en que intentamos cazarlos, las cosas no fueron muy diferentes. Uno de esos días vimos a una manada de veintidós, con cuatro machos adultos, pero ninguno era un buen trofeo… Al día siguiente sorprendimos a un macho solitario, en medio del pantano, pero también era joven, y cuando nos vio corrió varios kilómetros sin parar, hasta meterse bajo la protección de la floresta, donde, probablemente, siguió a corriendo…

Pero los dioses de la caza decidieron darme un premio de consolación. Al final de la tarde del primer día tras los elands, Quinton nos llevó hasta a un río seco, que aún tenía algunas charcas, con la esperanza encontrarlos bebiendo, o por lo menos descubrir huellas recientes. Cuando atravesábamos una zona muy cerrada con hierba alta, oímos unos ‘rugidos’ extraños y Domingos puso una cara seria.

Quinton descolgó su .404 Jeffery y yo hice el mismo con mi .375. Tal vez fuera un búfalo o un hipopótamo, pensé, mientras nos manteníamos en silencio y nos mirábamos unos a los otros en espera de una respuesta.

De repente, una sonrisa muy blanca de Domingos rompió la tensión, finalmente era una familia de ‘cerdos del mato’, bushpigs , chapotenado en una charca, a menos de cuarenta metros. Por tercera vez en este safari volvíamos a encontrarlos, en pleno día, sólo que esta vez uno de ellos ¡sí era un gran ‘macareno’! Pedro filmó todo, hasta los pajaritos de pico rojo, y con el sol poniéndose sobre el horizonte ¡cacé un magnífico bushpig!

Los tandus de Marromeu continúan iguales, casi como hace cincuenta años, casi inalterables. Ésta es todavía la ‘vieja África’, donde las personas son pocas y los animales aún son muchos, donde los horizontes son inmensos y aún no tienen barreras, donde, a pesar de nuestras prisas, el tiempo aún pasa despacio, un lugar donde la caza… ¡aún es buena! ¡Buena caza! 

Por João Corceiro – SCI Lusitania Chapter.  Fotografías: Licinia Machado   

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