Internacional Relatos Resto del mundo

Solo en Kazajistán: íbices, frío extremo y mucho humor

frío íbices
Solo en Kazajistán: íbices, frío extremo y mucho humor.
Frío amanecer.

Solo en Kazajistán: íbices, frío extremo y mucho humor

Texto y fotografías: José Mari Martínez Urizar

⇔

frío íbices
La inmensidad de Asia.

Una vez acudí con mi cuñado Mikel a una charla de Alberto Iñurrategi, alpinista del que sobran las presentaciones. Durante la charla citó una frase de su amigo Juanjo San Sebastián, otro alpinista de quien también sobran las presentaciones. La frase era: «Unas vacaciones en las que no pasas un poco de miedo, un poco de hambre y un poco de frío no son vacaciones».

Esta frase tampoco hay que llevarla al extremo, porque a Juanjo San Sebastián le faltan siete dedos de las manos debido a congelaciones, algo que no fue mi caso, aunque cerca anduve.

Lo del hambre no fue para tanto y lo del miedo, aunque se pase, no se dice.

Checkpoint militar.

Solo en Kazajistán, tras dos años invertidos en clase de ruso

Después de la experiencia del año anterior en Kirguistán y de los casi dos años invertidos en clases de ruso, decidí ir a Kazajistán, solo, sin compañeros, a modo de prueba personal. Para ello elegí finales de octubre, justo antes del cierre de la temporada del íbice y, en teoría, unas fechas bastante más frías que las del año anterior.

Coche durante tres horas y media desde San Sebastián hasta Madrid; después, avión Madrid-Estambul-Almaty y cuatro horas de coche hasta una base militar donde me pidieron todos los papeles habidos y por haber. Veinte minutos más de pista forestal y ya estábamos en el campo base.

Lolo me había hablado de la amabilidad del jefe, Narbek, pero se quedó corto (y mira que a veces exagera). El señor lleva cazando allí toda la vida y sabe tratar a la gente. En el campo base había caballos, tres cabañas prefabricadas, varios guías y una cocinera, todo ello en un entorno increíble. También había dos suizos y un alemán de madre colombiana con el que hice buenas migas.

Empieza la cacería.

A caballo hacia la montaña, primeros íbices

Después de descansar, al día siguiente puse el rifle a tiro y mi guía y yo salimos a caballo hacia la montaña, con comida para tres días. Nos adentramos valle adentro, dejamos los árboles atrás y el paisaje se iba volviendo cada vez más árido a medida que ganábamos altura. El frío empezaba a avisar. Subimos montañas, bajamos montañas, cambiamos de valle, todo ello en silencio, ya que abrir la boca habría sido fastidiar el momento. El paisaje no se puede describir; era realmente increíble.

Ese primer día ya vimos algún grupo de animales, pero el macho dominante era pequeño, por lo que decidimos no disparar. Seguimos avanzando valle adentro hasta llegar a una explanada al lado de un río, donde montamos las tiendas para pasar la noche más fría de mi vida.

Horas a caballo.

Lagavulin el guía

Mientras el guía hervía agua para preparar la pasta instantánea, cogí un sobre de puntas de jamón ibérico (de Salamanca, néctar de dioses) y me lo metí debajo de la ropa térmica para que cogiera temperatura. Estábamos a -10 ºC.

Comimos la insípida pasta antes de que se congelase y me preparé para degustar mi amado, apreciado y reverenciado jamón. Y aquí viene lo bueno.

Le ofrezco un poco a mi guía, avisándole de que es carne de cerdo: «друг, Это свинина». El tío rehúsa.

¿¿Comorrrrrrrr?? ¿¿¿Con que esas tenemos????? Te vas a cagar.

Si hay algo que me vuelve loco es poner a la gente frente al espejo de sus contradicciones. Me como el jamón y me voy a mi tienda. Vuelvo con una petaca de Lagavulin de 16 años y le pego un traguito. El guía me mira, yo le miro, sonrío y se lo ofrezco: «пожалуйста…».

El tío bebe, le gusta, bebe más, le gusta más… Me devuelve la petaca (el último trago que bebí) y, en tres tragos más, se la pimpla. ¡Míralo al devoto! A partir de ahora le voy a llamar Lagavulin.

Lagavulin –con la petaca– y el autor.

Morro caliente y lengua suelta

Con el morro caliente y la lengua suelta, empezamos a hablar largo y tendido de nuestras familias. Él, a sus 23 años, tiene dos hijos, niña y niño, y vive no muy lejos del campamento base. Le hablo de mi familia y hago un sacrificio al quitarme un guante para enseñarle fotos del móvil: mis hijos jugando al fútbol, alguna foto de caza, mis padres, mi hermano, etcétera… Y, de repente, se cuela una foto de mi joven, bella y lozana mujer bañándose en bikini en un lago del valle de Arán.

Los ojos achinados de Lagavulin pasan a ser circunferencias perfectas; es decir, se le ponen como platos y hace ademán de coger mi móvil… ¡Quietoooorrrrr! Antes de que la cosa vaya a más: «Спокойной ночи», un pis y a dormir.

El termómetro marcaba -11 ºC. Me puse el gorro, el buff y, en ropa interior térmica y con calcetines nuevos, me metí en el saco. Los 300 euros que costó resultaron ser la mejor inversión de mi vida. ¡Qué bien se está! Saco la tablet, pongo un documental de National Geographic y a dormir. Son las 19:30.

Noche fría.

«Yo ahí no salgo, ¡joder, qué frío! Tú no saldrás, pero el pis quiere salir»

A mis bien llevados 50 años sabía lo que iba a pasar y, efectivamente, pasó. A eso de las dos de la mañana me entran ganas de mear. Intento engañarme a mí mismo, pero no me aguanto: me meo.

Abro la primera cremallera de la tienda y saco la mano. La vuelvo a meter en el saco, congelada. Yo ahí no salgo, ¡joder, qué frío! Tú no saldrás, pero el pis quiere salir.

Pienso y pienso… y me acuerdo de que tengo una botellita de agua en la mochila. ¡Cojonudo! Meto la mano en la mochila y cojo la botella. Es hielo, toda ella; imposible vaciarla para volverla a llenar de amarillo. Mierda, a ver qué hago ahora, porque yo fuera no salgo.

Enciendo la linterna frontal y pienso, busco soluciones… Y ahí la veo. Mi vecino Íñigo es directivo de la empresa Ibili y me regaló para el viaje una taza térmica. Ahí está la solución a mis problemas.

Cojo la taza, me pongo de rodillas y, con una manguera que a cada segundo va mermando, lleno la taza… ¡Qué alivio! Saco la mano fuera, la vacío y la dejo entre el aislante y la tienda. A dormir.

frío íbices
Sin comentarios.

El frío se te mete por todos lados y, para colmo, tengo que beber té en una taza profanada la noche anterior

A las 6:00 me despierto y noto algo de claridad. ¡Qué bien, está saliendo el sol! Miro el termómetro que he dejado fuera: -16 ºC. Saco la cabeza tímidamente y veo que estamos sumergidos en una niebla que no deja ver a más de 10 metros. El frío es horrible, pero a Lagavulin le da igual, porque ya oigo ruidos: está saliendo de su tienda.

Hago un sacrificio, me visto y salgo. Es peor de lo que pensaba; el frío se te mete por todos lados y, para colmo, tengo que beber té en una taza profanada la noche anterior.

Cojo la taza y voy al río, que está congelado, con intención de limpiarla. Rompo el hielo y meto la taza en el agua. Limpiar una taza congelada con agua a 1 ºC no soluciona nada… Mierda, a ver qué hago, porque me hace falta una taza o dos de té.

Voy donde Lagavulin y le digo que me llene la taza de agua hirviendo. Así consigo esterilizarla. ¡Menos mal!

Después de dos tazas de té (con limón 😉) y una galleta, nos ponemos en marcha. Gracias a Dios, se ven un par de huecos azules en la niebla. El sol acabará asomando.

En una pequeña pendiente soleada, hay un grupo de unos 15 o 20 animales, entre machos y hembras. Hay dos machos buenos

Durante tres o cuatro horas seguimos valle arriba, con un frío brutal, pero atravesando unos paisajes para cuya descripción no tengo palabras. El sol sale, pero Lagavulin prefiere ir por la umbría. Claro, como todavía va caliente pensando en la foto de mi mujer…

Tengo las manos que no son mías. Intento calentarlas, pero no puedo soltar las riendas del caballo. Parece que giramos hacia un valle a la derecha y, al fondo, se ve que da el sol.

Ya te pillo, Lagavulin. Fijo que los animales están soleándose al final del valle.

Resultó cierta mi suposición. Avanzamos unos cientos de metros y nos bajamos del caballo.

«патрон», me dice Lagavulin, indicándome que meta bala en la recámara. Obedezco. Repta por un pequeño terraplén y se asoma. ¡Bingo! Se pone nervioso. Me dice que me acerque sin levantar la cabeza.

El valle se transforma en un circo, no hay salida y, allí, a lo lejos, en una pequeña pendiente soleada, hay un grupo de unos 15 o 20 animales, entre machos y hembras. Vemos que hay dos machos buenos.

Estaban literalmente tumbados boca arriba, dormidos, con los ojos cerrados y las patas abiertas

El íbice de Asia Central o íbice siberiano es un animal imponente. Tiene unas patas delanteras musculosas, un pecho fuerte y una presencia elegante. Menos estos dos. Estaban literalmente tumbados boca arriba, dormidos, con los ojos cerrados y las patas abiertas, en una postura bastante «perroflautica».

Mido la distancia con los prismáticos, pero no funcionan… Será el frío. Lo intento otra vez; nada, no funcionan. Sin una medición de distancia, el fallo al disparar está garantizado.

Resultó que lo que no funcionaba eran mis manos. Estaban tan frías que no tenía sensibilidad y estaba apretando donde no había botón. Imbécil, no la cagues, que te ha costado mucho llegar aquí.

Por fin mido: 433 metros. No hay viento, están quietos y el rifle está perfectamente apoyado en el suelo. Con un visor de x25 no parece muy difícil. La cuarta marca de la retícula corresponde a 425 metros; casi es lo mismo.

«первый слева», me dice: el primero de la izquierda, es bueno

Esperamos diez minutos, que por el frío parecen diez horas, a que los animales se incorporen, pero nada. Así no se puede disparar.

Lagavulin silba, pero están lejos y no le oyen. Vuelve a silbar más fuerte y uno de ellos abre los ojos y se sienta boca abajo.

«первый слева», me dice: el primero de la izquierda, es bueno.

Lo apunto, pero no se levanta y yo sigo congelado.

«так я могу», le digo: así puedo.

Lagavulin con el trofeo.

¡PUM! Tiro al cuello. El animal se levanta y va hacia la izquierda

Aunque el animal no esté levantado, tengo todo su pecho en el visor. No creo que falle.

«ну, давай», me dice: pues dale.

Pues le doy… ¡PUM! Tiro al cuello. El animal se levanta y va hacia la izquierda; el resto del grupo va hacia la derecha y este no les sigue, señal inequívoca de que está pegado.

El animal va tambaleándose hacia la izquierda. Le quedan segundos de vida, pero Lagavulin insiste en que repita. OK, tú mandas. ¡PUM! Tiro en la paleta y cae seco.

Nos abrazamos, gritamos y reímos. Ha costado, pero ya está.

Autopsia.

Me parece enorme: la Hornady Precision Hunter de 178 grains ha cumplido

Cogemos los caballos y vamos hasta el animal. Me parece enorme. El cielo se despeja completamente, el sol pega y empiezo a ser persona, aunque estemos a -10 ºC.

A 800 metros está la frontera con Kirguistán y, a 10 kilómetros, la de China. Estamos en el culo del mundo.

Ahora toca trabajar. Saco la Leatherman y, entre ambos, sacamos toda la carne. En la autopsia aparecen las dos balas; han hecho su trabajo. Al no atravesar el animal, este ha absorbido toda la energía cinética de ambos proyectiles. Perfecto. La Hornady Precision Hunter de 178 grains ha cumplido.

frío íbices
Duro pero feliz regreso al campamento.

El duro regreso al campamento, el placentero remate en este y un par de consejos

La vuelta al campamento fue dura, muy dura. Nos pilló una ventisca bastante fuerte, pero ya daba igual.

Me tiré cuatro días en el campamento base descansando, bebiendo té y leyendo en la paz más absoluta. Solo con mirar estos paisajes y saber que, cuando vuelva a casa, hay alguien que me espera, ya soy feliz.

Y aquí termina todo. Podría tirarme horas hablando de la vida en el campamento, de la buena gente que allí habitaba, de que en el cumpleaños del alemán nos pusimos como las grecas a vodka peleón, de que el suizo me regaló una camiseta y yo le regalé la de la selección española, y de mil cosas más. Pero todo eso me lo guardo para mí.

Si el lector está pensando en emprender un viaje de estos, le daría dos consejos. Primero, que se informe y vaya a un sitio de confianza. Segundo, que lo haga, sin miedo, que sea valiente, que se tire a la piscina. Siempre hay más agua de la que pensamos.

 

«El íbice de Asia Central o íbice siberiano es un animal imponente. Tiene unas patas delanteras musculosas, un pecho fuerte y una presencia elegante. Menos estos dos. Estaban literalmente tumbados boca arriba, dormidos, con los ojos cerrados y las patas abiertas, en una postura bastante ‘perroflautica’»

Ξ

Otros artículos de José Mari Martínez Urizar

⇒ Soledad y berrea

Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.