
La tarde anterior.
Soledad y berrea
Texto y fotografías: José Mari Martínez Urizar
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Siempre da más satisfacción conseguir algo por tus propios medios, es decir, currártelo tú mismo. Y en la caza, aún más. Con esto no quiero desmerecer ni la caza colectiva (léase montería), ni la caza con guarda o guía, ni la caza acompañado de un amigo, pero ha habido veces en las que, acompañado por un guarda o similares, da la sensación de que el que caza es otro y tú solo disparas.
Porque cazar no es disparar; cazar es currárselo, pensar, planear, luchar con la incertidumbre, preguntarse mil y una veces… ¿Dónde voy mañana? ¿Dónde me pongo? ¿Por dónde estarán? ¿Qué tiempo hará? ¿De dónde vendrá el viento?, etc.
Berrea en soledad
Este año era la primera vez que disponía de coto propio para la berrea, o lo que es lo mismo, no tenía ni pajolera idea de por dónde empezar a cazar, e iba a cazar solo, sin nadie.
Durante la primavera, con el corzo, te familiarizas con el coto, pero en la Sierra de la Demanda, con tanto pinar y tan poca siembra, es difícil acertar y más difícil todavía ver. Por eso, la berrea, donde se caza con el oído, prometía.
Después de toda la semana comiéndome la cabeza, mirando el tiempo y analizando tropecientas veces el terreno con Google Earth, tracé un plan.
Al atardecer me puse en un alto, con un brezal delante y un pinar a la derecha. Error. Hacía un viento norte de pelotas y enseguida me di cuenta de que ningún animal saldría del bosque.
Después de tres horas ahí sentado –tiritando de frío durante la última–, se hizo de noche y solo vi un par de jabalíes y un zorro. Y de escuchar berrea, cero patatero.
«Cojonudo, Txemari. Has acertado de pleno, eres un lince».
De los errores se aprende más que de los aciertos
Como de los errores se aprende más que de los aciertos, a la mañana siguiente opté por lo contrario. En el mapa vi un pinar que bajaba hacia un barranco donde se intuían dos o tres claros de bosque, no muy grandes, pero, teniendo en cuenta que el barranco era empinado y profundo, la cosa podría funcionar.
Aparqué el coche a unos treinta minutos andando para no hacer ruido y, al amanecer, ya estaba en lo alto del barranco.
Fue llegar y escuchar berrear. Lejos, bastante lejos, pero algo es algo.
Cogí el bastón y golpeé las ramas de un pino seco, hice ruido, las rompí, las pisé… y, por arte de magia, a los pocos minutos el berrido sonó más cerca. El ciervo ya pensaba que yo era su competencia.
Ahí ya la cosa se puso seria y yo, más nervioso que cagando sin pestillo.
Bajé por el barranco hasta la linde del siguiente claro y repetí la maniobra. Rompí más ramas. Y el berrido se escuchó a unos doscientos metros.
Nivel de tensión: ocho sobre diez.
Avancé hasta lo que Google Earth decía que era el último claro y me quedé detrás de una piedra, sin atreverme a hacer más ruido. Al poco tiempo oí pasos y un leve crujir de ramas…
Nivel de tensión: veinticinco sobre diez, y yo, más callado que en misa.

Y de repente apareció lo que a mí me pareció el ciervo más grande del mundo
Esperé un poco más y, de repente, apareció por la izquierda lo que a mí me pareció el ciervo más grande del mundo.
El animal me miró y, sin pensarlo dos veces, apunté a la paleta, a unos treinta metros como mucho.
Bingo. Cayó sin sufrir lo más mínimo.
La Hornady Precision Hunter .300 Win. Mag. se supone que es para larga distancia, pero, a corta, fue letal.
Mientras precintaba electrónicamente el venado, las manos aún me temblaban y no me creía lo que había pasado. Satisfacción máxima.
Fotos de rigor, sacar toda la carne que me entraba en la mochila y a subir el barranco de vuelta hasta el cortafuegos.
Subiendo cuesta arriba con unos treinta o treinta y cinco kilos de carne en la mochila, más la cabeza, más el rifle y más todos los trastos… el tembleque de las manos desapareció enseguida.
Mano de santo.

Cazar es aprender
Esta vez hubo suerte –o pericia, que juzgue el lector–, pero otros cientos de veces no la ha habido.
Horas de coche, noches fuera de casa, duros recechos y esperas interminables, solo con tus pensamientos, y todo eso para nada… ¿o para algo?
El tenista suizo Stan Wawrinka tiene tatuado en el brazo: «Siempre lo intentaste. Siempre fallaste. No importa. Inténtalo otra vez. Falla de nuevo. Falla mejor».
Moraleja: cazar es aprender, sobre todo de uno mismo.
«Porque cazar no es disparar; cazar es currárselo, pensar, planear, luchar con la incertidumbre, preguntarse mil y una veces… ¿Dónde voy mañana? ¿Dónde me pongo? ¿Por dónde estarán? ¿Qué tiempo hará? ¿De dónde vendrá el viento?, etc.»
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