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‘El Indulto’, por Ernesto Navarrete

El indulto
El indulto llegó después de una noche espectacular y tras no poca caza de verdad.

El indulto

Ha sido una noche de espectáculo con un cielo alternado de estrellas y nubes, de luces y sombras, con el río que plateaba a la poca luz de una luna en decreciente y con una orquesta compuesta de viento fresco, bramidos de venados y flautas monotónicas de los autillos que al salpicarse con la coral de grillos creaban la grandeza que solo Dios supo imaginar.

La luna salió muy tarde y sólo cuando vi que el resto de las estrellas apagaban la fijeza de su luz y el lucero del alba tomaba su merecido protagonismo supe que el alba se acercaba e inicié mi rutina de preparar mi rececho. Me vestí aún sin luz, recogí con orden mi saco de dormir y le di dos bocados al salchichón de la matanza que los pasé con un buen trago del batido preparado que compro para estos menesteres y que con las ansias del rececho nunca sé bien a que van sabiendo, pero me hidratan y ayudan al esfuerzo próximo.

Cazar en cámara lenta El indulto

La alborada se produjo muy lentamente ya que como dije el encapotamiento de la mañana iba creciendo y eso hacía que la luz llegase más tarde ralentizando el amanecer, cosa perfecta para el fin de este día de berrea. ¡Yo le llamo cazar en cámara lenta!

La berrea se despierta mientras yo tomo un poco de altura asomándome a los riberos que mueren en el Tajo. Como aún no hay luz para una medición eficiente de un trofeo espero el alba y disfruto de un nuevo amanecer en una posición impagable. Diviso más de mil hectáreas de terreno y de poco en poco se vuelcan a mi oído berreas imposibles. Entre ellas distingo por cercanía un bramido ronco y humilde que llama mi atención, fue corto y lastimero, pero conseguí intuir su localización.

Seguí esperando el alba y esta vez lo que llamó mi atención fue una pareja de garzas reales que saliendo de su dormidero se dirigen a las orillas del Tajo a iniciar su rececho alimenticio. A esta ave el Creador les regaló una bellísima estampa y una silueta grácil, esbelta y de capa elegantísima, pero por el contrario la maldijo con un graznido aberrante en lo basto, roto y estridente impropio de la belleza que acompaña su figura.

En esas estaba, viendo con mis prismáticos el vuelo de la pareja cuando nuevamente el bramido de ‘mi’ venao me vuelve a sorprender y esta vez como ya estaba en alerta confirmo su localización e inicio mi rececho. Son las 7,00 de la mañana.

El indulto

 

La mañana va lenta por la luz y yo no tengo prisa El indulto

Cazo despacio, muy muy despacio, casi ni avanzo. La mañana va lenta por la luz y yo no tengo prisa. Además estoy tan tapado que ni las torcaces, en su vuelo rasante buscando las primeras bellotas, no se percatan de mi presencia y veo con gran satisfacción cómo me pasan quitándome la gorra. Yo ni me inmuto y me pasan rozando en su aleteo de bajada haciendo sonar el aire como un silbido sordo y mudo.

–Voy por el buen camino, pensé.

El suelo está regado de leña muerta que a mi paso siempre me produce una mística reflexión sobre el orden de las cosas aquí en el campo. ¿Tanta leña en el suelo cómo has llegado? ¿Te tiró un venao que de manos te vapuleaba mientras prendías lozana en una de sus ramas cuando cargabas bellotas como castañas? Y tú, machón de granito blanco como la nieve, ¿cómo llegaste a este inmenso pizarral de grises y líquenes? ¿Te trajo quién?

Siempre me han sorprendido estos pensamientos cuando me encuentro sólo en el campo y me sumerjo en su mundo. ¡Cómo me gustaría viajar en el reloj del tiempo y conocer en primera persona las respuestas a estas preguntas!

¡También tenía miles de preguntas para el jaral que atravesaba en busca del ribero donde intuía estaría mi objetivo! Aquí las jaras son reviejas de manera que los brotes nuevos nacen de tallos ya leñosos y andar entre ellas es un suplicio para el oído, debido al escándalo que producen, como para la salud de uno ya que al pasar las ramas que te encuentras de frente se te clavan como dagas y las que te encuentras terciadas las doblas, pero en cuanto te pasan se sueltan como pértigas que te hieren a latigazos.

Extremando las precauciones El indulto

En ese purgatorio estaba cuando justo llego al viso donde asomaría al ribero de marras. Extremé aún más las precauciones del ruido contorneando mi silueta para librar ramas de jaras por bajo, por medio y hasta por alto. En una mano el rifle y en la otra mi vara. Ponía primero la huella puntera de la vara en un ojal de terreno bien de pizarra o mejor de tierra, librando la hojarasca, luego adelantaba mi pie derecho apoyando primero el talón y basculando luego el cuerpo entrando en carga la suela y así controlaba el charabasqueo de la hoja seca y cristalina, finalmente hacía lo propio con el pie izquierdo recuperando mi verticalidad. Todo muy técnico, pero para mí que seguía armando un escándalo del trece, pero no había otro camino.

Bajaba el ribero por su margen izquierda y a media falda, continuaba con mi baile ridículo de contorsionismo y cada dos o tres pasos tiraba de prismáticos y barría la costana izquierda que se me iba abriendo cada vez un poco más a medida que yo avanzaba. Miro y remiro, pero nada. ¿Sería aquí dónde bramó mi venao?

Continué así paso a paso, asomándome de poco en poco de forma que en cada pasito la costana izquierda se me abría un poco, y vuelta a barrer con los prismáticos a ver si encontraba mi venao echado bajo cualquier encina ya que la mañana era un primor y las calenturas habrían dado paso al descanso.

El indulto

Un arrollón de monte El indulto

En plena duda de si había acertado o no con la localización del bramido suena un arrollón de monte por mi izquierda, un poco más bajo de por donde yo andaba, y le siguen unos ladridos de una cierva que ni veo. Me quedo petrificado, pero consciente, espero hecho una estatua que ni pestañeo. La cierva ladra y ladra pasando de la costana izquierda a la de la derecha atravesando el regato que las separa y en su ascenso consigo verla. Huye, pero no es rápida su fuga y eso me indica que no me ha visto.

Se calma el sobresalto y dejo el rifle apoyado en el tronco de la encina que me esconde tapándome la cara con los prismáticos. La veo como sube y va ladrando de poco a menos y ahora sí mira en mi dirección, pero creo que no me detecta. En un alto que hace me deleito en su belleza. Es una cierva vieja y caballuna, la quijada muy marcada por los músculos del maxilar que le da un toque robótico al animal. Cana de cara y de belfos y unos jamones altos y equinos. ¡Un primor de canal, vamos!

No saben lo que soy El indulto

Por mi izquierda percibo tarameo de movimiento, no de huida. Es el raspeo de inquietud y eso vuelve a decirme que no saben lo que soy. Iba muy despacio y eso ya me lo sé, al andar tan despacio haces el mismo ruido que un animal y si no te están viendo las reses te ladran como aviso, pero no de huida.

Dejé, como digo, que el minutero templara la tensión de forma que la cierva poco a poco dejó de ladrar y se volcó al ribero vecino mientras yo la seguía con la lente ocultando además mi blanquecina cara sonriente.

Buena cosa, pensé. Ahora, si lo que hay aquí abajo a izquierdas es un macho tenderá a buscar a su compañera y lo podré ver a placer por mi costana derecha haciendo la misma carrera que la cierva.

 

Mi óptica no me regalaba nada El indulto

Llevaba casi una hora desde que ocurrió el ‘atropello’ y la tensión había subido y bajado, pero el venao no aparecía.

Volví a percibir trasteo liviano por donde el resto de las reses donde debía estar ‘mi’ venao junto con otras ciervas, pero nuevamente transcurrió un largo tiempo de impaciente sosiego. Mi óptica no me regalaba nada y mi paciencia iniciaba su retroceso dejando paso a la iniciativa.

Empecé de igual manera que en el principio del lance y a pasitos cortos, muy cortos, comencé una especie de raspeo de zapatos sin arrastrar la suela. Un ojo lo tenía en la costana y sus encinas mientras el otro vigilaba mis zapatos y su avance. Había dejado los prismáticos y era el rifle lo que ahora sostenía con mi brazo derecho.

Poco a poco le ganaba terreno a la costana y en cuanto llegaba a una encina, por pequeña que fuera, paraba mi paso costalero y barría con la lente el terreno ganado incluso atravesando con la vista las copas de las encinas. ¡Qué hay que saber!

Como yo estaba algo más alto que lo que buscaba resulta que las jaras que circundan las encinas tienen su frondosidad en sus partes altas enlazándose éstas con las faldas de las copas de las encinas haciendo muy difícil la localización de nadie bajo ellas.

 

El aire se calmó… El indulto

El tiempo se había parado para todos, para el venao, si estaba, y también para mí. Estábamos todos en menos de una hectárea de terreno jugando un juego de muerte e instinto. El aire se calmó completamente como queriendo atender el venidero lance, mientras que yo sudaba de emoción notando cómo las gotas de mi afición corrían por mis ijares al tiempo que enfriaban la tensión.

Hice un nuevo intento de abrirme más para divisar un poco de mayor terreno del ribero e inicié una nueva ‘chicotá’ buscando la siguiente encina, pero al primer pasito corto tronché una maldita jara haciendo un escándalo infame. Una muesca de horror y fracaso salió de mi hipotálamo y volví a petrificarme. El lance se precipitó.

Solo le veo su leña y la cabezota El indulto

Bajo una de las encinas se formó un tarameo ya sin matices y yo clavé por fin mi visor por donde se movía el monte. Salió una cierva, no tan caballuna, pero tampoco era nueva e hizo la misma carrera que describió la primera delatora. Con el rabillo del ojo vi un pateo por entre las ramas de su encina y por fin le veo.

Sale parsimonioso, no estaba espantado, más bien sereno. Su vista sí la tiene clavada en mí, tan clavada como tengo la cruz de mi lente en su cuello alto. Está de frente mía y solo le veo su leña y la cabezota con unas orejas horizontales que me apuntan como radares. Tiene una expresión de enfado con una mirada penetrante, su testuz oscura, casi negra, sus cejas blanquecinas adornado todo ello por un cuello exageradamente ancho que marcaba una voluminosa garganta y tráquea henchida de tanta inflamación. Más parece una manguera de bombero por donde debe vomitar esos bramidos de pasión.

Estático me mira, yo creo que no está seguro de lo que ve. Yo, tranquilo ahora, con el pulso bajado, me deleito en su cuerna. Tiene diez puntas bien formadas, es ancho de hechuras y largo suficiente. No parece muy perlado y las luchaderas son anchas en sus bases y puntiblancas. Sus rosetas son robustas, pero no masivas.

El indulto

¡Ha llegado el indulto! Es un gran venao, pero no es un venao de berrea

El venao gira levemente su cabeza para ver cómo traspone su compañera y es entonces cuando veo plenamente la hermosura de su trofeo. Es un gran venao, pero no es un venao de berrea. Puede y debe padrear a gusto y es un animal que ganará o no el año que viene, pero no es para este año. ¡Ha llegado el indulto!

Poco a poco voy bajando el rifle y tras ello el animal, que percibe mi movimiento, inicia su retirada por la querencia ya marcada de sus hembras. Mientras disfruto de la escena de su retirada parsimoniosa un bando de cuatro torcaces nos sobrevuelan con su aleteo zigzagueante al vernos en pleno trance. Para mí su aleteo vigoroso me sonó a un aplauso cómplice de los que hemos vivido la escena.

Han pasado dos horas de lance intenso. ¡Dos horas de lidia! ¡Bendito Dios!

¡Por momentos como éste es por lo que cazo!

El Indulto Un artículo de Ernesto Navarrete de Cárcer

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