Caza menor con pequeños calibres: placer y reto

Cazando con una paralela del calibre 28.

Practicar la caza menor con pequeños calibres no está de moda, de momento. Desde mediados del siglo XX, los cazadores hemos optado mayoritariamente por el uso de escopetas de cañón de 18,5 mm, o lo que es lo mismo, por el conocido calibre 12.

Practicar la caza menor con pequeños calibres no está de moda, de momento. Desde mediados del siglo XX, los cazadores hemos optado mayoritariamente por el uso de escopetas de cañón de 18,5 mm, o lo que es lo mismo, por el conocido calibre 12.

La verdad es que preferiría que denominásemos los calibres con una nomenclatura española, basada en el diámetro del cañón, y no por la anglosajona fundamentada en el número de esferas que se pueden obtener de una libra de plomo de un diámetro coincidente con el interior del cañón.

Así, tendríamos los calibres un poco mejor ordenados de mayor a menor y no como ahora. El 12 sería el 18,5 mm y, a continuación, el 16,8 mm, el 15,6 mm y el 14 mm, que se corresponderían, respectivamente, con el 16, el 20 y 28, por ejemplo, aunque… ésta es otra historia.

¿Por qué esa popularidad del calibre 12?

Obviando los intereses comerciales y de la mercadotecnia, que normalmente dirigen nuestros gustos, y ciñéndonos a la historia, parece comprensible que en una época ya lejana, el cazador, dadas las carencias económicas, las dificultades para la obtención de pólvora y plomo, y la calidad, menor que ahora, de muchas de las armas, optara por utilizar la escopeta más ‘gorda’ posible. Una que sirviese para todo uso, pieza grande o pequeña sin distinción, corriendo, volando o mejor quietas, con el fin de asegurar el éxito en el disparo. ¿Quién no ha oído de nuestros mayores eso de salir con cuatro cartuchos y regresar con cinco piezas? 

Lo que no deja de sorprender, es que, después de tanto tiempo y con las increíbles mejoras que se han incorporado a las armas y a la cartuchería, continuemos empeñados en usar unos ‘trabucos’, mejor si tienen tres tiros, con una potencia superflua innecesaria en la mayoría de los lances de caza, en vez de optar por escopetas mucho más ligeras y de un comprobado y testado óptimo rendimiento. Es lógico pensar que, disparando un ingente cartucho del 12, de 34 gramos de munición de séptima, existen más posibilidades de acertar a un blanco móvil que disparando un delicado calibre 28, con 17 gramos y 180 perdigones. Pero, sí es cierto que todas las escopetas de caza disparan aproximadamente a la misma presión y la velocidad de salida de los plomos y su alcance es similar, lo único que hay que hacer es apuntar mejor y disparar a la distancia justa en la que los proyectiles aún no se hayan dispersado tanto como para dejar de ser efectivos.

¿No será que padecemos de una oscura e inconfesable desconfianza en nosotros mismos y en nuestras destrezas? O quizá pensemos que, si no utilizamos artillería pesada, aquella hermosa perdiz en vertiginoso descenso cruzado, aquel conejo fugaz o esa poderosa liebre que se aleja rápidamente, no irán a parar a nuestro morral, para escarnio propio y divertimiento ajeno, que siempre hay quien se alegra, sin maldad, claro, cuando marramos un tiro…

La gracilidad de serie

Escopeta paralela del calibre 28 propiedad del autor del artículo.

Nada más lejos de la realidad, ¡todos esos miedos son infundados! Los calibres pequeños –y me refiero principalmente al 28, pues el excepcional 20 entra dentro de lo que se podría considerar de tipo medio– tienen una efectividad extraordinaria. La ligereza es una de sus señas de identidad y cualidad apreciada; de hecho, los fabricantes de armas han intentado, y conseguido, poner en el mercado escopetas del 12 cada vez menos pesadas, ligeras y súper ligeras, según reza en sus catálogos, aun a riesgo de no mejorar su equilibrio.

El pequeño calibre ya trae la gracilidad de serie, lo que no sólo facilita su transporte, cuestión muy a tener en cuenta a determinadas edades y largas caminatas, sino que permite un encare tan rápido que sorprende al profano y maravilla al experto, posibilitando lances exitosos cuando la rapidez en la ejecución del disparo es imprescindible, como en los casos en que hay que acertar a un conejo de veloz huida en un trayecto muy corto.

Por otro lado, la suavidad en el disparo, debido al casi inexistente retroceso, favorece el acierto con un segundo tiro, ya sea para corregir o para hacer un doblete, pues no se produce el desencare que otras armas más potentes pueden ocasionar. Por no citar que nuestro hombro y cara siempre estarán a salvo de moratones y demás desperfectos, sobre todo en verano cuando portamos poca ropa y tórtolas, palomas y descastes de conejo nos ponen a prueba después del parón de la veda.

Valorar acertadamente la distancia de tiro

Otra ventaja indiscutible, aunque al neófito pueda parecerle una contradicción, es su poca carga de plomo, variando de 15 a 22 gramos, generalmente, lo que permite, como citábamos anteriormente, tirar a tenazón a corta distancia sin causar estragos a nuestra codiciada pieza. Cuántas veces hemos visto en los montones de caza a repartir, conejos que nadie reconoce haber matado y que ninguno de los presentes quiere llevarse por la plomada que se les aprecia a simple vista.

Otra virtud de los pequeños calibres es que nos harán adquirir la capacidad de discernir en qué momento hay que  disparar a la caza con posibilidades reales de ser abatida; es decir, aprenderemos sí o sí a valorar acertadamente la distancia de tiro. En más de una ocasión hemos presenciado, con disgusto, como algún aficionado ha disparado a una perdiz o a una liebre más allá del horizonte, siendo seguro que alguno de los trescientos y muchos plomos del ‘cartuchazo’ soltado habrá tocado, herido y puede que posteriormente causado la muerte al animal, que en la mayoría de los casos no es cobrado para desdicha de la pieza y frustración del cazador.

Y, por fin, la ventaja definitiva, que es el placer de usar un arma que viene a poner un poco de igualdad en el binomio cazador y pieza. Es, sin duda, enorme, la satisfacción que causa al sentir la arrancada de las perdices, y en pleno desconcierto por su repiar, cogerles los puntos en un movimiento sin violencia, rápido y seguro, irse con la primera, disparar y sin mirar cómo cae hecha una pelota, meter en nuestra visual a otra de las que huyen raudas y corriendo la mano sin esfuerzo, largar un segundo tiro que la frenará en seco.

O ese instante de emoción que nos regala el grácil conejo, que como por ensalmo brota del tomillo cercano en el que, instantes antes, parecía que nada había y desaparece en un segundo, entre el matorral, justo cuando apretamos el gatillo y que nos hará dudar, hasta que comprobemos nuestro acierto, si nuestra pequeña gran escopeta habrá sido más rápida que el lagomorfo.

Y, por no decir, lo que supone parar a una liebre en plena carrera con un tiro de 17 gramos de plomo y una roseta de pocos centímetros.

Mucho se ha escrito de escopetas y municiones, de si cuál es la mejor para esto o aquello o de si qué cartucho hay que emplear para los diferentes animales a los que nos vamos a enfrentar. Y, ciertamente, todas las opiniones, con base científica, tienen validez, siempre es razonable atender el consejo de los expertos. Pero hay ocasiones en las que sólo la propia experiencia nos hará ver, nos hará aprender y nos hará sentir. Muchos cazadores se niegan a probar con otra escopeta que no sea la suya, la excusa de no estar acostumbrado a otro tipo de arma es demasiado recurrente y timorata.

Hay que atreverse a utilizarlos

En primer plano una escopeta del calibre 12 especial.

Hay que aventurarse con otros calibres que no sean el 12. Exceptuando en determinadas condiciones de caza, como palomas o patos a gran altura, todo son ventajas,  las piezas de caza menor que podemos encontrar en nuestros campos, cada vez menos, eso sí, pueden abatirse con absoluta garantía utilizando escopetas ligeras, por supuesto del 16 y del 20, pero también, y sobre todo, con el 28.

La cuestión es que hay que atreverse a utilizarlos, no importa si la percha es un poco menor al principio o si se falla algún disparo, esto no es un concurso, aunque haya veces que lo parezca, lo que realmente importa es nuestra propia satisfacción, afrontando el desafío que supone cazar un poco más fino y elegante.

Estas armas no son sólo para mujeres o jóvenes de ambos sexos o para abatir codornices, como hemos oído en múltiples ocasiones, estas maravillas de la industria armamentista deportiva están destinadas principalmente a cazadoras y cazadores con dilatada experiencia y contrastada pericia, que no tienen miedo a demostrarse a sí mismos si lo que han aprendido a lo largo de su vida cinegética les permite cazar con cualquier tipo de escopeta y en cualquier situación.

Por mucho tiempo que se lleve cazando la emoción nunca se pierde, pero es seguro que si nos exigimos un poco más, cada pieza que cobremos tendrá una nueva dimensión y hará que rememoremos nuestros primeros lances de caza.

Sin duda, cazar con pequeños calibres es un placer, pero, sobre todo, es un reto.

Un artículo de Manuel Gallardo Casado

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