Rececho en equipo… y en abierto

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Hacía mucho tiempo que queríamos cazar junto a Juan José López del Cerro, origen de Premium Hunts. Conocíamos su gusto por lo solitario, en esto que nos une, pero cuando surgió la oportunidad de poder recechar juntos venados en abierto, en el norte, no lo dudamos un instante y preparamos el equipaje rumbo a uno de los destinos cinegéticos más espectaculares de la península Ibérica: la media montaña palentina. Allí nos esperaban venados, corzos, rebecos, jabalíes, osos, lobos y… ¡hasta bisontes!

Si bien en esta expedición había un objetivo inicial claramente definido, como era el disfrutar del rececho en abierto de dos buenos trofeos de venado en berrea, en toda esta aventura subyacía un objetivo paralelo no menos importante que el primero, como era el poder recechar de la mano de Juan José, Juanchi para quienes lo conocen de cerca, propietario, junto a su padre, de uno de los mayores pabellones cinegéticos de este país (al menos en cuanto a especies nacionales se refiere). Miles de corzos y rebecos, entre otras especies, avalan su trayectoria, y decoran sin rubor las paredes del recién inaugurado Salón de Cazadores del Club Premium Hunts, punto de encuentro mensual para todos los amigos de la caza. El haber dado caza a tantos animales es imposible si no se tiene un instinto, un ‘talento’ –como a él le gusta denominarlo– y queríamos ver, disfrutar y aprender, en la medida de nuestras posibilidades.

Al anochecer del viernes llegábamos al Parador de Cervera de Pisuerga, con dos precintos de venado en el zurrón, y allí coincidíamos con una curiosa concentración de coches clásicos –cada loco con su tema–. Tras dar cuenta de una suculenta cena y de fumar un cigarro en la propia terraza del Parador, escuchando los primeros cantos de la berrea, como ‘niños buenos’ a la medianoche nos recogimos.

Un acogedor centro rural, en el cercano San Martín de Perapertú, bien dirigido por José, serviría de cuartel general y, en esta primera noche de llegada, fue curioso comprobar como, poco a poco, tras haberse acomodado cada uno en sus aposentos, ya bien pasada la medianoche, fuimos saliendo en silencio uno a uno de nuestras habitaciones al exterior, para seguir escuchando y disfrutando de la berrea que ahora inundaba el valle de Mudá. Instantes mágicos a la luz de una luna casi llena que nos robaron, sin pena alguna, dos horas al sueño. Desde allí fraguamos la estrategia a seguir al día siguiente, guiados en la noche por los roncos berridos de nuestros adversarios, que nosotros tornábamos en retos y afrentas inexcusables.

Acierto del equipo dos

A las seis en pie. Dormimos apenas cuatro horas, pero el concierto de anoche mereció la pena. Tenemos la berrea metida en la sangre y unas ganas irrefrenables de empezar a cazar. Nos dividimos en dos equipos. Uno cazará de arriba abajo, desde la cima hacia el valle, y el otro cazará las faldas del cazadero, donde nos han dicho los locales que se ve últimamente un venado muy grande, con muchas puntas. Merece la pena tentarlo.

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A pesar de ser finales de septiembre, la berrea no está aún en su apogeo, está empezando, de forma tímida, y los grandes machos no terminan de romper de lo profundo del monte. No han llegado las lluvias y las temperaturas son desacostumbradamente altas.

El primero de los equipos –Juanjo, Marcos, Miquelet y Luis– no logró tirar nada durante la primera mañana, aunque sí se llevó dos momentos para el recuerdo: una entrada magistral –de la mano y pulmones de Juanjo– con un soberbio reclamo a un macho que se quedó a tan sólo quince metros, pero que  no llegó a romper en el monte, y un inesperado, inquietante e indescriptible encuentro con una manada de bisontes europeos –fruto de un programa de conservación de esta especie en semilibertad en la montaña palentina–.

Mientras tanto, en lo alto de las cumbres, se escuchaban varias detonaciones. En concreto, tres, en una secuencia de 45 segundos, que nos hicieron pensar que el equipo dos –Alfonso y Pepe– habían conseguido su objetivo. Sin cobertura en móviles ni emisoras, de inmediato nos subimos al todoterreno para subir por las pistas del coto, a una media hora de distancia. Cuando llegamos a lo alto, pudimos localizar, en una lejana falda enfrentada, a nuestros compañeros, que habían logrado abatir un buen venado tras un bellísimo rececho de cuatro horas detrás del animal, encelado con una hembra, y desde lo alto, por encima de él, finalmente lo tuvieron a tiro a una distancia de 190 metros logrando abatirlo. Despiezamos el animal, sacamos el trofeo y toda la carne que pudimos y retornamos, en una dura ascensión, al punto donde nos esperaba la pickup de la orgánica que, entre tanto, había organizado un improvisado almuerzo y del que dimos buena cuenta.

La tarde discurrió intentando localizar algún buen ejemplar, pero no vimos nada que mereciera realmente la pena, aunque sí pudimos observar varios ejemplares y algún corzo. Hacía mucho calor, demasiado calor para esta época del año, y los animales no salían de la espesura.

Turno para el equipo uno

Con la lección aprendida, y el coto más estudiado, nos dirigimos a una zona que presumíamos muy querenciosa para un gran macho que el equipo uno había visto meterse en lo profundo, el día anterior, sin darles ninguna posibilidad. Llegamos muy justos de tiempo al punto de observación y, con las primeras luces del alba, escuchamos al gran macho berrear muy cerca de nosotros, aunque tras localizarlo, a unos 160 metros, el macho iniciaba la huida monte arriba.

El venado parecía muy bueno y Marcos optó por intentar seguirle. Merecía la pena. Amanecía y, tras cerca de una hora y media de búsqueda, no encontramos rastro alguno. Se lo había tragado el monte. Y lo peor era que la berrea se iba apagando a medida que nuestro tiempo también.

Quedaba sólo una opción: cumbrear por la ladera opuesta a la que, supuestamente, se había ido el animal, aunque suponía una durísima ascensión, y observar todo desde allí. Dicho y hecho… y la estrategia no pudo resultar mejor. Tras hacer cumbre, gracias al trabajo de teleobjetivo pudimos localizar varios animales, y entre ellos había uno que sobresalía.

Estaba muy lejos, y el animal llevaba un paso opuesto al nuestro. Pero tenía buena pinta, a pesar de la enorme distancia que nos separaba inicialmente, cerca de dos kilómetros.

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Iniciamos su rececho y, de repente, le perdimos de vista. Se había metido en un macizo de escobas muy altas y no salía. Ni para arriba ni para abajo ni para la izquierda ni para la derecha. Era nuestro momento para ganarle terreno. Dejamos al eficiente Miquelet con el ojo enganchado al tele, para que nos avisara de algún modo si detectaba movimiento y, tras una larga entrada al escobal en el que se ocultaba, se levantaba, finalmente, y Marcos lograba dar con él en tierra con un rotundo disparo, en carrera, de arriba a abajo, a unos 140 metros.

Tras llegar al animal, comprobábamos que se trataba de un bellísimo trofeo, con una pátina espectacular y de singular perlado que en una primera medición en verde lo situaba como medalla de bronce.

Habían pasado más de cuatro horas desde que iniciamos el acecho y la felicidad de haber logrado este gran trofeo en abierto, de una forma tan trabajada y en equipo, embargó a todo el grupo. Ya eran las cuatro de la tarde, había pasado el día y no nos habíamos dado ni cuenta, el trabajo estaba hecho. Bien hecho. Regresamos… CyS

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