Caza chica: una temporada nefasta… como tantas otras

Caza chica

Recurrir al dicho popular «llueve sobre mojado» puede parecer, en este caso, una perogrullada –sobre todo porque en todo el otoño y el invierno (y casi en el verano y en la primavera) no cayeron ni cuatro gotas–, pero es que, en el futuro de la caza chica, no es que llueva, es que jarrean pedruscos como melones.

Y es que esto… ¡no hay quien lo ampare!

Podíamos empezar con aquello de que parecía que por la Pilarica… Pero, lo cierto, es que este año, el pasado, allá por los calores de octubre –que más parecían de junio–, ya se venía venir. Un año más seco que el ojo de un tuerto y la misma, o peor, tendencia que unas cuantas, y ya van muchas, temporadas anteriores, incitaban a la desesperanza, ¡ni ilusiones había!, o al menos eso es lo que barruntaba…

Y se pudo ver el primer día. Conejos a cascaporro –con los del agro sangrando, de nuevo, las faltriqueras–, liebres, alguna que otra, los primeros días, y perdices… ¡ni en pintura! Y así un año tras otro, la misma cascaera en las tabernas, el eterno baturrillo de venganzas venideras que nunca llegan y… ajodese, aguantase y a resinase, por aquello del ‘ajo, agua y resina’.

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